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| Adolfo de la Huerta |
Adolfo de la Huerta, revolucionario sonorense, presidente interino, secretario de Hacienda y dirigente de una rebelión |
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Para mayor información consultar el Tomo 5 de la colección 20/10 Memorias de la Revolución en México, disponible al público
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Pedro Castro
Adolfo de la Huerta, revolucionario sonorense, presidente interino, secretario de Hacienda y dirigente de una rebelión que llevó su nombre, fue también un destacado maestro de canto durante su exilio de los años 1928 a 1934. En Los Ángeles tuvo en la enseñanza del bel canto su modo de vida en su casa-estudio al lado de su esposa Clarita Oriol. Fue reconocido como mentor que enseñó a noveles, cambió tesituras de voz y ayudó a profesionales a recuperar su voz perdida.
Adolfo de la Huerta, nacido el 26 de mayo de 1881 en el puerto de Guaymas, Sonora, desde muy temprano se vio atraído por la política de oposición, como tantos jóvenes en el crepúsculo del Porfiriato. En la ciudad de México estudiaba contabilidad y canto cuando fue testigo del hartazgo ciudadano a causa de los excesos del gobierno y sus allegados. Entró en contacto con las ideas de los liberales rebeldes, sobre todo de los hermanos Flores Magón, y leyó asiduamente a los socialistas y anarquistas europeos. Regresó a su suelo natal con un criterio definido en materia política, por lo que siguió con atención las actividades del Partido Liberal en los Estados Unidos, luego las prédicas de Bernando Reyes y de Francisco I. Madero, siendo parte de un grupo opositor encabezado por José María Maytorena. Para entonces Adolfo de la Huerta ya no cantaba en público y había renunciado de manera definitiva a su carrera en la Tenería San Germán y en el Banco Nacional de México. A partir de entonces se consagraría en cuerpo y alma a la actividad política, en alianza estrecha con los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, con quienes en su momento formaría el Triángulo sonorense.
Al triunfo revolucionario fue electo diputado a la legislatura local de Sonora, aunque el golpe de Estado de Victoriano Huerta contra Madero le llevó a afiliarse al carrancismo en 1913. Participó como delegado del estado de Sonora para asistir a la convención celebrada en Monclova, en la que resultó electo Primer Jefe el entonces gobernador de Coahuila Venustiano Carranza. Una vez que el Primer Jefe se estableció en Hermosillo le designó oficial mayor de la Secretaría de Gobernación, teniendo a su cargo la atención de problemas tales como los desórdenes en distintas partes del país, y sobre todo la hambruna en la ciudad de México, donde instaló puestos de socorro, dormitorios y comedores públicos. De Gobernación Adolfo de la Huerta pasó al gobierno de Sonora, puesto que ocupó de manera interina en varias ocasiones, alternando sus responsabilidades con el general Plutarco Elías Calles. A principios de 1917 intervino como mediador entre líderes del Congreso constituyente y el Primer Jefe, en virtud de que había surgido un distanciamiento provocado por las pretensiones tempranas del general Obregón de acceder al poder ejecutivo. Favorecido por su prestigio como conciliador y como amigo de los grupos políticos en conflicto, logró que el Caudillo de Sonora desistiera de su propósito de disputar la presidencia a Carranza, y con ello conjuró una crisis de grandes proporciones. Enemigo declarado de la violencia, Adolfo de la Huerta no pudo sustraerse a las circunstancias prevalecientes en esos años en los que el recurso de las armas era la última palabra en política. A raíz de la sucesión presidencial de 1920 y de problemas entre el gobierno central y el estado de Sonora se dio una colisión entre su gobernador y el poder federal, resultando en el Movimiento de Agua Prieta, que en pocos meses triunfó en todo el país.
Adolfo de la Huerta fue electo presidente provisional en sustitución de Venustiano Carranza, del 1 de junio al 30 de noviembre de 1920, un periodo breve considerando las tareas asignadas para la recuperación de la normalidad institucional. Heredó un endeble gobierno central, en un país devastado por una larga lucha revolucionaria, donde coexistía un número indeterminado de pequeños ejércitos en rebeldía y aliados cuya lealtad al nuevo régimen era dudosa y condicional. El flamante presidente tuvo como tarea inicial consolidar el poder central, abrir espacios y dar salidas honorables a los levantados en armas. Unas veces negoció con ellos, en otras aplicó medidas de presión política para someter a los inconformes, en un afán de revertir la fragmentación del país resultante de la guerra civil. El Primer Jefe careció del dominio de extensas regiones, en manos tanto de elementos con banderas políticas como de simples forajidos favorecidos por el caos reinante. Los tipos de rebeldía contra el gobierno fueron de distinta naturaleza, de acuerdo con las regiones, sus liderazgos y la composición social y étnica de sus seguidores. La villista y zapatista sobrevivían precariamente después de muchos años de lucha. Otras tenían que ver con las consecuencias de la lucha constitucionalista y las medidas de jefes militares en su afán de quebrantar la dominación tradicional en el interior de la República. Ejemplos de los últimos casos fueron Yucatán y Chiapas, así como Oaxaca, durante los gobiernos de los generales Salvador Alvarado y Jesús Agustín Castro, respectivamente. También se incluían los felicistas, soberanistas y pelaecistas, coincidentes en el punto de la autonomía regional, con fines diversos pero a favor de la preservación de intereses particulares. Los rebeldes, sin representar de manera aislada una amenaza seria a las instituciones, eran escurridizos y estorbaban la gobernabilidad de sus zonas de operación. En su proyecto de pacificar al país, Adolfo de la Huerta sobre todo tenía en la mira al general Francisco Villa, una leyenda viviente de la Revolución mexicana. Sombra de su pasado, operaba en una zona de difícil acceso, en extremos de clima y geografía, a un paso de la línea divisoria con los Estados Unidos. Los restos de su División del Norte ascendían a más de diez mil hombres en armas, si incluimos a sus aliados por toda la República.2 El presidente Adolfo de la Huerta conoció los deseos del Centauro de retirarse definitivamente a la vida privada, así que le invitó a despedirse de las armas, sugiriéndole no residir en Chihuahua, a lo que el ex jefe de la División del Norte respondió con mansedumbre: “yo viviré donde usted me lo mande”.
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