El terror y el humor se conjugan en 'Arrástrame al Infierno'
Foto: Universal Pictures
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Cd. de México (MÉXICO). La serie B, ese terreno que lleva hasta tal exceso el terror que lo convierte en humor, vuelve a la gran pantalla y toma los grandes estudios gracias a Sam Raimi, que con Arrástrame al Infierno repliega las tropas de El Hombre Araña para volver al género en el que alcanzó la fama.
Este regreso de Raimi al pasado pero con las posibilidades económicas del presente funciona a la perfección: la visible profusión de medios no adultera el aroma cochambroso del terror y consigue que lo escatológico, por poco realista, sea más caricaturesco que desagradable.
Pero sobre todo, la imaginación que solía suplir a la escasez en títulos como Despertar del Diablo sigue fresca (y con sabor a años ochenta) a pesar de la holgura económica.
Hablando de dinero, la película, a pesar de que su guión se gestó hace más de diez años, trata un tema de rabiosa actualidad, puesto que la venganza en forma de mal de ojo se detona cuando una empleada de banco se niega a prorrogar la hipoteca a una anciana gitana.
Con esta no tan delirante propuesta, la mente calenturienta de los Raimi -Sam y su hermano Ivan son los guionistas- pronto empieza a confeccionar encadenamientos de situaciones rocambolescas en las que se activan los mecanismos de horror hilarante.
Y es que Arrástrame al Infierno no sólo parece el título de una atracción de feria o de máquina de recreativos sino que, curiosamente, la película tiene cualidades más parecidas a una montaña rusa o a un pasaje del terror que a un producto cinematográfico.
Para ello, cuenta con elementos clásicos: la chica guapa pero tonta, interpretada por Alison Lohman; el novio bueno pero un poco cafre, al que da vida Justin Long, y, sobre todo, una estrambótica villana cargada de racismo autoparódico, que es lo mejor de la película gracias al buen hacer de Lorna Raver.
Así, Arrástrame al Infierno se convierte en una sucesión de golpes de efecto, en un continuo rizar el rizo que, pese a su absoluta intrascendencia, consigue asustar y desternillar al espectador a partes iguales y no deja de sorprenderle con sus habilidosas artes para coreografiar el festival de vísceras y vómitos.
El filme, con treinta millones de dólares de presupuesto, ha recaudado, con esta apariencia generalista para un concepto minoritario, 60 millones de dólares desde su estreno en la taquilla internacional, a falta de los resultados en España, donde se estrena este fin de semana, y el mercado latinoamericano, donde llegará en los próximos meses.
Esta rentabilidad no es sino la traducción de una complicidad que se intuye entre los miembros del equipo de 'nerds' sin complejos que ha rescatado Raimi, quien definió su vuelta al cine "pequeño" como "tocar en un cuarteto de jazz después de haber trabajado con una filarmónica".
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