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La 'Piedad' de Miguel Angel
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La segunda muerte | Lasse Soderberg termina uno de sus poemas con el siguiente verso: “Hay una muerte después de la muerte. Ocurre cuando todos nos han olvidado”. | | |
FMU/ Sergio Yakovlev Giorgana Mientras el recuerdo de quien ya ha partido sigue vivo en la memoria de quienes lo hacen presente, la muerte absoluta, esa que llamo la segunda muerte, no llega aún. Entonces se puede hablar de inmortalidad. Vivaldi, Cervantes y Miguel Ángel, como muchos otros grandes personajes de la historia, continúan vivos para la humanidad porque sus obras permanecen vigentes.
¿Quién no sigue deleitándose al escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi?, ¿quién no se carcajea de las hazañas de don Quijote y Sancho?, ¿quién no se estremece al contemplar la intensidad vívida de La Piedad de Miguel Ángel? El alma de estos hombres todavía vibra en la humanidad aunque su cuerpo haya muerto; tan pronto como entramos en contacto con su legado y recibimos su mensaje, prolongamos su vida dentro de nosotros. Su trascendencia está en nuestra memoria.
Hay otros hombres, muy distintos a los que he nombrado, que no han tenido la oportunidad, quizás tampoco la intención, de subirse al pedestal de la fama. Hombres y mujeres comunes y corrientes cuya única misión en la vida fue, quizás, la de vivirla lo mejor posible. Padres y madres de familia, trabajadores, obreros y amas de casa cuya labor, por ser harto cotidiana, no levantó polvo ni ruido. Seres humanos, cercanos al fin de sus días, quienes, sin morir todavía la primera muerte, la de la carne, han experimentado, sin embargo, la segunda muerte: la del olvido.
Estoy sentado quizás frente a uno de ellos, Juanito, como le dicen en el asilo, un anciano que dice tener cien años y a quien no se le conoce ningún familiar. Se lleva las manos a las costuras de un suéter de grecas, visiblemente mayor a su talla, mientras se esfuerza por abrir unos ojos grises sin expresión, sin vida, para hacerse escuchar por las encargadas del lugar.
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Su monólogo es el mismo de todos los días: “Quiere ir a su cama, está cansado. Y esas señoritas no lo quieren obedecer, lo trajeron a esa silla rota, lo dejaron ahí donde él no quiere estar, y es que él no ve, no oye bien, y por eso no se puede levantar, no puede hablar bien, y esa casa la han tomado esas señoritas, es como un mercadito, y ellas no hacen caso, no le obedecen, ni porque él es Dios, por eso empiezan los empujones y las trompadas, porque él quiere irse a su cama y no estar ahí en esa silla, pero ellas no hacen caso ni al gobierno, ni a tres ni a cuatro gobiernos, no obedecen, son muy rebeldes; así que él anuncia a todo Cuautla lo que está pasando y me agradece a mí, quien quiera que sea, que lo escuche”.
Don Juanito continúa con su monólogo, levanta de vez en vez la mano izquierda como si diera un discurso político y luego se toma de nuevo de las costuras de su enorme suéter. Toma fuerzas para ponerse de pie y tratar de andar, pero lo sientan; se levanta en medio de esa oscuridad tan suya, quiere su cama, pero a esa hora de la mañana, está siendo aseado por las encargadas.
Le pregunto por su familia. Él recuerda a su padre, quien le heredó las tierras de Oaxtepec y de Cuautla, me lo dice de pronto, varios minutos después de mi pregunta, en medio de la letanía de su monólogo que inmediatamente vuelve a lo suyo, al deseo de irse a la cama, como si él no hubiese sido quien me contestara.
Le pregunto por su vida. Él quiere irse a Oaxtepec y a Cuautla porque no le obedecen, las señoritas no le hacen caso. Don Juanito parece haber olvidado su pasado, su historia, su vida. Es un ancianito apartado de los demás huéspedes de la residencia. Se mantiene alejado del exterior, separado de los dimes y diretes de las demás viejecitas y de la chorcha que revolotea por los techos de la casona. Tal vez don Juanito se haya olvidado de todo. Tal vez ese olvido provenga de que los suyos han dejado de recordarlo. Posiblemente don Juanito haya pasado por la segunda muerte antes que por la primera.
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