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Othón Nava Martínez
La creación de los Estados modernos vio en la educación la posibilidad de formar las mentes de los ciudadanos desde temprana edad, con la finalidad de crear un sentimiento patriótico en naciones, en las cuales la unión se podía dar de manera natural o al menos sin cambiar las mentalidades de los párvulos. Los ejemplos de países que utilizaron la escuela como medio de propaganda política son numerosos. La historia representa la materia escolar más propicia para realizar tal tergiversación de la realidad. La historia de bronce, la historia oficial tiene su justificación, pero la historia de los héroes no puede ser una historia hagiográfica. José Antonio Crespo plantea en su obra Contra la historia oficial una propuesta alternativa de historia crítica.
Crespo, sin embargo, no deja al lector sin esperanza. Le propone sacarle provecho al desarrollo de la historia crítica. Invita a no caer en el tecnicismo de los eruditos, sino en plantear una relectura histórica acorde a la voluntad de desarrollo democrático actual. El México de nuestros días es sinónimo de desengaño y decepción; para Crespo la creación de héroes perfectos es sinónimo de la hipocresía del Estado controlador y no del Estado democrático necesario para el porvenir del México actual. Para el autor, el proceso democrático se fundamenta en la revisión y la transparencia, no solamente de las instituciones o los actores de la vida política nacional, sino también del conocimiento y la conformación del quehacer histórico. La historia merece y debe ser revistada por un ojo crítico, no para volverse un discurso conservador o ultraliberal sino para lograr una cura moral. Es más fácil condenar los errores del pasado y entender los momentos de oportunidades de la nación que criticar la dialéctica presente. Nuestros días son tiempos de diversidad, de respeto y de diálogo, y la desmitificación de los pasajes de la historia patria permite abrir un camino a los diálogos presentes. Crespo no busca aniquilar la emulación sana de la devoción patriótica, no intenta anular las virtudes cívicas tan útiles en un mundo en el cual la gente “sólo se pone la verdad” cuando juega y gana la selección. El famoso y trillado “perdieron y ganamos”. La construcción del amor patriótico no se ve amenazada cuando se aporta la discusión sobre las apariencias, los errores o las curiosidades de la historia. Como lo dice Crespo al hacer referencia a la litografía de Claudio Linati, el hecho de que “Hidalgo vestía media bota, pantalón morado, banda azul, chaleco encarnado, casaca verde, vuelta y collarín negro, pañuelo pajizo al cuello, turbante con plumaje de todos los colores, menos el blanco”, si bien le quita el aspecto solemne, no le quita las aportaciones que sus acciones tuvieron en la creación o el avance hacia un México independiente. La idealización de los héroes permite hacer de ellos protagonistas y forjadores de la historia, pero es más enfocada a la alabanza aristocrática que al ideal democrático. Y no sólo de los héroes. Crespo en efecto se interesa también en los villanos, en los judas, sin los cuales las cualidades del ser admirado no podrían destacar.
En todo caso (dice Crespo), son los héroes y sus hazañas los que se ponen como modelo en la educación cívica de los niños, aunque siempre de acuerdo con las necesidades de legitimación política del régimen vigente. La ignorancia del pasado no es sinónimo de buena ciudadanía, al contrario. La historia oficial cambia según las circunstancias y las necesidades de la élite gobernante en turno. Hay pues, una intención de control político y de manipulación ideológica en esta expresión de la historia.
La historia oficial es la que se enseña de manera obligatoria. Es ésta la historia que debe criticarse para elevar el nivel del debate nacional. Las propuestas políticas vienen de la argumentación y no de la opinión. La democracia no es la “opinocracia”, existen derechos, mas también obligaciones. El lado oscuro, las facetas menos brillantes de los héroes aportan al entendimiento. Sin embrago solamente aceptando esos matices de la historia (que por cierto hacen su riqueza) es que se podrá tener ciudadanos republicanos capaces de establecer una democracia. Se requiere de personas que no estén limitadas por prejuicios de clase y sin preocupación excesiva por su condición económica. Los héroes de la patria alimentan el orgullo, pero no a los hijos. Se necesita opinar acerca de la organización política sin querer ver siempre cuáles serían las ventajas personales que se podrían sacar de cualquier decisión política y medir las consecuencias de las mismas.
El propósito del libro es rescatar algunos episodios y sucesos de la historia nacional sorpresivos para el lector no especializado, es decir, convertirlo en un texto de difusión que llegue a aquél. El autor quiere acercar la producción de la historia crítica de los últimos treinta años al público neófito. Crespo no propone una obra científica en el sentido del uso de un lenguaje complejo y poco agradable al lector, sino más bien un acercamiento a la discusión de las anécdotas y los pasajes representativos de la historia patria, es decir, desde la llegada de los españoles hasta el papel de los Estados Unidos en la historia nacional. En resumen, será cada lector quien acepte los “pecados” o virtudes de los diferentes personajes históricos tratados, como lo dice en su obra el propio autor.
El recopilador inicia con una crítica de la historia oficial y articula después un discurso en cuatro partes. Su primer tema de reflexión es el legado colonial, cuyo primer episodio es la cuestión de la conquista y evangelización de México (tema que sigue siendo sujeto de debate historiográfico). Muestra cómo a pesar de la voluntad de Cortés y de los evangelizadores de mantener en las Indias Occidentales los propósitos de sencillez, humildad y austeridad y de divulgar los auténticos valores del cristianismo, nada pudo impedir la “pomposa y elegante jerarquía eclesiástica”. El camino para entender el legado colonial sigue con un acercamiento a “Cortés: un adalid maquiavélico”. En este episodio Crespo insiste en el hecho de que si la conquista pudo ser realidad fue en gran parte por el éxito que tuvo Cortés al aplicar la famosa frase “divide y vencerás” y aprovechar la división que existía entre los habitantes de estas tierras. De la misma manera, en su capítulo “Moctezuma: el hado del emperador” hace justicia a la figura del monarca azteca, cuyo valor y osadía le permitieron ser elegido emperador a sus 34 años. No obstante, el historiador concluye que “Moctezuma se ganó en nuestra historia la imagen de la cobardía y la claudicación frente al extranjero (…)”. El autor indica también que con la Malinche “forman la dualidad que, al menos míticamente, explican la derrota del poderoso y tiránico imperio de Mesoamérica a manos de un puñado de aventureros venidos de ultramar”. El cuarto capítulo del legado colonial es justamente dedicado a “la maldición de la Malinche”. Explica cómo el nombre de Malinche, inicialmente apodo de Cortés, fue por distorsión histórica asignado a Malinalli, conocida como doña Marina. El historiador aprovecha este acercamiento al personaje de la Malinche para refrendar el dicho “la conquista la hicieron los indios y la independencia los españoles”. En este contexto, el papel jugado por “Cuauhtémoc: el héroe caído”, fue de suma importancia. Tras representar la máxima resistencia ante las fuerzas españolas, su derrota, bautizo y humillación provocaron que cuando quiso oponerse nuevamente a los españoles bajo el nombre cristiano de “Hernán de Alvarado” fue ignorado. Pero ni sus victorias más importantes permitieron a Cortés ser intocable. Su derrota no vino de la Nueva España, sino del viejo continente. En el capítulo “Cortés: ‘Si muero lejos de ti’”, Crespo muestra cómo Cortés nunca fue virrey de la Nueva España sino que llegó a tierra azteca como un terrateniente y terminó sus días gastando su fortuna en expediciones dignas de un aventurero. Tras una fallida expedición para tomar la ciudad africana de Argel, Cortés murió en España, preparando su viaje de regreso al nuevo mundo. Para cerrar la parte dedicada al legado colonial, José Antonio Crespo retoma una figura emblemática, símbolo de la realidad mexicana, el hijo legítimo del conquistador: Martín Cortés. Él fue el primero en crear un proyecto de autonomía que incluyó la creación de una nobleza autóctona. La conjura fue descubierta y Martín Cortés, por su amistad con el rey Felipe II, tuvo que regresar a España. Su medio hermano y tocayo, hijo de la Malinche y Hernán Cortés, no tuvo la misma suerte. El autor es muy duro al retomar ese pasaje desconocido por la historia oficial, “probablemente porque representa lo que en el subconsciente el mexicano no desea ser: el bastardo de las culturas matrices, despreciado por el padre, que a su vez desprecia a su madre”.
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