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 'Ricardo Peláez'
04 de abril de 2007 16:27

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Félix Fernández Christlieb

Aquella estupenda noche de abril de 1999, el Estadio Miguel Alemán de Celaya estaba repleto ¡Y cómo no! -Si recibíamos a las taquilleras "Chivas"-. Al terminar mi calentamiento atravesaba la cancha cuando nos acercamos Ricardo Peláez (quien también calentaba) y yo a saludarnos.

Un abrazo, un par de comentarios, los mejores deseos y la petición de que le regalara un ejemplar del libro que le había mandado al "Tuca" Ferreti minutos antes. El partido inició, a los pocos minutos logré desviar un cabezazo de Ricardo a córner.

La jugada nos dejó tirados muy cerca, hice un vano intento por levantarnos mutuamente y, una vez de pie, pretendí chocar las manos con él, pero en lugar de la correspondencia recibí amenazas y gritos de quien parecía ser una persona diferente, dentro del mismo cuerpo que apenas 15 minutos antes me había saludado con absoluta cortesía.

El juego terminó empatado a cero goles; Peláez me esperó para despedirse con la misma cortesía inicial, y yo le hice llegar el libro requerido con una dedicatoria que la alteración post-partido con que la escribí no me permite recordar.

Este era Ricardo Peláez jugador: el que participó en casi 500 encuentros en Primera División; el que anotó casi 200 goles; el que nos hizo saltar y gritar dos veces durante el Mundial de Francia 98 y el que dejaba las buenas maneras apenas fuera de la cancha, pero también el que nunca olvidaba la lealtad.

El mismo que se tomó muy en serio el compromiso de ser futbolista, tan en serio como el deseo de ganar siempre, que igual contagiaba a los propios que intimidaba a los extraños.

Este fue Ricardo Peláez jugador; con todo el válido desinterés de incrementar sus relaciones públicas cuando había que hacer goles, con esa preocupación que generaba por el simple hecho de tenerlo como rival y con la voz de alerta que provocaba en nosotros los porteros, para que no fuera descuidado ni un momento.

Esa voz que no era "¡Marquen al nueve!", el grito tenía nombre y, en el peor de los casos, cuando el respeto no parecía ser mucho, solamente apellido. "¡Atentos con Ricardo (o con Peláez)!".

Este gran delantero llamó la atención de la comunidad futbolera nacional la semana pasada, cuando decidió anunciar su retiro, a los 36 años y cumpliéndose (casualmente en esta semana) 15 de aquel debut en el América, contra Angeles de Puebla, en el que por cierto, su compañero Brailovsky le vaticinó que anotaría dos goles y en el que, efectivamente, los hizo (4-1 marcador final). Esto, tan sólo 20 días después de su llegada a la institución.

Ricardo no acostumbra dejar algún pendiente ni darse por vencido; así que al presentarse la (hoy polémica) lesión de su rodilla, hacia el final del Torneo Verano '99, decidió enfrentarla como al rival que jamás le sonrió, ignorando tantos años ininterrumpidos en la alineación, tantos partidos, tantos goles, tantos títulos. Peláez picó la piedra de la rehabilitación dedicada y paciente, a sabiendas que el regreso supera con mucho la primera llegada en cuanto a complejidad.

La prensa nunca dejó de hacerle una nota y la constante fue siempre la misma: el trabajo incansable en cada sesión, que siempre puse como ejemplo a tantos colegas que pronto dejan de valorar la salud, que pronto se quejan y que pronto piensan que la cima está en el primer escalón.

Los medios de comunicación han sido unánimes hacia Ricardo: "trayectoria intachable"; "íntegro dentro y fuera de la cancha", o, como escribió Don Ignacio Matus en Ovaciones (8 de julio): "No fue una decisión precipitada, fue una decisión congruente... su rectitud ha sido ejemplar". Yo sería más contundente: su trayectoria ha sido impresionante.

Evidentemente no hay lugar en la galería de los fuera de serie para todos los futbolistas profesionales; pero quienes tienen lugar muy bien ganado en ella, como Ricardo Peláez, y además son capaces de poder cerrar la puerta sin la preocupación de pellizcarse la mínima cola, representan con orgullo y dignidad a un gremio que siempre ha tenido que luchar contra la crítica social.

Este personaje no acostumbra cubrirse con tanto elogio él solo, sino que reparte a sus dos hijos y a Paty (su esposa) la parte correspondiente.

Me llamó la atención, en una de tantas entrevistas que le hicieron cuando anunció su retiro, que mencionara, como la parte que más extrañará de su extinta profesión de futbolista, toda esa rutina diaria en la que un futbolista se levanta, se lava, se viste, desayuna, se traslada al entrenamiento, escucha la radio, se uniforma, lee el periódico y se mete de lleno a la intensidad de la práctica.

Es decir, Ricardo siempre vivió con absoluta pasión cada día que le otorgó su actividad, no solamente la vitrina del protagonismo que otorga festejar un gol tan a menudo.

Ricardo Peláez decidió dejar al futbol antes de que éste lo dejara a él, como afirmó en repetidas ocasiones. Todos los que fuimos porteros rivales le agradecemos, por un lado, al menos la resta de una fuerte preocupación un par de veces al año; pero por otro, lamentamos, como aficionados al futbol, que al campeonato mexicano le harán falta muchos goles y muchas lecciones de coraje que Peláez proporcionaba en cada partido y en cada torneo.

Hay pocos jugadores a los que se les admira y respeta una transformación tan radical cuando el silbatazo inicial se escucha. Ricardo es uno de ellos. Gracias por tu gran aportación a nuestro futbol Ricardo, aunque muchas veces haya sido en mi propia portería.

E-mail: felixfdz@prodigy.net.mx