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 Circo + mentiras = 'talk shows'
04 de abril de 2007 16:43

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Hasta en las Mejores Familias

Hasta en las Mejores Familias
Foto: Reforma

Luis Alegre


Hasta en las Mejores Familias

Me lo advirtió Manuel. "En este programa siempre se agarran a golpes", me dijo. El no era primerizo, como yo; esta es la tercera vez que entrará a la grabación de Hasta en las Mejores Familias. La ocasión anterior le tocó un programa candente: la enfermera del abuelo pretendía quedarse con su dinero y toda la familia la emprendió contra ella.

Manuel, quien es guardia privado de un club de golf, ya sabe que para entrar al foro de Televisa San Angel sólo hay que ser paciente. El boleto de entrada consiste en esperar un promedio de tres horas, repartidas entre la sala de espera y el propio estudio de televisión, un galerón con ocho cámaras, seis sillas en el escenario y una decoración de cabaretucho de la más baja categoría: luces chillantes, estatuas de utilería, barandales de fiesta de 15 años y hasta una armadura.

El público de esta tarde -un centenar de personas- tiene mayoría femenina. Hay señoras con delantal, adolescentes que se ríen de todo, estudiantes que se fueron pinta, mujeres ya entradas en canas que esperan el programa con los brazos cruzados y muchachos con el periódico y el peine asomando de la bolsa trasera del pantalón.

Los empleados del programa nos advierten que cuando la cámara nos tome hay que salir muy aplaudidores y nos avisan que hay que echarles porras a los rudos y a los técnicos. Se refería a los personajes que hacen las veces de jurado. Los "rudos" son un jovencito largucho con enormes gafas y que habla con un exacerbado tono de pedantería, un travesti fastidiado y una imitadora de Verónica Castro -así la presentan- que sonríe con la misma naturalidad de quien tiene un gancho metido en la boca.

Por el bando de los "técnicos", encontramos una señora enana con el mismo espíritu bélico de Mascarita Sagrada, una mujer con los pelos parados y chimuela, y una señora cuyas carnes se desparraman por el escote y las mallas negras untadas.

Y para que no quede duda de la formalidad del asunto, tres jóvenes apuestos, fornidos y vestidos de negro se colocan atrás de las sillas que ocuparán los invitados. Estos guaruras tienen la difícil encomienda de evitar que se agarren a golpes los invitados, me advierten.
El tema de hoy anuncia el drama y reparte desde ya las culpas: "Mi madre ama a su pareja y a mi me hizo a un lado".

Apenas hace su aparición la conductora -Carmen Salinas-, aquello se convirtió en un caldero. Todos querían tocarla, besarla, robarle el micrófono para hacer efectivos los cinco minutos de fama que le tocan a cada mortal. Salinas, con ese tono mezclado entre madre abnegada y lideresa de ambulantes, dice: "Se aprovechan porque saben que los amo".

Los invitados de esta emisión son en principio cuatro: dos mamás, la hija de una y el hijo de otra. Lo único que nos avisan es de su parentesco y su nombre de pila, nada más. Después aparecerán en escena las parejas que han provocado tan infeliz destino.

Pero nomás comienzan a exponer sus dramas los invitados, todo se vuelve caos, siempre en ascenso. La hija y la mamá se agarran a golpes y empellones al menor chance, se hablan a maldiciones y se recriminan.

La reacción del público es delirante: la señora del delantal llora, las adolescentes no paran de gritar piropos a los guaruras, los jóvenes que leían su periódico antes de iniciar el programa gritan como si estuvieran en la lucha estelar de la Arena México, y la señora entrada en años, que está delante de mí, les le suplica, le arrebata con la mirada el micrófono a Carmen Salinas para que la dejen regañar a esa madre desnaturalizada.

Las cosas se ponen color de hormiga cuando nos avisan que ha llegado el marido de la primera madre. Ya la hija lo ha descrito como "un vividor, un padrote". Y lo que aparece es tal cual: dice que se llama Erik, trae camisa de flores sin abrochar, joyas por doquier, un bigotito respingado y el pelo enchinado. Ahora todos los gritos y los insultos se centran en él. Para colmo, llega arrimándole unos guamazos a la hija quejosa.

La tormenta de sentimientos, maldiciones y manotazos se interrumpe con los comerciales. Entonces queda claro que la intimidad que tienen la presunta madre y su pareja es la misma que tienen los pasajeros de un vagón del Metro. Mientras los maquillan de nuevo y los empleados le soplan al oído, la supuesta pareja ni se voltea a ver.

Cuando llega el turno para el otro hijo sufrido, la historia se repite. El jovencito -con los ojos llenos de lágrimas a consecuencia no de su infelicidad, sino de la pomada que le han puesto en los párpados-, explica lo mismo: su madre lo hace un lado a causa de un hombre muy malo y muy duro, y la respuesta de su madre es pegarle, lo que provoca que por enésima vez tengan que desquitar el sueldo los guaruras esclavos del espejo.

Así se pasan los minutos. A cada bloque del programa corresponde una dosis de golpes en cualquier sentido. Por ejemplo, en éste, el vividor le suena a la hija, la hija a su madre mientras esta se trenza con la enana del jurado. En cada intervención de los vigilantes galanes, retumba el foro con los gritos de sus adolescentes admiradoras. Ya en el último bloque, asoma el final feliz de novelita sentimental: las madres reconocen que atenderán a sus vástagos -ya para entonces Carmen Salinas las regañó, lloró con los hijos, hizo pucheros antes las cámaras y se bebió una botella de agua- y sus parejas también prometen mayor cariño.

Pero los hijos quieren más y, antes de finalizar el programa, se arma la campal entre todos. Manuel aplaude como loco. Está feliz.


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