Daniel Cabrera,
El Hijo de El Ahuizote
La anatomía, la vestimenta, los rasgos físicos y de carácter del personaje emblemático inventado por Cabrera revelan mucho de la personalidad, de las aspiraciones y orígenes del propio dibujante y director de la revista. El muchacho provocador que llega a la capital desde la provincia y que casca calzón de manta, levita y sombrero de copa es un alter ego de Daniel Cabrera. Una fotografía de estudio plasma al joven periodista parado sobre un pie, con los brazos cruzados y la mirada retadora; su tez clara, su pelo hirsuto, sus bigotes algo ralos pero largos, sus labios un poco gruesos y sus ojos ligeramente rasgados delatan su sangre mestiza; viste elegante traje citadino, pero el telón de fondo que escogió para su retrato es la imagen bucólica de un paisaje rural. Otra foto lo presenta con un sombrero de copa muy alto que su personaje ficticio hubiera portado gustoso.
Daniel Cabrera es el hombre que le da vida y alma a la revista satírica antiporfirista por excelencia; él es el fundador, editor, dibujante y autor de muchos textos y editoriales de la revista; él es el mismísimo Hijo del Ahuizote; de hecho, firma sus escritos con ese seudónimo y en el medio se le llama así, como lo prueba esta cuarteta que está al pie de un retrato suyo que apareció en 1890 en el semanario La Patria Ilustrada:
Daniel Cabrera
Si escribe es á la carrera
Si habla ó dibuja va al trote
El “Hijo del Ahuizote,”
O sea, Daniel Cabrera.
Daniel es dinámico y un poco atrabancado –tal como lo describen estos versos–, y los periodistas e intelectuales porfiristas suelen ningunearlo o tratarlo con desprecio, pero el escritor y dibujante es hombre notable y tiene cualidades que sus colegas de la prensa independiente saben apreciar. En 1890, en el periódico El Partido Liberal, bajo el seudónimo de Ariel, el periodista Ricardo Domínguez describe así al fundador de El Hijo del Ahuizote:
Con sólo verle una vez se reconoce en él al hombre inteligente.
Su fisonomía puede tomarse como espejo de su espíritu siempre despierto y animoso.
Ello lo revela hasta en lo más arcano de sus sentimientos que son los del joven intrépido, sediento de honrada gloria (...)
En su trato íntimo nada hay de fingimiento.
Desconoce la doblez.
No se le ha pegado, ni creemos que se le pegue en lo sucesivo, ese convencionalismo social en el que caen, como la mariposa en la llama, los que vienen a esta metrópoli,
en la cual la forma lo es todo para las gentes, a quien cohíben ciertas exigencias, indeclinables para muchos que se les rinden a discreción.
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