Pedro Infante
Foto: Reforma
Carpintero, chofer, cantante, deportista, mujeriego, jugador, Pedro Infante fue eso y más dentro y fuera de los foros cinematográficos nacionales erigidos sobre su leyenda.
Un hombre apasionado que encarnó con éxito al proletario entusiasta, al norteño francote, al revolucionario con agallas, al macho ebrio y sentimental, al seductor sensual y sensible, y al hombre traicionado por una mujer y ofuscado por el dinero.
El ídolo de Guamúchil, Sinaloa, debutó en la pantalla grande y sin bigote en La feria de las flores en 1942 para secundar al entonces galán Antonio Badú y al muy joven Fernando Fernández. En ese 1942 aparecía también en Jesusita en Chihuahua y un año después recibe su primer estelar en El Ametralladora en el papel del Remington, cual émulo de Jorge Negrete, la máxima estrella del floreciente cine mexicano de exportación. Todo indica para entonces que Infante no pasaría de ser un héroe más de la pantalla hasta que coincide con el realizador Ismael Rodríguez y es entonces cuando el mito se cocina.
Porque Ismael Rodríguez lo hizo ídolo a partir de Escándalo de estrellas (44). El fue el que aprovecharía la insólita imagen del macho frágil: el que le llora a la abuela en la tumba en Vuelven los García, el que soporta las humillaciones del papá intransigente en La oveja negra, el que se emborracha como nadie, o el que llora y ríe ante la presencia de su hijo quemado en una de las impactantes escenas de Ustedes los ricos, anticipo del mejor gore nacional.
Así, en tanto que figuras como Jorge Negrete, Arturo de Córdova o Pedro Armendáriz aspiraban a protagonizar un cine de prestigio y altos vuelos, Pedro Infante se convertía en ídolo popular con el melodrama de arrabal a partir de Nosotros los pobres (47), un cine similar al realizado por Alejandro Galindo con David Silva y Gilberto Martínez Solares con Tin Tan. No obstante, prevalecía un culto a la vida nocturna y a la modernidad planteada por el sexenio alemanista y tocó justamente a Infante mostrar la faceta masculina de esa escalada de valores fílmicos y sociales, y su primer grito de desahogo fue Necesito dinero (51).
Entrados los 50, Infante era ya el centro de la industria discográfica y cinematográfica nacional, pero también era el hombre que cargaba con el peso del mito viviente. Infante dejaba atrás sus papeles proletarios por el del clasemediero en ascenso (Ahora soy rico, El inocente, Escuela de vagabundos). Al mismo tiempo sobretrabajaba: filmaba cuatro o cinco películas por año y mantenía a una larga fila de parientes, a varias mujeres y principalmente su obsesión por los automóviles y sus escapadas aéreas a Mérida; ahí donde se alejaba de todos y de todo.
Es entonces cuando el muchacho sencillo al que le gustaba jugar en plena filmación, el deportista y comedor compulsivo que empujaba con "harto pan" sus alimentos y el mujeriego querendón se precipita al vacío. El 15 de abril de 1957, Pedro Infante perdía la vida en un accidente de aviación mientras piloteaba su nave en los cielos de Mérida. El pueblo y la cinematografía se sacudían con la noticia. No es un adiós sino un hasta siempre del pueblo a un mito que prevalece: el altar construido con la memoria colectiva a pesar de que Infante fue sobreexplotado por una industria que aún recibe dividendos.
