Con sus muñecos y sus pequeños dramas, esta compañía contaba historias fundamentales acerca de México, su historia y su cultura. Sin proponérselo, sus espectáculos ofrecían un índice a la sociedad, y los públicos veían que la vida no era un acto involuntario.15 No había títeres llamados 'el Estado', 'el mercado', 'la Iglesia' o 'el pueblo'; en lugar de ello representaban a hombres y mujeres que se dedicaban al gobierno, al comercio, a la religión y a la comunidad y a quienes, por lo tanto, se podía y debía llamar a rendir cuentas de los hechos. Esto servía para recordar que los seres humanos, incluido cada uno de los miembros del público, y no fuerzas invisibles o las grandes instituciones, hacían la historia y la cultura. De esta manera, las marionetas daban lecciones de individualismo y alentaban a considerar a las personas responsables de sus actos.
El teatro de títeres del siglo XIX reunió el conocimiento de los diversos lugares y lo vinculó a la emergente memoria nacional. Estos muñecos presentaban estereotipos de cada región, los grandes acontecimientos cívicos y religiosos señalados en el calendario y los héroes y momentos heroicos del pasado. Además, mientras realizaban esta conformación de la memoria popular y colectiva, incitaban, si no es que demandaban, la participación del público. Éste era especialmente el caso de los cócoras, quienes constituían una parte vital del espectáculo teatral, ya que desafiaban a las marionetas a realizar actuaciones más ingeniosas.
El teatro de títeres ofrecía entretenimiento al pueblo a la vez que daba lecciones de identidad nacional, cuya base estaba en la memoria popular de la historia de México, según se representaba en el siglo XIX, y giraba en torno a las acciones de hombres y mujeres. Afirmar que Hidalgo, Juárez, la Corregidora y la Virgen de Guadalupe personificaban los momentos heroicos y las trágicas realidades del pasado de la nación de ninguna manera ignora al resto de la gente, al pueblo. Solamente si se desconoce lo obvio o se recurre a alguna desdeñosa teoría política o a un del todo resuelto teatro de la vida se puede insistir que este énfasis puesto en las personas fracasa como historia nacional. Hidalgo, por ejemplo, en su papel de padre de la independencia, no es un actor solitario ni la metáfora de una clase social ni de una estrecha élite; es más bien la metonimia para un gran segmento de los mexicanos, pues formó junto con ellos parte del mismo grupo y su experiencia, el drama de su vida fue en gran medida también el de ellos. Qué extraño que esta obviedad no provenga de los historiadores —ni entonces ni ahora—, sino de los títeres, quienes, movidos por hilos, jalan las cuerdas de la memoria y la identidad nacionales, y de la importancia de la independencia.
página «
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12