| | ![]() | | Primera prueba en México del Z4 | ![]() |
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El juguete de papá | La evolución del “roadster” bávaro Z4 es todo un acierto desde el punto de vista lúdico, sin olvidarse de un desempeño dinámico muy competente, incluso con el motor 2.5 l, el menos potente de la oferta. | | |
14/01/2003 | Gilberto Samperio/MPT El Z4 es la evolución positiva de aquel “roadster” que le diera un empuje considerable al “boom” por los convertibles que tuviera tanto eco en la década de los años noventa. Pero la madurez del concepto en BMW decanta hacia el aspecto de lujo dejando un poquito atrás el asunto recreacional. Según análisis de mercado de la casa bávara, esta será la orientación en el corto plazo de todos los éxitos de aquella gloriosa década.
La imagen
En consecuencia, el “roadster” Z4 luce una estampa clásica –nariz larga, cajuela corta- más refinada pero imponente; el trazo de líneas tiende a ser un poco más complicado pero elegante, fluido. Todo ello también se refleja en el interior, donde sólo una placa de material noble domina al tablero. Unos cuantos mandos y botones dan variedad a la vista, sin perder funcionalidad.
Nuestro ejemplar analizado es el Sport (versión de lanzamiento), por lo que cuenta con ítems no acostumbrados en el 2.5 litros como el DSC III, los asientos calentados, el sensor de lluvia o los enormes rines de 17 pulgadas. A pesar de ello, como monta la transmisión manual resulta una combinación más que adecuada para el cliente tipo al que va dirigido el Z4.
Al abrir la puerta, lo primero que llama la atención es su baja altura, lo que complica un poco el acceso al puesto de conducción. Es necesario flexionar un poquito más las rodillas para no tocar el volante. Pero ya acomodados en el asiento, el Z4 se percibe bien salvo por un detalle: no existe un buen apoyo de la zona lumbar, lo que llega a cansar el área de los riñones si manejamos por mucho tiempo. Y si le sumamos la fatiga ocasionada por la suspensión dura, el Z4 no es lo mejor para alguien con problemas ortopédicos de la espalda, o para andar en ciudad.
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Aunque la visibilidad es correcta, el largo cofre nos obliga a ser cautos pues toma su tiempo dimensionarlo bien. Máxime en ciudad, donde los otros autos pueden acercarse mucho a riesgo de un golpe o rayadura.
Puesto en marcha, se asoma el carácter deportivo del Z4.
La dirección es precisa, exacta. Nos permite colocar el coche donde queramos con sólo desearlo; muy intuitiva. Esta certidumbre en el rumbo facilita ritmos rápidos en carretera abierta. Por lo que en vías sinuosas resulta una delicia el enlace de curvas, apenas empañado por la subvirancia inducida. Si el radio de giro es muy corto, la nariz tenderá a seguir de frente; nada que no se controle pero orilla a decelerar y reducir una marcha.
Se pierde algo de diversión, pero el coche permanece confiable y predecible, a pesar de que el botón de Sport retarda la acción del DSC III. Incluso si se desconecta éste, la nobleza del chasis sale a relucir y nos deja el auto siempre con subvirancia. Es necesario darle un pisotón al acelerador y un giro brusco al volante –cambio de masas- para que la parte trasera se quiera adelantar. Afortunadamente, el Z4 recupera el aplomo con rapidez en virtud de una suspensión posterior independiente, bien afinada con la delantera.
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Pero su mejor ambiente son los asfaltados de curvas rápidas, donde el subviraje persiste aunque de un modo mucho más discreto. El seis en línea empuja muy bien desde abajo: de acuerdo con el dinamómetro, el 90% del par oscila entre 2,000 y 6,000 rpm. A 4,000 vueltas del tacómetro se nota la mayor contundencia del 2.5 litros, pero quinientos giros más abajo ya se aprecia un bramido seductor, que nos hace mantenerlo en regímenes medianos la mayor parte del tiempo y darle gusto al oído.
Todo un BMW
En ambas circunstancias, la transmisión está a la altura de las exigencias. La inserción de marchas es rápida, con recorridos reducidos y bien definidos. Pero lo mejor es que la caja es corta. Basta ver que en la quinta relación a 3,000 rpm se viaja a unos 105 km/h; a 4,000 va a 140 km/h; y cuando el tacómetro marca 5,000 el velocímetro indica 175. La gran ventaja de ello es que no hay dificultad en conservar el propulsor a un ritmo elevado y siempre con abundancia de torque.
En vista de tantas cualidades, el Z4 puede ser un verdadero demonio en la autopista, no tanto por la rapidez en aceleración, sino también por la agilidad con que se mueve en el tránsito. Las rectas son pan comido, mientras en las curvas largas se mantiene bien apoyado, sin titubeos; sólo cuando rozamos los 200 km/h, empieza a flotar un poquito la nariz. Nada grave, pero sirve de alerta por si no nos damos cuenta. Y es que si dejamos de mirar el velocímetro se puede rodar muy rápido, a tal punto que parece que los demás viajan lento.
Y cuando la situación nos fuerza a perder velocidad, los frenos responden muy bien. Su tacto es firme y la respuesta inmediata. De hecho, basta ver las cifras de frenadas para darse una idea de lo que hablamos.
Pero lo mejor del Z4 no son sólo sus posibilidades dinámicas en vías rápidas, sino que incluso se puede ir a ritmos moderados en carreteras más panorámicas. Para disfrutar el aire, basta presionar un botón durante 10 segundos para que el aire nos acaricie. Y se puede rodar a 140 km/h sin que éste moleste mucho. Se aprecia un muy cuidado estudio aerodinámico que evita ruidos indeseables al interior, lo que también permite escuchar música sin quedarse sordo.
Nos gusta...
... la dirección, precisa y comunicativa.
... el motor, muy consistente y enérgico cuando se le pide.
... la transmisión, de relaciones cortas.
... la imagen y acabados.
Nos gustaría...
... una actitud menos subvirante.
... un mejor soporte lumbar; cansa un poco en ciudad.
... un precio más razonable.
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