Recuerdo que en el terremoto de 1985 no solo perdí dos centros de trabajo, sino experimenté el dolor, taquicardia y adrenalina del pueblo mexicano.
Con un grupo de amigas, porque nadie sabía que hacía falta ni en dónde, nos fuimos en una combi que nos prestaron para preguntarle a la gente qué necesitaban. Con Pilar Pellicer y Ana Martin, recuerdo, llegábamos como a las tres de la mañana a la "W" para radiar a la población que si alguien tenía un pico, pala o alimentos lo llevara a tal lugar.
Cuando recuerdo las imágenes que vi aquel 19 de septiembre no puedo dejar de involucrarme con el pesar y angustia de muchas personas.
Largas jornadas de trabajo y el apoyo colectivo son de las cosas que más se me quedaron grabadas.
Descubrimos la calidad de pueblo que somos. El pueblo solucionó, participó, ordenó, organizó, no esperó a que "papá Gobierno" lo hiciera.
Desafortunadamente somos gente que funciona gracias a la adrenalina. Somos fantásticos para las emergencias, pero lo que tendríamos que aprender es que la vida cotidiana, si bien es muy aburrida, sucede todos los días y tenemos que entrarle con el mismo ingenio, audacia y fuerza en las situaciones difíciles, estamos llenos de héroes.