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Carlos Sandoval Lo primero que notamos una vez en marcha es el largo recorrido de la dirección, algo común en las SUVs y fácil para acostumbrarse. En la ciudad el comportamiento resulta envidiable, la suspensión es tan suave que hasta las agrietadas calles de la Ciudad de México parecen "Autobahn" alemana, algo muy apreciable en países como el nuestro.
En carretera es todavía más divertida, pues el comportamiento nervioso de una Pick-up aquí no existe. En su lugar, una dirección firme y precisa gracias a la asistencia variable, la suspensión bien balanceada y el contundente empuje de su motor hacen de los viajes una experiencia muy disfrutable, ya que al momento de requerir un rebase la respuesta es casi inmediata, pudiendo mantener un ritmo cómodo y hasta cierto punto seguro a 150 km/h.
Por el lado de las capacidades todoterreno, la altura es propicia para librar casi cualquier obstáculo y, aunque la tracción integral es de activación electrónica, resulta muy útil, sobre todo porque los neumáticos no son en absoluto eficientes en el lodo, pues de inmediato quedan cubiertos y nos dan la sensación de estar patinando en hielo, a lo que el control de tracción termina de ayudar evitando el patinaje excesivo. Mecánicamente hay también buenos datos.
La Ridgeline utiliza el mismo motor V6 de aluminio con el sistema VTEC de la Pilot, sólo que llevado hasta los 247 HP con un torque de 245 lb-pie, mismos que dan la sensación de estar manejando con un motor más grande. La capacidad de respuesta del mismo no sólo sorprende, sino que además parece consumir menos combustible del que en verdad está quemando. En resumen, la nueva Ridgeline cumple bien con las expectativas, pues dejando a un lado los detalles inusuales, aporta más de lo que se podría esperar de la combinación de una SUV con una Pick-up.
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