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Los niños trabajadores en la ciudad de México durante la posrevolución
Susana Sosenski

Los niños trabajadores de México

Una de las consecuencias inmediatas de la Revolución mexicana fue la promulgación de la Constitución Política de 1917
 

Los niños trabajadores en la ciudad de México
Niño voceador, ca. 1925
Memoria 2010 © Derechos Reservados

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Susana Sosenski


Una de las consecuencias inmediatas de la Revolución mexicana fue la promulgación de la Constitución Política de 1917. Entre sus artículos fundamentales sobresalió el 123, que en una de sus cláusulas fijó la edad mínima de admisión al trabajo en 12 años. Los niños menores de 16 años no podrían trabajar más de seis horas, ni en condiciones insalubres o peligrosas, ni tampoco en horarios nocturnos.
Sin embargo, pese a las disposiciones constitucionales y a los posteriores reglamentos, en las primeras décadas del siglo xx los niños continuaron trabajando tanto como antes. En 1923 se contabilizaron más de 2 000 niños en las fábricas y talleres de la ciudad de México, cifra que representaba 7% de los trabajadores manufactureros urbanos; entre ellos había pequeños de 7 u 8 años de edad. Los empresarios buscaban mano de obra barata y las familias populares requerían ayuda económica, de ahí que miles de niños fueran contratados en los diversos establecimientos industriales de la ciudad. En las fábricas de hilados y tejidos ellos, como ayudantes o aprendices, eran los encargados de recoger del suelo arpilleras, canillas u otros objetos, de sustituir las pesadas y grandes bobinas cuando el hilo se terminaba, o de insertar sus delgados y pequeños dedos entre los intersticios de las máquinas para sacar los hilos rotos atascados. En los talleres de calzado, en las panaderías, las carnicerías y las curtidurías, los niños trabajaban más de 10 horas diarias ganando apenas 25 centavos, o buena parte de las veces sin recibir sueldo alguno, con el pretexto de que se encontraban en un periodo de aprendizaje.

Los inspectores del Departamento del Trabajo acudían a las fábricas y talleres de la ciudad para vigilar el cumplimiento de la ley. Para ellos no pasó inadvertida la situación laboral de algunos niños que permanecían largas horas con los pies en el agua, en espacios sin ventilación ni iluminación, cargando pesados bultos u operando maquinaria cortante. No obstante, los inspectores fueron condescendientes con los empresarios que empleaban a los pequeños, y así ocultaron cifras, condiciones laborales y explotación, y además atendieron las demandas de varios padres de familia que insistían en la necesidad y la importancia de ocupar económicamente a sus hijos. Por todo ello en muchos informes de los inspectores los niños trabajadores quedaron ocultos. De tal forma, aun cuando de manera oficial los niños no debían trabajar, sus actividades eran encubiertas, defendidas y solapadas por los adultos que los rodeaban.

Los reglamentos de la época no consideraron las actividades laborales callejeras como trabajo; por lo tanto, los miles de niños que encontraron modos de subsistencia en la vía pública lo hicieron al margen de la legislación laboral, y muchas veces también al margen de la legislación penal, ya que la delincuencia y el trabajo infantil callejero se imbricaron de manera constante. La ciudad de México se despertaba cotidianamente con el clamor de una infancia que ofrecía las más diversas mercancías: bolígrafos, chicles, dulces, cigarros, periódicos. Los niños voceadores o “papeleros” buscaban desde temprano las esquinas transitadas y las avenidas bulliciosas para anunciar con estridencia los horrorosos crímenes que habían ocurrido en la capital y que publicaban las primeras planas de los diarios. Los boleros se instalaban en la Alameda central a ofrecer “un trapazo” por diez “fierritos” para dejar unos zapatos muy “fain”. En los alrededores de los mercados los niños canasteros, cargadores o vendedores competían para conseguir que un apresurado marchante les dejara algunos centavos a cambio de sus servicios. Los niños trabajadores callejeros eran una presencia citadina constante a lo largo del día hasta muy entrada la noche. En una ciudad donde la luz eléctrica titilaba indecisa en las lámparas de las oscuras calles centrales era posible ver que grupos de niños ofrecían revistas, cuidaban los coches de los asistentes a las funciones del palacio de Bellas Artes, o salían del cine después de cumplir sus tareas como asistentes del cácaro.

La presencia infantil en el mundo laboral urbano ocupó los espacios públicos y abiertos y también los lugares privados. Las niñas, limitadas por un imaginario que consideraba al género femenino como frágil, susceptible y quebrantable, fueron confinadas al ámbito doméstico. En las familias populares donde los hermanos mayores acudían al trabajo, los más pequeños se quedaban en casa y los más afortunados asistían a la escuela, las niñas a menudo se encargaban de las labores domésticas. Pocas acudieron a fábricas y talleres a desempeñarse como aprendices y menos se alistaron en las filas del trabajo callejero. El acelerado crecimiento de la clase media urbana incrementó la necesidad de sirvientes domésticos, y las niñas y adolescentes acudieron por centenares a servir a las familias que vivían por los rumbos de las colonias Condesa, Roma o Chapultepec Hights.

Tanto en las fábricas como en los talleres, en los espacios callejeros y en los domésticos, los niños sufrieron vejaciones, explotación y abusos. Esta situación no los limitó a ser sujetos pasivos de la historia. Su protagonismo y participación cotidianos se evidenciaron en cada una de sus actividades económicas, en su función de proveedores de unos hogares lastimados por la guerra revolucionaria –en los que casi por regla general se sufría de una ausencia paterna–, en su presencia en las movilizaciones del mundo gremial urbano, en su función de trasmisores de noticias en la gran ciudad. Los niños trabajadores fueron personajes esenciales de la vida cotidiana en la ciudad de México posrevolucionaria y una parte sustancial del proyecto de reconstrucción nacional en que se inscribió el país.

En el imaginario de la sociedad posrevolucionaria que pugnaba por un México moderno y productor, muchos médicos, maestros, políticos, periodistas, funcionarios gubernamentales y damas de organizaciones benéficas defendieron el derecho de los niños de los sectores populares a desempeñar un trabajo manufacturero, y éste, en contraposición al trabajo callejero, se valoró e incluso se fomentó. Para los pequeños aprendices se crearon sistemas de medio tiempo que hicieran compatibles los anhelos de escolarización obligatoria con el trabajo infantil. Centenares de niños trabajadores se vieron obligados a ocupar sus horas libres asistiendo a escuelas en donde se les enseñaban diversos oficios y se les exigía fabricar manufacturas que, en algunos casos, llegaban a cubrir las necesidades de pan o jabón de instituciones como la cárcel municipal o los asilos de la Beneficencia Pública.

La legislación, la escolarización obligatoria, una nueva mentalidad sobre el lugar del niño en la sociedad, sumadas a los efectos de la gran depresión de los años treinta en México, no sólo contribuyeron a que el trabajo infantil fuera adquiriendo de manera gradual una connotación negativa, sino que ocasionaron también que se le considerara un escándalo social. Estos factores incidieron en la disminución de los niños en los lugares laborales regulados, como las fábricas y talleres. Ante la necesidad económica, la creciente masa de niños desplazados de los establecimientos industriales, y por ende desempleados, ocupó las calles de la ciudad, convencidos de que éstas eran un legítimo espacio para su sobrevivencia. Las siguientes décadas serían testigos del aumento de niños trabajadores callejeros, protagonistas de una ciudad que afanosamente trataba de confirmar su modernidad.

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