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 De Piedras Negras a Boca del Cerro
29 de abril de 2008 18:08

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Expedición Usumacinta 2008

Continúa la travesía de investigadores y reporteros por el sureste mexicano. Siguiendo la antigua ruta mercantil entre las ciudades mayas, el equipo de México desconocido ha encontrado muchas sorpresas.
Foto: Cortesía México Desconocido

 
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Muy temprano iniciamos nuestro recorrido por la selva hacia la entrada principal de Piedras Negras, por un sendero casi imperceptible rodeado de hongos, bejucos, orquídeas, árboles de látex y de chicle.

Nos acompañaban un grupo de conservacionistas, miembros de la milicia y arqueólogos guatemaltecos dedicados a proteger esta parte de la selva, conocida como La Selva del Lacandón.

Entre otras especies, pudimos ver a las manadas de saraguatos y de monos araña, quienes por cierto nunca se mezclan. Eso sí, unos y otros se dedicaron a lanzarnos frutos, ramas y todo lo que tenían a la mano con tal de ahuyentarnos de su territorio.

Tras caminar cuatro kilómetros de selva, para deleite de muchos insectos y mosquitos, llegamos agotados a las primeras estelas que guarda la ciudad, armados hasta los dientes con tripiés, cámaras y equipo de repuesto.

Al mirar a lo lejos las maravillosas estructuras, colonizadas y vencidas por las enormes raíces de los árboles, sentimos la intensa emoción que debieron haber sentido los exploradores del siglo XIX quienes lucharon con la selva por recuperar los vestigios del mundo prehispánico.

Recorrimos los Palacios del Rey y la Reina, y el Baño del Temazcal que está prácticamente intacto, y nos divertimos tomando fotografías bajo la sombra de los árboles de chicle, antes de emprender el largo camino de regreso hasta el campamento.

Mientras tanto, el Usumacinta nos preparaba otra sesión de rápidos (uno, incluso, clase 4) y remolinos, después de consentirnos con unas bonitas cascadas.

El cayuco respondió muy bien, desafiando las premoniciones de nuestro experto en canotaje, quien dudaba que éste pudiera resistir tanta intensidad.

Sin embargo, nuestro cayuco subió y bajó las olas, pasó por hoyos, chocó con unas piedras (fuera de algunas astillas expelidas al aire, salió ileso), cayó de lado y se inundó bastante, pero con todo y todo, salió a flote, se secó con el sol y nos demostró lo ingeniosos que eran los antiguos mayas.

Cansados de tanta adrenalina, asoleados y algo deshidratados (pero felices), seguimos navegando río abajo hasta salir del Cañón de San José, en donde se encontraba nuestro destino: Boca del Cerro.

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