Restringiéndonos a la arenga, se advierte que el quitar el poder a los españoles no procede de ninguna de las versiones de la arenga a la muchedumbre, sino de la alocución a los principales de Dolores, luego de la primera, según Abasolo; la lucha contra la opresión y el entreguismo, así como la promesa de paga, provienen de Aldama. Y los gritos, que Julio Zárate no atribuye a Hidalgo, sino a la muchedumbre, son: el de la independencia, de Sotelo, y los otros dos sobre América y el mal gobierno, de las aclamaciones que escuchaba Allende, pero no precisamente el 16 de septiembre, sino en el curso de la campaña.
Un problema que no afrontó Julio Zárate fue el ponderar críticamente el fernandismo de las proclamas anónimas de la primera insurgencia ni la síntesis que de él hace Alamán, ni consiguientemente la transferencia infundada que de tales proclamas se hizo, al momento del Grito, desde El Aristarco. La misma falta de crítica se puede ver en la aceptación que hace del “¡Viva la Independencia!”, sin señalar las limitaciones del testimonio de Sotelo.
Como réplica a otros detalles de la narración de Sotelo, el ya aludido Pedro González publicó en 1891 otra versión en estos términos:
>i>Se dirigió el Sr. Hidalgo con sus corifeos al atrio de la parroquia: la campana seguía sonando, como si se llamase a los fieles a la misa acostumbrada, y colocado el Héroe en el quicio de la puerta principal del templo, desde donde dominaba a su auditorio, le dirigió una pequeña alocución tan elocuente y a la vez tan persuasiva y ardorosa, que le hiciera terminar, electrizado, con las tradicionales voces de: ¡Viva la Independencia! ¡Viva la América! ¡Muera el mal gobierno!
Conforme al estilo confuso de González, interrumpe la narración para hablar de otras cosas y retoma la continuación del Grito páginas adelante:
El Señor Hidalgo acababa de sintetizar el objeto de la rebelión, acababa de invitar a los hombres patriotas para que se le reunieran en la lucha formidable que debía seguir; señaló sueldo a los que como soldados se le presentaron, y declaró terminantemente en su alocución que quedaban abolidos toda clase de tributos establecidos por el gobierno virreinal.
Como Pedro González escribió poco después de que circulara México a través de los siglos, no se atrevió a hacer propuestas demasiado distintas, pero sí atribuyó los vivas y el muera al mismo Hidalgo, a quien colocó en el quicio de la puerta principal del templo. Llama la atención que González, a pesar de poseer el manuscrito de Pedro García, haya desechado su versión, no conocida o también desechada por Julio Zárate.
En 1910 José María de la Fuente completa la descripción mitificada del Grito de esta manera:
Entre tanto que pasaban estas cosas, Hidalgo había mandado llamar a misa, pues aquel día era domingo. En 1810 no tenía la parroquia de Dolores más que solamente tres campanas y un esquilón, este último era la campana mayor y fue con la que se llamó a misa el 16 de septiembre de 1810 (…)
Cuando el continuo sonar del esquilón hubo reunido algunos vecinos, Hidalgo se dirigió con ellos al atrio de la parroquia y en un corto pero elocuente y enérgico discurso, les dijo cuál era el motivo: que el objeto de aquel movimiento era derrocar el gobierno de los españoles y quitarles el reino, porque querían entregarlo a los franceses; aprehender a los españoles y disponer de sus intereses y de los del gobierno para sostener y fomentar la revolución; abolir la esclavitud y los tributos y que los mexicanos se gobernaran por sí mismos con absoluta independencia de España y terminando su alocución con estas palabras: “¡Viva la religión! ¡Viva la América! ¡Viva Fernando VII! ¡Muera el mal gobierno!”.
En seguida ofreció pagar un peso diario a los de a caballo y cuatro reales a los de a pie que quisieran seguirlo como soldados.
Salta a la vista que esta versión representa una desafortunada amalgama de elementos contradictorios: por una parte habla de absoluta independencia y por otra aclama a Fernando VII.
Luis Castillo Ledón, quien llevó a cabo la más extensa y documentada biografía del siglo XX sobre Hidalgo, que como “vida del héroe” no llegó a ver impresa, pues apareció póstuma en 1948-1949, narra en ella la escena del Grito:
Hidalgo, entonces, parado en el umbral de la puerta central del templo, enfrentándose a la multitud y haciendo uso de su ascendiente sobre ella, como su pastor y como elegido para encabezar aquel levantamiento, principió diciendo:
“Este movimiento que están viendo, tiene por objeto quitar el mando a los europeos, porque, como ustedes sabrán, se han entregado a los franceses y quieren que corramos la misma suerte, lo cual no debemos consentir jamás”.
Habló vehementemente en seguida del riesgo que corría la religión a la que era necesario salvar a toda costa; de la condición privilegiada de los españoles y de la triste suerte de los hijos del país, verdaderos dueños de él; declaró que en adelante no pagarían ningún tributo; hizo un llamamiento franco a la rebelión, indicando que quienes se incorporaran a sus filas con arma y caballo, se les pagaría un peso diario y cuatro reales a los de a pie, y terminó con las voces de “¡Viva la Independencia! ¡Viva la América! ¡Muera el mal gobierno!”, que exaltaron a los oyentes y les hicieron prorrumpir en repetidos gritos de “¡Mueran los gachupines!”
Desde luego Castillo Ledón ubica a Hidalgo en el umbral de la puerta principal del templo, donde lo puso González; quitar el mando a los europeos procede de Abasolo; la entrega a los franceses, la supresión del tributo y la paga, de Aldama. Y los tres gritos de independencia, América y mal gobierno, de Julio Zárate; a los que añade el muera, que viene de Alamán. Llama la atención que Castillo rescata el testimonio de la versión de Mora sobre la necesidad de salvar la religión a toda costa.
Hugh M. Hamill, autor de una obra concisa y consistente sobre la vida y obra de Hidalgo, publicada en 1966, sólo reseña tres de las versiones del Grito: la de Pedro Sotelo, la de Pedro García y la de Juan Aldama, objetando las dos primeras y teniendo por más fiable la de Aldama. No considera las versiones de Mier ni de Mora ni la alocución recordada por Abasolo y consignada por Alamán, menos las demás.
Hay algo que le preocupa sobremanera a Hamill y es señalar con insistencia que Hidalgo no pudo decir en el Grito “¡Viva la Independencia!”, en lo cual coincido por las razones dichas a propósito de Sotelo; pero Hamill trata de probar esto a tal grado, que más bien tiene como razonable que en la culminación de su arenga Hidalgo haya gritado: “¡Viva Fernando VII! ¡Viva América! ¡Viva la religión! ¡Muera el mal gobierno!” Las razones que da para la inclusión del rey son dos: la insistencia de algunas proclamas primeras de la insurgencia que amparan el movimiento en nombre de Fernando VII y la siguiente consideración: si la primera convocatoria en Dolores se hubiera hecho en nombre de la independencia, ¿por qué la propaganda revolucionaria de los dos meses inmediatos posteriores contó de manera tan fuerte con la promesa de apoyar a Fernando VII?
Las dos razones de Hamill parten de un supuesto que no se demuestra: que Hidalgo haya culminado necesariamente su arenga con unos vivas. Pero la versión de Aldama, la más confiable, no las incluye, como tampoco la del doctor Mora. Por otra parte, ya vimos que aquellas proclamas, incluidas algunas que Hamill no menciona, no son de Hidalgo. Y el punto está en precisar qué fue lo que Hidalgo dijo en su arenga, no lo que hubieran dicho los autores de tales proclamas. La consideración que argumenta Hamill supone una disyuntiva inconsistente: si no gritó “¡Viva la Independencia!”, entonces gritó “¡Viva Fernando VII!”. A mí me parece que no gritó ninguna de las dos cosas. El éxito de esa primera convocatoria se sustenta perfectamente en lo atestiguado por Aldama: luchar contra la opresión y contra el entreguismo, así como en ofrecer un sueldo atractivo. El entreguismo implicaba el riesgo contra la religión. Otra cosa es, conforme a lo que señalamos más arriba, que el fidelismo a Fernando haya formado parte de valores e ideales en varios círculos de la primera insurgencia, comenzando por Allende, lo cual es innegable.
Pero a fin de cuentas alguien pudiera reparar en que la insistencia en la primera arenga, a pesar de su valor emblemático fundacional, entra en la obsesión por los orígenes, criticada con razón, pues impide ver el conjunto y los cambios. Pudo Hidalgo haber dicho unas cosas en el Grito y decir o hacer otras distintas y aun contrarias durante la campaña, de manera tal que hay que echar un vistazo a lo que pasó después.
Pues bien, lo primero que se advierte es que el reclamo sobre la entrega del reino fue desapareciendo gradualmente no sólo en los escasos escritos que quedan del Hidalgo insurgente, sino en general; en cambio, la paga de un peso y medio peso se mantuvo hasta las vísperas de la batalla de Calderón. Asimismo, la denuncia y lucha contra la opresión, suma de muchos agravios, no sólo se mantuvo, sino que se fue explicando.
Los puntos de discusión en la historiografía son la independencia o el fidelismo al rey. Ahora bien, el primer escrito que se conserva del Hidalgo insurgente es la intimación a Riaño, donde no menciona al rey y dice que los proyectos benéficos que le han parecido necesarios a favor de la nación “se reducen a proclamar la independencia y libertad de la nación”. Es claro que aquí la sola palabra independencia puede entenderse como autonomismo, pero justamente es el contexto de la exclusión del rey lo que le da su sentido correcto.
Además del silencio sobre el rey en la intimación a Riaño, una vez tomada la ciudad de Guanajuato —a fines de septiembre—, delante de una reunión de vecinos principales que se resistían a aceptar puestos que les ofrecía Hidalgo,
(…) por la dificultad que encontraban para conciliar las ideas de independencia que vertía (Hidalgo) con el juramento de fidelidad que tenían prestado al rey y aun con la inscripción que tenía puesta la imagen de Guadalupe que servía de estandarte a su ejército. Hidalgo lleno de indignación por esta observación prorrumpió diciendo que Fernando VII era un ente que ya no existía, que el juramento no obliga y que no se le volviesen a proponer semejantes ideas.
A los pocos días, el 4 de octubre, en un breve regreso a Dolores Hidalgo invita a Narciso de la Canal a adherirse al movimiento, haciendo alusión, “al tiempo de echar los fundamentos de nuestra libertad e independencia”,30 a las mismas expresiones de la intimación.
página
«
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
»