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Enrique Gibert
R.Herrera © Derechos Reservados | | | |
Irreflexiones de Enrique Gilbert Oct-09 | Si hay algo que disfruto de mi nueva vida, es tener más tiempo para mis amigos. | | |
Octubre/09 | Enrique Gilbert
Casi todos los días, vienen a comer a casa tres o cuatro, cuando no seis. Procuro armar grupos heterogéneos y eclécticos.
Los publicistas de mi generación, por ejemplo, son muy aficionados a contar anécdotas reales o inventadas, pero esa amenaza se neutraliza cuando los interlocutores tienen intereses diferentes.
Generalmente conversamos de filosofía, libros, pintura, cine, política, economía, fútbol.
Hace unos días se me ocurrió reunir a siete amigas; algunas no se conocían entre ellas. En mi mesa de comedor sólo cabemos ocho personas cómodamente sentadas.
La comida transcurría amenamente, mientras que la plática se centraba en la corrupción del poder. Me limité a escucharlas, consciente de que mis puntos de vista sobre el tema no aportarían mucho más a lo que ya habían puesto sobre la mesa, con particular lucidez.
No en vano, entre los siglos XVII y XIX, mujeres como Mme. de Staël, la Marquesa du Deffand, Mme. de Châtelet, dieron vida y fama a los salones de conversación, impulsando la literatura, el arte, la música y la poesía de la época. Le gustase o no a Molière, ellas estaban sembrando la semilla de la emancipación femenina.
En medio de un debate exaltado, logré hacer escuchar mi cada día más débil voz. Corteses a más no poder, todas callaron. Les cuento algo que viene muy a propósito de lo que hablan, comencé diciendo. Acabo de ver nuevamente una película de los ‘60 con Ingrid Bergman y Anthony Quinn, basada en una obra teatral de Friederich Dürrenmatt: “La visita de la vieja dama”.
Una amiga, argentina, socióloga y sesentona, era la única que, como yo, la había visto en teatro a finales de los ’50, en Buenos Aires. Como buena cinéfila conocía también la frustrada adaptación cinematográfica de la que yo hablaba. Las otras comensales no tenían ni idea, lo cual es comprensible porque muchas de mis amigas son bastante jóvenes.
La obra
Ingrid Bergman encarna a Klara Zachanassian, una anciana que bien podría haber estado entre los cinco principales millonarios de la lista de Forbes. Anthony Quinn, por su parte, interpreta a Alfred, un respetable ciudadano de Güllen. A esta imaginaria ciudad centroeuropea llega Klara de visita.
Había pasado mucho tiempo desde que Klarita Washer, como la conocían de soltera en su ciudad natal, tuvo que abandonar la pequeña Güllen, deshonrada, embarazada y socialmente humillada. En Hamburgo, donde terminó trabajando de prostituta, moriría su hijo a la edad de un año.
Allí conoció al señor Zachanassian y se casó con él. A la muerte del magnate petrolero armenio, su viuda se convirtió en la única heredera de una gran fortuna.
Por aquellos tiempos, los habitantes de Güllen estaban tan empobrecidos como hoy nosotros, a raíz de una crisis igualmente devastadora. Jubilosos e ilusionados, celebraron la visita de la vieja dama. La hija pródiga de la ciudad, les ofreció una ayuda económica por mil millones de libras esterlinas –500 millones para el municipio y 500 millones para los güllenses– a cambio de que le entregaran muerto a su ex novio Alfred.
Cuarenta y cinco años antes, éste se había negado a reconocer la paternidad del hijo que esperaba. Mediante el soborno de falsos testigos, se las ingenió para que un tribunal de vecinos declarara públicamente a Klara una prostituta, condenándola a un virtual destierro.
Cuando los honorables pobladores de Güllen se enteraron del lado oscuro de la propuesta de su providencial benefactora, reaccionaron escandalizados ante tamaña inmoralidad, pero según pasó el tiempo empezaron a recapacitar sobre lo oneroso que les resultaba mantener vivo al otrora seductor de Klara.
En la tienda de ultramarinos del propio Alfred, los güllenses se entregaron a satisfacer las necesidades más innecesarias. Todo lo compraban a crédito, confiados en poder pagar sus deudas cuando la donación se materializara. Alfred, que aspiraba a ocupar la alcaldía de Güllen, asumió sin protestar la condición de fiador generoso, pero sus clientes y votantes cautivos, terminaron montando un juicio popular para limpiar el buen nombre de la vieja dama que culminó con la misteriosa muerte del inculpado. El médico del pueblo certificó que el deceso se había debido a un ataque al corazón.
Antes de abandonar Güllen llevándose el cuerpo de Alfred, Klara Zachanassian dio pruebas de ser mujer de una sola pieza. Entregó formalmente al ayuntamiento y a sus habitantes, los dos cheques por las sumas prometidas.
Moral
Dürrenmatt, con “La visita de la vieja dama”, da vida a un magnífico alegato moral que ilustra sobre el poder del dinero para flexibilizar los más firmes principios morales. Mantenernos fieles a éstos puede traernos paz en nuestras conciencias, pero también puede llevarnos a confundir lo moral y lo ético con lo cómodo y rentable.
A lo largo de mi perorata, mi amiga socióloga había tratado de interrumpirme en más de una ocasión. Finalmente lo consiguió, poniendo en evidencia mi desmemoria. ¡Querido! –cuestionó con porteñísimo acento– no has mencionado la célebre frase de Klara Zachanassian: “El mundo me convirtió en una puta y ahora yo lo convertiré en un burdel”.
Argumenté que estaba cansado y que necesitaba que la enfermera me conectara el oxígeno para ver a Federer y Del Potro en la final del Abierto de Tenis.
En realidad, lo que no quería es que empezáramos a hablar de publicidad.
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