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México – Patagonia
| ![]() | | | | | ![]() | | Etapa 57: Quepos - Managua | ![]() |
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| Paulatinamente se termina el paraíso y comienza la cruda realidad centroamericana. | | |
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13/02/2009 | Santiago Calcagno / G. S. EL TRISTE SABOR DE LA DERROTA
Jueves, estamos listos para partir otra vez. La noche anterior habíamos cenado en un restaurante mexicano de Quepos mientras los aficionados ticos gozaban en la TV la victoria 2-0 de su selección contra Honduras. Ese mismo día jugó México contra EEUU, pero nadie en el restaurante nos supo decir el resultado. A fin de cuentas nos enteramos por Internet que habíamos perdido por el mismo marcador y que el interés que tenían en el restaurante por el “tri” era más o menos el mismo que por hacer parecer mexicanos los platillos.
La sorpresa vino el jueves por la tarde, tras recorrer las carreteras ticas del lado del Pacífico hasta volver a encontrar la Panamericana (que baja de San José) en Puntarenas, otro lugar turístico de primer nivel. De ahí enfilamos con la Tiguan a la frontera con Nicaragua pasando por Liberia y sorteando varios tramos en obra que nos demoraban y también recordaban a Panamá, “la ciudad en construcción”. La sorpresa resultaron ser cientos de aficionados catrachos que habían asistido al estadio y volvían a casa derrotados. Autobuses y autos llenos de hondureños que inexorablemente se dirigían por la Panamericana al cruce fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua.
PEÑAS BLANCAS
Al principio parecía una frontera como cualquier otra, pero el cruce de Peñas Blancas resultó ser el peor de todos y nos costó 3 horas que habrían desesperado al propio Dalai Lama.
Un par de kilómetros antes de la frontera ya se había formado una línea para cruzar, entre camiones de carga, autobuses y autos. A los lados había casas humildes y gente mirando. Unos niños a la vera del camino cantaban porras ticas y sostenían entre todos la bandera, celebrando la victoria en la cara de los catrachos. Habían decidido humillar un poco a sus hermanos. Al ver las calcomanías de la Tiguan se animaron aún más, yo creo que también sabían cómo le había ido a México.
Nos saltamos la fila de camiones y avanzamos con una rueda en el acotamiento. Un tramitador muy joven nos ofrece ayuda y aceptamos. Llegamos a la aduana y logramos pasar, ahora vamos a migración para encontrar un enjambre de catrachos que abarrotaban el inmueble y la cola salía hasta la calle. Paciencia, nos formamos y pasamos este trámite también. El tramitador ayuda y hace como que ayuda hasta que nos dice que no puede seguir porque las oficinas nicaragüenses están a 1 km. Pide su propina y la de los “amigos” a quien tuvo que estimular para ayudarnos. Avanzamos. No olviden que siempre es más fácil salir que entrar, ahora viene lo peor.
Las instalaciones en la tierra de Sandino se ven modernas, pero los trámites son lo contrario. A eso hay que agregarle cientos de catrachos en tránsito, vendedores y mendigos, todo bajo un calor abrasador. Los tramitadores vienen hacia nosotros atraídos por la Tiguan como insectos nocturnos a una fuente de luz. Migración, aduana y revisión policiaca antinarcóticos: un calvario, especialmente lo último. Llegamos al lugar, tenemos 2 camiones delante y nos dicen que tardarán horas. ¡No puede ser!. El tramitador se va a buscar a alguien y nos piden que metamos la Tiguan a un patio, que saquemos nuestras pertenencias y la subamos a unas rampas para la revisión. Lo hacemos. Pasa casi media hora y regresa el tramitador con alguien que no sirve para nada. Aparece un oficial muy moreno y de pocas palabras, de hecho no dice nada, solo hace gestos y gruñe como algo entre un samurai y un chamán. Desconfiado, revisa obsesivamente cada paquete y se hace ayudar por otro que con el mango de un instrumento golpetea el interior de la Tiguan en busca de compartimientos secretos. “Esto es absurdo” pienso yo, la SUV de VW está llena de huecos. Hablan entre ellos y no se les entiende nada. Termina el ritual y el chamán hace un gesto severo y abanica el brazo en señal de “pueden irse”.
Son casi las cuatro y media y han pasado tres horas desde que llegamos a la frontera. Estamos hartos y recién ahora vemos la carretera por delante. Justo ahí nos pretende parar un anciano con cachucha que hace unas señas raras. “Nos acaban de hacer la limpia completa” pensé y continué al tiempo que movía la cabeza en señal de negación. El anciano se agitó y bajé la ventanilla eléctrica de la camioneta.
–“¿Qué desea? …ya nos vamos!”-
-“Deténganse, se debe pagar el impuesto municipal”-
-“Cuando la autoridad les pida que se detengan deben hacerlo”-. Agregó.
-“¿Usted autoridad? …si yo pensé que vendía algo”. Le dije.
En fin, Gilberto bajó a poner la cereza del pastel burocrático de este viaje y por fin pudimos irnos de allí.
LOS GRANDES LAGOS… NICARAGÜENSES
Mi GPS indicaba la proximidad del enorme Lago Nicaragua justo delante, pero sólo veíamos colinas y casas. Avanzamos 25km junto al lago y nunca lo vimos, salvo por momentos entre las fincas y las colinas. Cuando lo pudimos ver un poco mejor fue un espectáculo.
–“Es impresionante”- pensé,
-“Parece un mar”- agregó Gilberto.
-“…el lago más grande de Latinoamérica, un verdadero monstruo.”-
Mantuvimos el rumbo con la Tiguan por toda la panamericana con la intención de llegar a Managua antes del anochecer. Allí habría otro gran lago también. La Tiguan se seguía portando de maravilla en las carreteras nicaragüenses, que no son tan malas aunque tampoco tan buenas. Íbamos a buen paso, rebasando sin miramientos todo lo que se nos interpusiera en el camino. Los rebases eran sencillos con la transmisión puesta en cualquier posición, pero se disfrutaban más con el Kick-down que hacía desde la posición Triptronic. El camino obligaba a atravesar un par de pueblos por el centro y abundaban los controles policíacos que revisaban documentos. Todo eso nos retrasó bastante, pero justo después del ocaso llegamos a Managua por el Suroeste.
SI VAS A MANAGUA…
Managua, capital de peligrosos contrastes. La Panamericana te deposita en pleno centro, donde es muy fácil dar una vuelta equivocada y pasar de una zona más o menos segura a un tugurio espantoso y peligroso en dosis iguales. Ya estaba oscuro y buscando el supuesto malecón dimos con una zona industrial que luego un atento policía nos refirió como “…un lugar donde te roban hasta los calzones”. En una avenida principal dimos con un centro comercial y luego con un hotel decente que ofrecía cochera cerrada. Así era mejor, ya que no queríamos dejar la pobre Tiguan a su suerte toda la noche por estos lugares.
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