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| Cádiz: América, expulsada de occidente |
¡Cuántos debe haber en el mundo que huyen de otros porque no se veen a sí mesmos! |
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Para mayor información consultar el Tomo 5 de la colección 20/10 Memorias de la Revolución en México, disponible al público
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Rafael Estrada Michel
¡Cuántos debe haber en el mundo que huyen de otros porque no se veen a sí mesmos!.
Lázaro de Tormes
¿Pero qué tiene que ver con el poniente quien odia y ama?.
Alberto Caeiro
¿A dónde? A tierra de poniente. El poniente se encontrará a sí mismo.
James Joyce, Ulises.
Al invitar a un compañero de oficina —español— a una fiesta de la Asociación de Estudiantes Latinoamericanos en Salamanca, recibí una respuesta que ha rondado mi cabeza inquietantemente durante varios años: “No, gracias. Yo soy occidental”.
Inútil fue esgrimir argumentos de evidencia parvuril como “¿hacia dónde crees tú que navegó Colón?” o “¿qué tipo de Indias eran las Américas, si no occidentales?” Nada. El escueto arquetipo era, en este como en otros muchos casos con los que me topé a mi paso por la Península, más fuerte que las razones y que los hechos históricos: “Perdona, pero es que Occidente siempre se ha identificado con Europa”.
No quiero insinuar que esta posición monopólica sea común a todos los ciudadanos de la Comunidad Europea, ni mucho menos. Me gustaría simplemente señalar el punto de partida de una reflexión que con el devenir del tiempo se ha topado con nuevas evidencias y con renovados argumentos. Perdóneseme si por generalizar caigo en señalamientos que pudieran parecer políticamente incorrectos. Desde ahora confieso que mi orgullo latinoamericano se ha visto fuerte y absurdamente herido, lo que no obsta para que mi pluma trate de conducirse con la mayor imparcialidad posible y con el mayor rigor deseable. No quisiera que en aras de un mal entendido agradecimiento a la tierra que me acogió generosa tuviera que renunciar a la crítica, máxime cuando pretendo que ésta se desenvuelva respetuosa y constructiva. Además, creo haber hallado algunas explicaciones en el desarrollo de las Cortes Generales y Extraordinarias de la Monarquía española que se reunieron en Cádiz entre 1810 y 1814, explicaciones que bien podrían interesar a más de uno. Vale.
Señalaba Fernando de Herrera, con un dejo de jactancia, que la Península Ibérica era “la última parte d’Occidente”. Tierra y límite, aventurera y exótica, extremo protector de una civilización amenazada, así se contempló España durante siglos. Según reporta Álvarez Junco, el camino de Santiago era visto desde Francia como una suerte de viaje a lo ignoto y a lo inconcebible. Más allá de los Pirineos se extendía el mundo de las posibilidades y del sol para una Europa ávida de concluir con poliseculares ingestiones de carne pasada por agua y de vestimentas lanares que asfixiaban la piel. El mundo medianamente conocido concluía en Gibraltar: el sabio Heracles se había tomado la molestia de señalarlo claramente, y sus columnas debían ser respetadas. Más aún, si la marca hercúlea señalaba el final de Occidente, ¿no valía la pena diferir el paso hacia lo desconocido hasta en tanto no se terminara de conocer aquello que todavía formaba parte de un esquema de mundo razonable? No fuera a ser que, como pretendía el Dante, Ulises muriera a orillas de la isla Purgatorio por haberse atrevido a navegar más allá del golfo de Cádiz procurando juntar “el oriente con el límite occidental de España y África” (la frase es de un obsesionado con las posibilidades-límite, en su caso lingüístico-gramaticales, de Hispania: Nebrija).
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