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 Mexicano condenado a muerte, desde hace 28 años
06 de abril de 2008 14:23

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César Roberto Fierro Reyna

César Roberto Fierro Reyna
Foto: Notimex

México- César Roberto Fierro Reyna, el mexicano con más tiempo sentenciado a pena de muerte en Estados Unidos, continúa sometido en una cárcel de Texas a un aislamiento casi absoluto, que a lo largo de 28 años ha mermado su salud física y mental.

A costa de su cordura, Fierro, sigue esperando un desenlace judicial a la condena que lo ha mantenido en un cruel confinamiento casi tres décadas.

El reo, originario de Ciudad Juárez, Chihuahua, permanece confinado en una pequeña celda de tres metros por dos, de la que sólo puede salir una hora por semana, cuando los guardias de la Unidad Carcelaria Polunsky lo llevan a tomar sol a un patio interno de la prisión.

Sus condiciones no han variado desde que Notimex lo visitó hace cuatro años, en abril de 2004.

Su apariencia y su comportamiento revelaban ya entonces la factura que las duras condiciones carcelarias le estaban cobrando.

El mexicano es uno de los pocos entre los más de 400 reos condenados a muerte en esta prisión que se encuentra en el nivel tres, el área de castigo en lo que ya de por sí es clasificada como una cárcel de "segregación administrada" o de "súper máxima seguridad, aislamiento y confinamiento".

Los reos recluidos en el nivel tres, considerados los más rebeldes, carecen de todo privilegio, sin derechos a tener visitas, lecturas o radio.

Opositores a la pena de muerte y especialistas en salud mental consideran este tipo de reclusión como "tortura psicológica, equivalente a colocar a un asmático en un cuarto sin aire".

Para las autoridades carcelarias de Texas, esta es la única opción para castigar a un reo en pena de muerte por conductas rebeldes, como levantarles la voz a los guardias o arrojarles orina o restos de comida.

Descrito por los guardias como "testarudo y rebelde por decir lo menos", Fierro está casi siempre bajo castigo en Polunsky.

En una accidentada entrevista con Notimex, Fierro se encierra en un mutismo ante las preguntas sobre sus casi tres décadas en el pabellón de la muerte.

Cuando llega a hablar, lo hace en forma precipitada y con frases cortas, para demandar gratificaciones como un refresco o comida, y a veces se adivina que sólo quisiera escuchar algo que le dé un poco de esperanza, algo en qué creer.

Escucha atento lo que se le informa de la última decisión de la Suprema Corte de Justicia estadunidense, que liberó a Texas de tener que revisar los casos de los mexicanos sentenciados a pena capital, en contra de lo dispuesto por la Corte Internacional de Justicia.

Por su aislamiento, Fierro desconocía el fallo. "Para mí qué hay. No hay nada para mí", dice, al entender el dictamen judicial como algo distante de él, aunque en realidad podría ser uno de los reos más perjudicados por la decisión de la semana pasada

"¿Sabes lo que es estar incomunicado?", cuestiona. "No lo sabe, nomás se lo imagina", dice. "Si estoy incomunicado ahorita, qué caso tiene que le diga cómo estoy", afirma impaciente.

"¿Qué quiere usted transmitir ahí? ¿Para qué quiere publicar lo que le diga? ¿Para qué quiere comunicar lo mío? ¿De qué me sirve a mí que se comunique usted conmigo?", dice en rápida sucesión de preguntas.

"Si no tengo yo comunicación con el exterior de la prisión, ¿de qué me sirve? ¿De qué me sirve, si mi familia sabe que estoy aquí y no le preocupa tanto?", reprocha. "No puedo comunicarme con mi familia, no puedo comunicarme con mis abogados, no puedo comunicarme con mis medios particulares que uso yo", sostiene.

"¿Para qué quiere publicar lo que yo diga? ¿Para qué quiere comunicar lo mío? Si le estoy diciendo que estoy incomunicado y usted no puede hacer nada", insiste. En los primeros años de su encarcelamiento, su madre lo visitaba con regularidad, hasta que falleció, como también sucedió con un hermano que tenía en Ciudad Juárez.

Su hija Cindy, una bebé cuando él fue recluido, también lo visitaba esporádicamente, pero desde hace unos años dejó de hacerlo. Fierro nunca ha podido abrazar a su hija, siempre la ha visto a través del plástico transparente de los cubículos de la sala de visitas de la prisión.

Fierro ha pasado más de la mitad de su vida en la cárcel, y más del término promedio de una condena por homicidio bajo los estándares de múltiples países. Sin embargo, para las autoridades de Texas, la sentencia aún no se le aplica.

De forma paradójica, el mexicano es uno de los reos condenados a pena de muerte en Estados Unidos con uno de los casos jurídicos más fuertes de presunción de inocencia.

Fue sentenciado por el homicidio del taxista mexicano Nicolás Castañón, cometido el 27 de febrero de 1979 en El Paso, quien murió de dos tiros de revólver 357 mágnum, y hoy se ha quedado sin recursos legales que impidan su ejecución tras perder múltiples apelaciones.

Fierro siempre se ha declarado inocente del crimen. Aunque ahora ya no insiste en ello. "Lo que pasa es que estoy convencido de que nadie cree en mí", afirma en un momento de lucidez durante la entrevista.

En un juicio realizado en El Paso, las autoridades le impusieron la sentencia de muerte sin contar con ninguna evidencia física en su contra, pues la pistola utilizada nunca fue encontrada ni se comprobó que hubiera estado en el sitio del crimen el día de los hechos.

Para condenarlo a muerte, a principios de 1980, sólo se tomó en cuenta una declaración de culpabilidad y el testimonio de un presunto testigo, el adolescente Jerry Olaguez.

Sus abogados han presentado evidencias de que fue acusado tras ser coaccionado a declararse culpable por la policía en El Paso, cuyos agentes lo golpearon y amenazaron de torturar a su madre en México, por lo que firmó sin ver una declaración en inglés, idioma que no entendía.

Gary Weiser, el fiscal que presionó para que el mexicano fuera sentenciado a la pena de muerte, declaró hace 14 años con motivo de una de las apelación interpuestas, su convencimiento de que había sido presionado a declararse culpable.

De ser la parte acusadora, Weiser pasó a ser uno de los defensores de la posible inocencia de Fierro, al analizar evidencias que no se tenían cuando el mexicano fue procesado.

También el juez Herbert Marsh, de la Corte Estatal 171 en El Paso, quien revisó en una apelación cómo fue obtenida la confesión de culpabilidad, recomendó en 1995 un nuevo juicio tras concluir que la policía de El Paso había mentido.

Pero la Corte de Apelaciones Criminales de Texas rechazó esa opinión al señalar que las evidencias de que hubiera sido coaccionado no eran suficientes.

Ante los reveses de las apelaciones y las nuevas leyes que limitan el número de veces para interponer estos recursos, los testimonios y otras evidencias se han quedado hasta ahora sin ser escuchadas.

La decisión la semana pasada de la Suprema Corte de Justicia estadunidense elimina su último recurso disponible en los pasados cuatro años.

El fallo deja al mexicano en un estado de vulnerabilidad que podría ser aprovechado para ahora sí aplicarle la inyección letal, lo que para Fierro sería su último castigo, o quizás su primer bálsamo en tres décadas.


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