BBC MUNDO.- Tampoco sería disparatado imaginarlo inmerso en algún debate político o escuchando peleas de box.
Pero Cortázar no está. Hace poco más de veinte años que murió en París. Lo que sí sigue con nosotros, y al parecer con creciente vigencia, son sus novelas, cuentos y poemas.
Prueba de la vigencia de Cortázar es la exposición itinerante que se inauguró hace poco en Buenos Aires y que lleva como nombre el título de su primer libro, Presencias.
Según Liliana Piñeiro, una de las encargadas de la dirección y curaduría del proyecto, "la idea de la exposición es rendirle homenaje a Cortázar y difundir no sólo su literatura sino también su personalidad."
En ella pueden verse diversas fotografías del autor, desde cuando apenas tenía dos años y ya resaltaba en su rostros esos dos ojos saltones, hasta la última visita a Buenos Aires, en 1983, pocos meses antes de morir.
También hay lugar para sus pasiones: la política, la música (especialmente el jazz), el boxeo y los viajes.
Pero más allá de su romance con las revoluciones socialistas, los viajes y su amor a los gatos, sin duda son sus libros de cuentos y novelas lo que sigue atrayendo a la gente.
Hace poco, un novelista argentino se preguntó: "¿Por qué se lo quiere tanto, como a un hermano mayor que nos enseñó trucos de magia a la edad en la que aún creíamos en la magia?".
La respuesta tal vez tenga que ver con que Cortázar, al igual que otros grandes escritores, inventó un tono, que en su caso combina el juego con la profunda reflexión.
El propio Cortázar quizá se hubiera reído de esta apreciación, y quizá hubiera respondido con una frase en "gíglico", esa especie de "no-idioma" creado por él, que aparece en el capítulo 68 de "Rayuela".
"Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos."
Con la colaboración de:

