Una choza que brota como una excrecencia del muro exterior de un museo de México es un experimento habitacional... o un dolor de cabeza, una pérdida de tiempo, una afrenta a los millones de ocupantes ilegales de terrenos, dependiendo de quién opine.
Sea lo que fuere, la obra de arte de Héctor Zamora es difícil de ignorar. Parece descolgarse de un costado del museo de arte Carrillo Gil a 9 metros sobre el nivel de la calle y sólo tiene acceso desde la acera mediante una escalera de madera.
Zamora, de 29 años, dice que la protuberancia roja en forma de capullo gigante en la que ha tomado residencia temporal es un experimento de tres meses de habitación en un espacio público, una exploración técnica de construcciones livianas y una oportunidad de "provocar una discusión".
"La gente me ha dejado notas indignadas en mi buzón postal diciendo cosas como 'Espero que algún día vivas en verdadera pobreza' y 'Ahora sé dónde van a parar los presupuestos del arte"', dijo Zamora, un diseñador que construye baldaquines y pabellones.
Los residentes de San Ángel, el suburbio colonial de mansiones que circunda el museo, se resistieron de tal modo que obligaron a Zamora a hacer lo que los "invasores", como llaman aquí a los ocupantes ilegales, no hacen: luchar durante meses para conseguir permiso de construcción.
No son sólo los insultos. Los transeúntes han irrumpido intempestivamente en la choza de papel alquitranado. Un ocupante ilegal de una finca hasta le dio consejos para mejorarla.
Zamora dice que su habitáculo con piso de madera _un marco parabólico de acero sostenido por cables que cuelgan del techo del museo_ simboliza la precariedad y falta de privacidad que afecta a los que viven en esas condiciones.
A menudo ha tenido que dormir con tapones en los oídos debido a los camiones que pasan estridentes junto a sus ventanas con telas de plástico. ¿Las conclusiones del experimento? "Éste es un espacio soportable", dice, pero lo dará por terminado el 28 de noviembre y asegura que cuando construya la casa de sus sueños "no será en la ciudad".
Zamora dice que su obra, titulada "Revolución 1608, bis", se propone reflejar la ingeniosidad de los invasores, que suelen levantar sus chozas en pantanos o en laderas con declive de 45 grados. Está orgulloso de los materiales livianos y baratos que empleó como la cartulina acanalada, y también echó mano a materiales que usan realmente los invasores como papel alquitranado, latas usadas de aceite y andamios de madera abandonados.
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Los abuelos del artista llegaron a la ciudad como invasores, pero con el tiempo adquirieron un respetable nivel de clase media. Cuando era estudiante universitario, Zamora se fascinó con la geometría arquitectónica. Por eso, cuando el museo lo invitó a participar en la exposición, nadie anticipó una choza como cualquier otra.
Se conectó a las líneas de suministro de agua, electricidad y cloacas del museo, tal como lo hacen los verdaderos invasores con la infraestructura circundante, a veces sobrecargando circuitos y provocando apagones.
Sin embargo algunos piensan que Zamora no fue demasiado lejos.
"Es un esfuerzo magnífico, pero no creo que sea demasiado provocativo", opinó Graciela Schmilchuk, investigadora de arte contemporáneo en el Instituto de Bellas Artes de México. "Quizás habría sido más efectivo si hubiese invadido parte de la acera, o la calle".
Eso es lo que suelen hacer los invasores: transformar parques, reservas naturales y lotes baldíos en villas misérrimas. El principal sendero para bicicletas en la capital está bloqueado en tres puntos por campamentos de invasores.
Una cuestión que se debate es si la choza, relativamente espaciosa con sus 72 metros cuadrados, refleja la verdadera situación de los cientos de miles de invasores en la ciudad.
"No tuve intención de imitar la pobreza", afirmó Zamora, "ni de mostrar falta de respeto por ella".
El artista admite que su choza es más bien lujosa y costosa para los parámetros de los invasores. Su costo de 40.000 dólares _pagado mayormente por el gobierno y un donante privado_ podría haber solventado el costo de uno de los departamentos diminutos en los edificios de viviendas baratas que se levantan por doquier en el Valle de México.
Pero Zamora dice que lamenta sobre todo la suerte de las familias mexicanas que estiran su presupuesto para vivir en esos departamentos minúsculos. Los invasores, dice, "al menos tienen la ventaja de diseñar su propio espacio... no de que se lo haga algún constructor únicamente interesado en ahorrar dinero".
