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Nayarit: descubre sus paraísos ocultos

 
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San Francisco Nayarit

México Desconocido © Derechos Reservados
 
Nayarit: descubre sus paraísos ocultos
 
Las costas de Nayarit representan una invitación constante para aquellos que buscan un refugio de libertad, así como hermosas playas y rincones solitarios
 
 
¿Qué podría arruinar tus vacaciones?
 
 
Un paseo nocturno nos brindó la oportunidad de admirar un maravilloso cielo salpicado por millones de estrellas, acompañados por la música que magistralmente entonaban cientos de insectos y del suave perfume de exóticas flores.

Dentro de la gran diversidad de ambientes y maravillosos paisajes que caracterizan a nuestro país, el estado de Nayarit es indudablemente, una tierra privilegiada de extraordinaria belleza y riqueza cultural. Esta espléndida región representa una invitación constante para aquellos que buscan un refugio de libertad, así como hermosas playas y rincones solitarios.

Decidimos viajar hacia uno de estos paraísos situado en medio de exuberante vegetación y clima tropical en las costas nayaritas. Nuestro destino, la playa de Costa Azul, donde se asienta un pequeño poblado de pescadores llamado San Francisco, mejor conocido por los habitantes de la región como San Pancho.

Sentados en la arena, disfrutábamos de la brisa del mar que acariciaba nuestro rostro, mientras contemplábamos cómo la luz dorada del sol al atardecer resaltaba de manera espectacular los colores de la naturaleza. Fue así que entre el verde de los palmares, el amarillo de la arena y el azul del mar, San Francisco nos dio la bienvenida.

Apenas transcurridas unas cuantas horas supimos que era posible durante nuestra estancia disfrutar de diversas actividades en ese maravilloso lugar, así como de sitios interesantes cerca de San Francisco.

Fue imposible resistirnos a la idea de cabalgar por la playa durante la puesta de sol. La emoción infinita que vivimos al galopar, conjugada con la belleza del lugar, el aire fresco y la tranquilidad que caracterizan a esta región, nos permitió descubrir el paraíso en el que nos encontrábamos.

En la noche, caminamos por las veredas cercanas con la intención de relajar nuestros músculos después de la cabalgata de dos horas. A lo largo del paseo nocturno, admiramos un maravilloso cielo salpicado por millones de estrellas, acompañados paso a paso por la música que magistralmente entonaban cientos de insectos y el suave perfume de éxoticas flores. Así, terminó nuestro primer día en San Francisco. Esa noche dormimos bajo el influjo de la magia del lugar.

Un discreto sol en el horizonte anunciaba el amanecer. Aún soñolientos atravesamos el pueblo a bordo de una camioneta para llegar al entronque con la carretera 200 Tepic-Vallarta. Justo ahí, bajo un puente que cruza un estrecho río, comenzó la travesía dentro de un espeso manglar, el cual forma un pabellón de vegetación casi impenetrable.

Después de varios intentos fallidos para controlar el kayac, nos enfilamos por el río, dispuestos a observar más de cerca la fauna de la zona. A lo largo del recorrido vimos distintas aves que anidan sobre las partes más elevadas de los mangles; algunas emitieron diversos sonidos a nuestro paso, las garzas volaban en su blancura resaltaba en el cielo azul; más adelante, acompañados por el ruido de las chicharras, observamos iguanas y tortugas tomando el sol sobre algunos troncos caídos en el agua.
Durante una hora aproximadamente nos deslizamos por el río hasta llegar a una pequeña laguna, la cual no tiene comunicación con el mar, ya que está separada por una estrecha franja de arena no mayor de 15 metros.

Después de navegar en la laguna, caminamos por tierra hacia el mar, con las pequeñas canoas a cuestas, para así continuar el recorrido hacia Costa Azul.

Ya en ese momento nuestros compañeros fueron algunos pelícanos que volaban rozando prácticamente el agua. Aunque no había gran oleaje, decidimos ir unos cuantos metros mar adentro para remar fácilmente, después regresamos a la orilla para descansar y tomar un merecido chapuzón. El agua parecía un gran espejo y era difícil resistirse a la idea de refrescarse, pues aunque no era la hora del máximo sol, el calor empezaba a cansarnos.

CONTINÚA...
 
 
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