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| 200 años en la historia de la Ingeniería |
El desarrollo de un país se puede apreciar por su infraestructura |
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Para mayor información consultar el Tomo 5 de la colección 20/10 Memorias de la Revolución en México, disponible al público
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Gabriel Auvinet Guichard
El desarrollo de un país se puede apreciar por su infraestructura. Asimismo, su evolución histórica puede ponderarse por las obras que le brindan ciertos niveles de bienestar. Ardua y valiosa ha sido la labor de los ingenieros que en un país como México se han esforzado por implementar los avances de la ciencia en diferentes contextos. Este ensayo hace un recorrido histórico a doscientos años del surgimiento del México moderno.
Los seres que nacen en este planeta tienen solamente dos opciones para asegurar su supervivencia. La primera consiste en aceptar las rudas condiciones impuestas por los caprichos de la naturaleza: adaptarse o morir. Esta estrategia es la que ha tenido que seguir la vida en su evolución primitiva y es la que nos ha sido recordada con la celebración, durante todo el año 2009, del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin y de los 150 años de la publicación del Origen de las especies. Sin embargo, los seres con mayor inteligencia cuentan ahora con una segunda posibilidad: modificar el medio circundante y ponerlo a su servicio. Tal es la actitud que han adoptado las civilizaciones modernas, encargando esta tarea principalmente a algunos de sus miembros mejor preparados: los ingenieros. A ellos les corresponde transformar el mundo para beneficio de la sociedad. En los últimos decenios esta segunda estrategia ha sido objeto de severas críticas por parte de los defensores del medio ambiente. Los autores de todo proyecto de obra nueva de ingeniería importante se encuentran sujetos a averiguaciones inquisitoriales por parte de algunos apóstoles de la defensa de la naturaleza que consideran que mover una piedra altera el orden natural. Es entendible y hasta muy loable la actitud idealista de estos censores, pero ninguno de ellos consideraría seriamente volver a la vida silvestre y renunciar a las cómodas protecciones modernas contra la intemperie y los depredadores que les ha ofrecido la ingeniería. La verdad es que el progreso debe consistir en la búsqueda de un equilibrio que concilie la armonía con la naturaleza y el control eficiente de sus excesos. Para definir la mejor forma en la que puede lograrse tal objetivo, la sociedad no tiene otra opción que recurrir a… los ingenieros.
Son ingenieros los que dedican su inteligencia y talento a la solución de los problemas inmediatos o futuros que encuentra el hombre en su relación con la naturaleza. Dentro de esta categoría se encuentran muchos individuos que no necesariamente tienen una preparación formal de ingeniero en el sentido estrecho que muchos le dan actualmente. Todos, sin embargo, tienen en común una característica esencial: la de saber pensar antes de actuar y de saber actuar después de pensar. Ni la acción impulsiva ni la especulación estéril tienen su lugar en la ingeniería. Es buen ingeniero el que es capaz de predecir con aproximación suficiente el comportamiento del medio que lo rodea y las consecuencias de cualquier alteración del mismo. Además, debe saber actuar con decisión a partir de este conocimiento para lograr los objetivos deseados dentro de las restricciones existentes de tiempo y costo. Tales aptitudes implican tener capacidad para elaborar y utilizar con rigor unos modelos conceptuales que pueden ir desde los más elementales: reglas del arte basadas en el empirismo, hasta los más sofisticados: teorías fundamentadas en conceptos avanzados de la física y las matemáticas. Estos modelos predictivos le han otorgado al hombre un enorme poder sobre la naturaleza, dándole al mismo tiempo conciencia de su propia mortalidad, un hallazgo desagradable al que algunos atribuyen el nacimiento de las religiones.1 La capacidad de actuar correcta y eficientemente después de pensar depende de otras características del individuo como la responsabilidad, la voluntad, la ambición y la valentía, acompañadas de un sólido sentido práctico y de un fuerte compromiso con la sociedad.
Debe subrayarse que, llevadas al extremo, algunas de las virtudes del ingeniero pueden transformarse en sus más graves debilidades. Al ingeniero de alta formación científica le puede ocurrir, al igual que al poeta, que “sus alas de gigante le impidan caminar”.2 De ahí que, salvo notables excepciones, las incursiones de los ingenieros en la política, donde el rigor y la verdad verificable no tienen el mismo lugar preponderante que en la ingeniería, no hayan sido siempre exitosas. El ingeniero esencialmente práctico que solamente confía en su instinto y su “juicio ingenieril” (término que no ha encontrado a la fecha una definición realmente satisfactoria) tenderá por su lado a actuar en forma ineficiente y hasta peligrosa. Pensar es una de las actividades humanas más dolorosa y algunos prefieren evitarla a toda costa, aceptando correr riesgos poco razonables. Buen ingeniero será el que encuentre el equilibrio adecuado entre análisis teórico y sentido práctico.
No es común encontrar en un solo hombre una combinación armoniosa de tantas virtudes, de ahí que no abunden los ingenieros de alto nivel. La historia de la ingeniería es la de estos hombres excepcionales y sus obras pero también la de los que, más modestamente, simplemente trataron de seguir su ejemplo y aportaron su contribución, grande o pequeña, al bienestar de la humanidad.
La celebración del bicentenario del Grito de Dolores y de los cien años del inicio de la Revolución mexicana constituye una excelente oportunidad para que los ingenieros mexicanos, como el resto de sus conciudadanos, hagan una pausa y volteen hacia su pasado para sacar lecciones del mismo y preparar mejor el futuro. En México el contacto entre el hombre y la naturaleza, y por tanto la actividad del ingeniero, siempre se ha dado en condiciones contrastantes. Los retos del medio geográfico y físico son enormes. Los rasgos de la República Mexicana pueden calificarse de extremosos si se comparan con los de muchos países, especialmente europeos: grandes alturas, bruscos cambios de altitud, hidrografía irregularmente distribuida, vulcanismo, sismicidad y gran variedad de climas. Los paisajes van desde los alpinos con cumbres nevadas y bosques de coníferos hasta los inhóspitos desiertos arenosos.
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