'Chiquita', de Antonio Orlando Rodríguez
Foto: Alfaguara
Es una novela a la vez elegante y llena de vida, con una notable gracia narrativa y una imaginación sin descanso, que despliega, como una inmensa partitura de ejecución precisa, la
época y la vida de un personaje extraordinario, la liliputiense cubana Espiridiona Cenda, bailarina y cantante de los teatros de variedades de principios del siglo XX, llamada en
su vida artística ‘la muñeca viviente’. Jurado Premio Alfaguara (Sergio Ramírez -presidente-, Ángeles González-Sinde, Jorge Volpi, Guillermo Martínez, Ray Loriga y Juan González)
Espiridiona Cenda, una joven cubana de sólo veintiséis pulgadas de estatura, llega a la Nueva York de fines del siglo XIX con el deseo de triunfar como bailarina y cantante.
Esta biografía imaginaria de un personaje real recrea con libertad y una fabulación ilimitada las aventuras y desventuras de Chiquita, una mujer seductora e independiente que llegó a convertirse en una de las celebridades mejor pagadas de los teatros de vaudeville y las ferias de su tiempo.
Elegante, humorística y llena de peripecias, la novela es un ambicioso fresco de una época pródiga en transformaciones sociales y milagros tecnológicos, en que las potencias se disputaban territorios, las cofradías secretas no habían perdido la esperanza de convertir el mundo en una gran Arcadia y las «curiosidades humanas» ejercían una extraña atracción sobre las multitudes.
Protagonista de amores tempestuosos, dueña de un talismán mágico y testigo de intrigas diplomáticas, la liliputiense Chiquita vuelve a la vida en estas páginas, con todo su genio, su crueldad y su encanto, convertida en un personaje literario inolvidable.
¿Cómo surgió su fascinación por Chiquita?
Estaba a punto de empezar a escribir otro libro, para el que había investigado durante mucho tiempo, cuando una amiga me envió por e-mail una foto de Espiridiona “Chiquita” Cenda.
Quedé tan deslumbrado con esta liliputiense cubana, de cuya existencia no tenía la menor noticia, que no podía creer que nadie la hubiera “descubierto” y usado como personaje literario. Así que el otro proyecto quedó engavetado. Quizás algún día lo retome. Por ahora, aún me siento muy vinculado a Chiquita. Podría decirse, en broma, que estamos separados, pero no divorciados.
Chiquita tiene componentes biográficos, de novela de aventuras, de novela histórica. ¿Cómo la definiría?
Como la biografía imaginaria de un personaje real. La novela es una mezcla de esos géneros literarios que usted señala, pero aderezados con elementos como el humor, el erotismo, el absurdo y generosas dosis de fantasía. Me gusta pensar que es una suerte de grand guignol o farsa con trasfondo histórico.
¿Cómo se documentó para escribir sobre este personaje real? ¿Halló muchos testimonios?
Reuní un buen número de referencias sobre Chiquita en periódicos, folletos, libros y tarjetas postales de fines del siglo XIX y primeras décadas del XX. Pero, sobre todo, estudié la época histórica, el acontecer político, las costumbres del período en que transcurre la novela.
Incluso visité varias ciudades en las que transcurre la acción. Ahora bien, a la hora de sentarme a escribir utilicé únicamente lo que me interesó de esa información: alteré la realidad cuanto quise y sin el menor escrúpulo. No soy un historiador, soy solo un novelista.
Y ya se sabe lo aficionados que son los novelistas a mentir…
Usted ha comentado que Chiquita tiene claves, guiños, que sólo puede captar un cubano. ¿Se trata de guiños vinculados al lenguaje o a la historia?
Al hacer ese comentario pensaba en determinadas expresiones y alusiones, en cierto sentido del humor, en la inclusión en la trama de algunos personajes significativos de la historia y la
cultura cubanas que podrían pasar inadvertidos para un lector de otras latitudes. Eso no significa que la novela no pueda ser disfrutada por un lector de otra nacionalidad. De hecho, el jurado que le otorgó el premio Alfaguara estaba formado por tres españoles, un argentino, un mexicano, un nicaragüense ¡y ningún cubano!
Sin embargo, es inevitable, uno escribe desde su idiosincrasia y sus referentes culturales, y el lector que los comparta quizás pueda disfrutar con mayor fruición el texto.
¿Qué diferencias o similitudes había entre la Cuba de finales y principios de siglo, y el Nueva York y el París de la misma época?
La novela juega con esos espacios y sus contrastes. Nueva York y París eran ciudades que presumían de modernas; Cuba, la última colonia de España en alcanzar la independencia tras una sangrienta guerra que se prolongó durante largos años. Nueva York era la gran urbe de una nueva superpotencia con avidez de territorios coloniales. París era la capital de la belle époque, la vitrina de los grandes descubrimientos del fin de siglo. Cuba, una república que nacía mediatizada, pero con ganas de progresar y de brillar. Pienso que su similitud es que se trata de espacios sumamente atractivos y vinculados, en la etapa que transcurre Chiquita, por muchos nexos de carácter político y cultural.
En cierto modo usted habla de una época, la del vaudeville , que tuvo su edad esplendorosa y su decadencia. ¿Hay algo en la novela de reivindicación de una época más permisiva, que se desvaneció?
Tal vez, pues ya se sabe que una novela puede ser portadora de muchas más lecturas de las que pretende su autor; pero en realidad creo que de entonces a la fecha la permisividad no ha
hecho sino aumentar –afortunadamente. Más bien me resultó interesante recrear el universo de los artistas liliputienses en los teatros de variedades y las ferias, tan poco conocido en el presente y que tanta fascinación ejerció en Estados Unidos y las principales capitales de Europa hasta los años 1930. Chiquita no fue una excepción; fue, por así decirlo, una
megaestrella de ese tipo de artistas.





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