A decir verdad, empiezo a sentirme de escapada cuando cruzo la caseta, aunque, si se puede, nada como alargar el fin de semana comenzando con la comida del viernes. Además, hay veces, como ésta, en que se puede encontrar una comida excelente y en un sitio singular: ocho kilómetros después de San Juan del Río, ya rumbo a Tequis, está el Rancho el 7, donde se puede probar un filete en salsa de tuétano o un chile ancho relleno de tres quesos con una buena cerveza por unos cien pesos, y con vista a un jardín enorme cariñosamente cuidado.
Si se entras a Tequisquiapan por donde está la gasolinera, la calle que se toma es Niños Héroes, que culmina nada menos que en el centro geográfico de la República. Ah, ¿verdad? Un poco más adelante llegamos a la Plaza Miguel Hidalgo, ahí nos espera una reservación en el Hotel La Plaza, donde nos instalamos.
Como estamos en horario de verano, aún alcanzamos la mejor hora para dar un paseo a orillas del río (del otro lado de la plaza), mientras se esconde el sol y sus últimos rayos iluminan la fronda de los sabinos que se reflejan en el agua.
Después, aprovechamos para dar una vuelta por el Mercado de Artesanías en la calle Carrizal, donde sobresalen los trabajos de mimbre y cestería entre una gran cantidad de chácharas venidas de todo el país.
Junto al mercado hay unos arcos; ahí se encuentra la Librería Rulfo, que llama la atención porque presenta el surtido más completo y serio de lo que uno podría imaginarse en un lugar tan céntrico y turístico. Preguntando por un libro sobre Tequis encontramos que el lugar es del poeta Armando Zamora, quien desde hace años ha impulsado de diversas maneras la vida cultural del pueblo.
Y para no ir más lejos, nos invitan a la tertulia literaria que se realiza cada viernes en los altos del local. Allí, un grupo heterogéneo y animado comenta en esta ocasión la vida y avatares de la Malinche y nos invita a tomar un cafecito.
Esta vez nos la tomamos con calma; nos levantamos tarde y desayunamos en el hotel, pues el plan para el turno matutino es nada más alberca, solecito y terminar con el tal Baudolino, que resultó un fiasco.
Ahora sí, a bañarse y a vestirse, porque vamos a 20 km de Tequis, donde dan visitas guiadas en las que uno aprende los procesos de elaboración del vino. Pasando Ezequiel Montes, a mano derecha y junto a un viñedo de 48 ha hay una construcción frente a la cual ondean las banderas de Cataluña, México y España. Es la sede mexicana de Cavas de Freixinet, empresa familiar que se ha dado a la noble tarea de fomentar la cultura del vino abriendo sus puertas a quien quiera degustar, comprar o sencillamente curiosear en sus cavas, a 25 m bajo tierra.
De regreso en el pueblo dejamos nuestras adquisiciones en el hotel y salimos a comer en Capricho's, que está cruzando la calle, a mano derecha. Bajo el título de comida franco-mexicana, este acogedor lugar nos ofrece exquisiteces que van desde el queso de cabra al hojaldre en salsa de flor de calabaza, hasta las costillas de cordero en salsa de menta y romero.
Paseamos ahora por el Parque La Pila, al norte del pueblo, posiblemente el sitio donde se encuentra el verdadero corazón de Tequisquiapan. Actualmente es un espacioso parque público sembrado de ahuehuetes en el que resuenan las voces de niños corriendo por los jardines.
En el siglo XVI aquí estuvo un molino y la pila que le da nombre fue durante muchos años el balneario donde se daban cita los chiquillos (y no tan chiquillos) del lugar. Aquí también resuenan los ecos del descanso y de la fiesta, de palabras de amor susurradas al caer la tarde y de la algarabía que anuncia pleitos y tragedias.
Las siguientes dos horas las dedicamos a la exploración de los alrededores de la Plaza Miguel Hidalgo, región consentida de los paseantes domingueros y, por lo tanto, bien provista de restaurantes y tienditas por donde deambulan tribus familiares en shorts y cuadrillas de adolescentes liberados que dejaron a los papás en el hotel o en casa de los cuates.
También visitamos El Templo de Santa María de la Asunción, hermoso edificio de fachada neoclásica y una singular torre; en la parte superior hay un reloj que data de 1897.
Al oriente de la plaza está el kiosco, que es donde la gente del pueblo se reúne por las tardes a tomar un buen café. A estas horas, al buen café se le suma un ambiente bohemio y música en vivo, que va del rocanrol al jazz, todo enmarcado por una decoración decididamente instalada en la beatlemanía de filiación lenonista. Como debe ser.
Para no perder la costumbre, buscamos un lugar en la plaza para el desayuno y escogemos el Restaurante K'puchinos, que abre a las nueve, y es suficiente para comer un plato de frutas y un café acompañado de orden de campechanas y polvorones.
Bernal está a tan sólo 25 km al norte de Tequisquiapan. Se llega por Ezequiel Montes, donde se da vuelta hacia la izquierda y se avanza unos cuantos kilómetros más. Conforme nos acercamos, el célebre peñón se hace más impresionante y nos explicamos su fama de ser el tercero más grande del mundo.
Si ustedes piensan que no es manda subir hasta la cima, pero no quieren perderse el gusto de mirar el valle desde arriba, les recomiendo que aprovechen antes de que arrecie el sol y agarren camino; a ver hasta dónde llegamos.
Hace un rato me detuve a recobrar el resuello en lo que parece la última sombrita, y aquí abajo los alpinistas decidieron dejar el camino para seguir por una pared gigantesca, casi vertical, en la que unos puntitos que se veían desde abajo van tomando forma humana. Ya puedo captar el pueblo entero de un vistazo.
Como decidí echarme en la cabeza lo que me quedaba de agua, irremediablemente regreso a los puestos de fritangas formando parte del segundo grupo, o sea que tomo posesión de la primera silla y la primera cerveza que se me atraviesan. Después de un merecido descanso retomo el camino rumbo al pueblo, pasando por la Capilla de las ánimas, y llego al centro: una pequeña zona de ocho o diez manzanas en torno al corredor que va del Templo de San Sebastián hasta el mercado.
Hay que decir que esa pequeña zona está ejemplarmente limpia y muy bien conservada en su placidez porfiriana. Además del templo del mártir flechado que data del siglo XVIII, puede visitarse, en la contraesquina, el Museo de la máscara. El edificio ostenta un reloj antiguo que está fechado en 1900.
En torno de la plaza pueden elegir dónde comprar alguna de las tradicionales piezas talladas en ópalo, y luego pueden irse una cuadra por Hidalgo hasta la fuente, desde donde se tiene una espléndida vista de la Peña de Bernal, el mercado, el hotel y restaurante El Criollo y el propio portal de la esquina.
Para cerrar con broche de oro, propongo ir a comer a una casona que fue construida en 1827, donde estuvo el Mesón de San José y de la que se dice está comunicada por pasadizos subterráneos con el templo de San Sebastián y con otras residencias importantes de aquella época.
Fuente: México desconocido
