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| La Independencia y Vale Coyote |
Una vez conseguida la independencia, las representaciones de títeres
proliferaron durante el siglo XIX, adquiriendo éstos gran importancia por la función social educativa y de entretenimiento que cumplieron
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Para mayor información consultar el Tomo 5 de la colección 20/10 Memorias de la Revolución en México, disponible al público
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William H. Beezley
Una vez conseguida la independencia, las representaciones de títeres
proliferaron durante el siglo XIX, adquiriendo éstos gran importancia por la función social educativa y de entretenimiento que cumplieron.
Se presenta aquí de forma magistral, como un estudio de caso, el discurso del títere Vale Coyote, personaje de la compañía de Rosete Aranda que en su modesta medida coadyuvó a consolidar la identidad nacional
mexicana.
En 1870, la misma década del cometa, apareció por primera vez el títere Vale Coyote, que pronto se convertiría en un portavoz de la fiesta de Independencia durante los años del Porfiriato y, por casualidad, en un maestro de la significación de la identidad nacional. Además de demostrar la manera en que el entretenimiento podía servir para educar a la audiencia.
La celebración cívica más importante en la vida festiva de la nación es la conmemoración del Grito de Dolores del padre Miguel Hidalgo, el 16 de septiembre de 1810, para iniciar la lucha por la independencia. Durante el siglo XIX, en las ciudades y los pueblos este festejo estaba a cargo de los comités patrióticos, que organizaban las oratorias y otras actividades, como la pirotecnia. La fiesta patriótica llegaba a ser tan estereotípica que, a pesar de su significación, en algunas formas públicas de entretenimiento aparecieron bromas no sobre la celebración, sino sobre los oficiales de la sociedad que la organizaban y participaban en ella.
El discurso de Vale Coyote, uno de los títeres más conocidos en esos tiempos, fue un ejemplo mayor de este tipo de sátira.1 Para apreciarlo es necesario tener una idea del alcance del guiñol como parte del entretenimiento popular del momento. La compañía más famosa durante el siglo XIX era la de la familia Rosete Aranda, originaria de Huamantla, Tlaxacala. En 1835 los hermanos Aranda: Julián, Hermenegildo, Buenaventura y María de la Luz, se dedicaban a elaborar muñecos de barro y estuco que luego vestían con retazos de tela, para divertirse con ellos en su casa. Por su lado, don Margarito o Margaraje —como se le conocía popularmente— Aquino construyó un sitio recreativo con columpios, resbaladillas, voladores, sube y bajas, trapecios y argollas para que los hijos de los visitantes del pueblo se entretuvieran. A invitación de éste, el grupo de titiriteros casero empezó a divertir a los asistentes de este espacio lúdico con sus pequeñas marionetas, experiencia que les brindó nuevas oportunidades para sus exhibiciones en Huamantla, que pronto se extenderían a las regiones cercanas de Puebla, Hidalgo y Veracruz y después al municipio de San Agustín de las Cuevas, al sur la ciudad de México, donde construyeron su propio lugar de representaciones en 1850. Durante este tiempo María de la Luz se casó con Antonio Rosete, por lo que la familia creció en integrantes y para 1861 se nombraron Compañía Nacional Mexicana de Autómatas Rosete Aranda.
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