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Ciencia y Revolución
Alberto Soberanis

La ciencia en acción

Ciencia y Revolución
Hacia el último tercio del siglo XVIII, aparecen sociedades como la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, verdaderas “Universidades libres [...] cuyo fin primordial era el servicio a la ciencia y a la humanidad.
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Alberto Soberanis


Durante la primera mitad del siglo XIX, los promotores de las reformas educativas, organizadores de las diferentes actividades y asociaciones científicas; mayormente conformadas por militares, vivieron un ambiente de intercambio de ideas. Las tertulias funcionaron como punto de reunión, para comentar los acontecimientos del día, para criticar las obras de los europeos recientemente llegadas al país, así como las publicadas en él; críticas hechas por los propios actores de los acontecimientos políticos y principales interesados en resolver los grandes problemas con los que nacía el país.

En 1826 el estado mexicano se planteó la necesidad de crear un organismo que ayudara a solucionar los grandes problemas a los que se enfrentaba como nación independiente, en medio de un panorama no tan luminoso, como se deseaba. El modelo que reprodujeron en México los republicanos, fue el del Instituto de Francia que estaba acorde con la necesidad del estado de conocer a profundidad la situación que guardaba el país en lo referente a los recursos materiales, humanos, naturales y en lo científico. Para los hombres ilustrados mexicanos de principios del siglo XIX, la creación del Instituto de Ciencias, Literatura y Artes planteaba el combate a la ignorancia, madre de la esclavitud, legada por sus antecesores que 'habían introducido y prolongado <...> una dominación absurda que fundaba los títulos de legitimidad no tanto en la fuerza de las armas cuanto en el esterminio (sic) de las luces'.39 Bajo las propuestas de los fundadores de este organismo, el Instituto acordaba un pacto con la patria, instruirla y fortificar con sus conciudadanos el amor a sus instituciones 'para que conducidos por ellas a la posesión de las ciencias y ayudados con la luz de éstas' pudieran mostrarse ante el mundo como un pueblo ilustrado y virtuoso, y digno por estos títulos, de llamarse en todo tiempo el esclavo de la libertad. El proyecto de estos hombres, sin embargo, no tuvo continuidad, pues los vaivenes por los que transitaba el país lo impidieron.

Entre los innumerables institutos (Oaxaca, Estado de México, Zacatecas, entre otros) que surgieron en la primera mitad del siglo XIX, el caso de Jalisco fue significativo. En 1830 el ciudadano Pedro Lissaute, profesor de la primera sección del Instituto de Ciencias de Jalisco, en el discurso conmemorativo de su tercer aniversario, anotaba que en Jalisco había triunfado la razón. A la par de la igualdad política, el Instituto cumplía la misión de empujar hacia la igualdad intelectual. Para llegar a ello tenía tres obligaciones: la instrucción en toda extensión; publicar las obras elementales en español; la más difícil, reglamentar todo el tipo de enseñanza e incitar a su mejora. Para ello dividieron en clases los conocimientos humanos: ciencias físicas y matemáticas; ciencias naturales; ciencias morales y políticas; bellas letras y bellas artes. La importancia del Instituto radicaba en que sus miembros estaban convencidos de que para la prosperidad de la República, era necesario caminar hacia el conocimiento de las ciencias naturales y las ciencias exactas. Así, había que difundir los métodos exactos de análisis, enseñar los descubrimientos acumulados por espacio de tres mil años en el campo de los fenómenos de la naturaleza. Con la botánica se daría a conocer la inmensa riqueza del reino vegetal en el continente y, particularmente, en el estado de Jalisco. La química, por su parte, era indispensable por las diferentes ramas de la industria, 'desde la más humilde'.

A partir de 1833, la reforma educativa fue una preocupación fundamental de los gobiernos mexicanos. Las reformas emprendidas por Gómez Farías son testimonio de ello. La creación de instituciones científicas fue a la par de los problemas políticos que enfrentaba la nación: definir las fronteras, sobre todo frente a la amenaza expansionista de Estados Unidos. Desde 1822 se formó el Cuerpo de Ingenieros. Sus primeros trabajos fueron la formación de la Carta de la República mexicana, proyecto inconcluso. Posteriormente, en 1827, se formó la Comisión de Límites, que fijó la frontera con Texas.42 Desde 1833 se crearon diversas comisiones científicas como militares para la elaboración de dicha Carta de la República, la exploración minuciosa del Istmo de Tehuantepec, cuyos resultados se publicaron en 1844, bajo el título de Reconocimiento del Istmo de Tehuantepec. En 1848 una nueva comisión científica se organizó para trazar los límites de las fronteras entre México y Estados Unidos.

Durante esos años, la necesidad de institucionalizar estas actividades dio frutos con la creación, también en 1833, del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, antecedente de la actual Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la más antigua institución científica del México republicano. Con su creación, el gobierno mexicano pretendía seguir las trazas de las naciones más ilustradas de Europa, en el camino de la civilización, de la cultura, la cohabitación, la perfección social. Pero el gran inconveniente era que no dominaban el arte de la estadística, la ciencia nueva, la ciencia de las ciencias. Edificar la nación significaba emprender un conocimiento metódico de la sociedad. En ese momento, el patriotismo resultaba insuficiente para curar las desgracias de la nación o la aplicación riesgosa de teorías nuevas. Sin el conocimiento de la agricultura, el comercio, la industria, las fuerzas físicas, la población útil, la perfección social era imposible. El Instituto proponía formar la estadística particular de cada departamento en los que estaba dividida la República mexicana, pero faltaba un método de trabajo. El mayor error había sido que las estadísticas realizadas hasta el momento no estaban sujetas a la revisión de una corporación o reunión permanente, de personas consagradas a revisar la exactitud o veracidad de los datos, coordinar, comparar entre sí, separar lo inútil, reclamar lo que faltaba y finalmente, formar a partir de todas estas fracciones o partes separadas, el todo uniforme y completo. Así, su objetivo principal era poseer una abundancia de conocimientos verídicos que facilitara la formación de una estadística, si no completa, cuando menos de acuerdo con las circunstancias de las necesidades de la nación mexicana ya que así comenzaría a conocer sus propias fuerzas, sus verdaderos recursos y los medios certeros de aumentarlos y de satisfacer sus exigencias. La expresión 'levantar la espesa oscuridad que encerraba el camino de la administración', escrita por los redactores del Boletín de la Sociedad, significaba también combatir las ideas que las naciones europeas difundían sobre México, y que al aparecer en libros y obras que eran leídos en los círculos de sabios europeos, llenos de exageraciones, el gobierno tenía una real preocupación en tratar de detener la opinión internacional, cada vez más interesada en México y cada vez más alejada de la realidad, como los comentarios del francés Michel Chevalier, que enfurecieron a los miembros del Instituto, y a los que posteriormente daría forma en su libro México antiguo y moderno, publicado en 1863, en los años de la intervención francesa y de la cual fue uno de sus principales animadores.

En 1839, el Instituto dio paso a la Comisión de Estadística Militar. Sin embargo, tanto el nombre de Instituto como el de Comisión resultaron limitados para definir este agrupamiento científico constituido igualmente por elementos civiles, por lo que se decidió darle un título más adecuado, acorde con sus objetivos, pero sin perder la protección del gobierno mexicano. El 20 de agosto de 1849 se aceptó cambiar de Comisión de Estadística Militar por el de Sociedad de Geografía y Estadística, 'en razón de que era más acorde a la naturaleza y extensión de sus trabajos. Para 1857 la lista de miembros de la Sociedad era el reflejo fiel de una comunidad en vías de consolidarse. El triunfo de las Leyes de Reforma, había roto con las tradiciones políticas y religiosas. Los hombres que habían llegado al poder, que se habían proclamado 'el pueblo', habían surgido de las 'sociedades de pensamiento', de las logias masónicas y de los clubes. Como en Europa, estas nuevas reuniones se fundaron en sociabilidades libremente escogidas, matrices de la política moderna.

La importancia de las tertulias, como lo hemos señalado, resultaba fundamental en el intercambio de ideas. García Cubas comentaba que dos eran las más importantes a mediados de siglo: la librería de Andrade, conformada por un selecto grupo de hombres ilustrados, donde los temas discutidos eran asuntos relacionados con la historia, la literatura, ciencias y arte; en sus sesiones, según su promotor, no faltaba ni la erudición ni la capacidad de elucidar cualquier tema dado. La otra tertulia era la de Urbano Fonseca. Si en la de Andrade se discutían las producciones artísticas, en la segunda se discutían los asuntos de la historia patria y se trataban puntos que concernían a la instrucción pública.45 Los resultados obtenidos en estas tertulias fueron remarcables. Uno de sus miembros, José Fernando Ramírez, concibió la idea de formar el Atlas de la República, que posteriormente García Cubas publicó, y en el que Ramírez contribuyó con el Cuadro histórico-geroglífico de la peregrinación de las tribus aztecas que poblaron el valle de México; Orozco y Berra discutió la idea de formar la Carta etnográfica de la república y de las lenguas indígenas de México.

Efectivamente, en esos años la comunidad científica mexicana inició el reconocimiento del territorio mexicano. Para 1853 una nueva comisión se encargaría de retrasar la frontera norte, sólo que ahora se dirigía a El Paso y al río Colorado, según lo acordado en el Tratado de la Mesilla. En el centro del país se creó otra comisión para estudiar los recursos mineros de la zona centro, su nombre, Comisión Científica del Valle de México. Las actividades científicas comenzaron a volverse tema de la vida cotidiana, como nunca antes en el país. La necesidad de introducir los instrumentos más refinados para la actividad científica, muestra cómo la transición de la ciencia especulativa a la ciencia experimental se enfocaba al conocimiento objetivo de la riqueza con la que contaba el país. Y naturalmente, los conocimientos relacionados con la delimitación del territorio necesitaban de la exactitud de la medida, para conocer la verdadera extensión del país, que de paso, la mitad todavía era terra ignota. En 1856 fue creada una nueva comisión científica para elaborar el Atlas nacional, que comprendería la historia y la geografía, la arqueología, la zoología, la botánica, la estadística y los planos geológicos y geodésico-topográficos del Valle de México. Por su parte Antonio García Cubas publicaría su Atlas histórico de la República mexicana. En la década de los sesenta, bajo la intervención militar francesa, una nueva época de comisiones científicas tuvo lugar. En 1864 se creó la Comisión Científica de Pachuca; en París, la Comisión Científica de México; en México, Bazaine instituyó una comisión científica francomexicana: la Comisión Científica, Artística y Literaria de México, conformada en su mayoría por miembros del ejército intervencionista, así como por militares y civiles mexicanos, todos destacados en las ciencias y las artes. Maximiliano por su parte, en 1865, creó la Academia Imperial de Ciencia y Literatura, con un marcado acento nacionalista. Los frutos de toda esa actividad, desgraciadamente para los mexicanos, no fueron tan prolíferos como para los franceses, que publicaron los resultados obtenidos en obras que incluso no han sido explotadas. Pero con el fin de la guerra intervencionista, la tarea de impulsar las actividades científicas correspondería a los liberales triunfadores en el conflicto nacional. Con Altamirano a la cabeza se creó, en 1872, la Academia Nacional de Ciencias y Literatura, así como la Escuela Nacional Preparatoria para impulsar el conocimiento científico, a fin de lograr el beneficio del país. Con el impulso del gobierno liberal, innumerables comisiones científicas exploraron el territorio.

Años después, cuando los actores que participaron en este movimiento científico-político ocuparon cargos públicos importantes, las palabras de Justo Sierra en los años ochenta del siglo XIX daban cuenta del largo proceso transitado por el país hacia la tan anhelada modernidad, con la idea de crear una República única e indivisible. Este célebre intelectual mexicano se preguntaba sobre el papel de la ciencia: 'Si el fin del Estado es procurar la realización del mejoramiento constante de la sociedad, ¿se ha inventado, se ha descubierto algún medio para encaminarse hacia ese fin, que sea distinto de la ciencia? ¿No es está la gran palanca de los adelantos modernos? ¿Qué son éstos sino aplicaciones de la ciencia a las necesidades materiales de la humanidad? ¿No es la ciencia a quien debemos las transformaciones económicas e industriales que nos pasman? ¿No es ella el factor por excelencia de la riqueza de las naciones?'47 Bajo la égida del gobierno revolucionario, la ciencia fue la bandera que guió el proyecto modernizador de la nación.

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