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México entre dos amaneceres: las armas en las letras

México entre dos amaneceres

Memoria 20/10
Para mayor información consultar el Tomo 6 de la colección 20/10 Memorias de la Revolución en México, disponible al público
Memoria 20/10 © Derechos Reservados

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La revolución gaditana: el papel de l...

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La redacción de la Constitución hispánica de 1812 fue un proceso beligerante, pese a ello, los delegados generaron un documento que transformó la Monarquía española en una nación moderna, para lo cual fue necesario hacer cambios verdaderamente revolucionarios, tales como la introducción de la participación política masiva a través de la creación de las diputaciones provinciales y el ayuntamiento constitucional.


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Los ejemplos anteriores no significan que nuestros Contemporáneos hayan montado una escenografía improvisada para convencer a sus detractores del amor al país. Tuvieron la inteligencia y el instinto para no caer en definiciones y manifiestos apresurados que llevaron en ocasiones al estridentismo a permanecer en el terreno de las buenas intenciones. En los poemas mayores de Gorostiza, Nandino y Villaurrutia el sentido de la muerte es universal, fruto de lecturas y experiencias de varios tiempos y lugares, pero su actitud es profundamente mexicana, irónica y macabra, gozosa en el estoicismo que juega todas sus cartas al presente.

Hoy los Contemporáneos son patrimonio nacional. Sus nombres se otorgan a bibliotecas, parques públicos, museos, premios literarios. Pero en su momento de soberana juventud —para utilizar una expresión de Manuel Maples Arce— se enfrentaron al mundo con la audacia y la rebeldía de los años verdes. Eran humillantemente jóvenes cuando se atrevieron a hacer la revolución en la cultura, con la misma violencia y radicalismo con que otros hicieron la revolución armada. Si cultivaron otros géneros, fue siempre gracias a la incandescencia de la poesía, fuego lúcido que los llevó a mirar lo no mirado, a mirar otra vez lo ya mirado. Así modificaron nuestra manera de ejercer con plenitud los seis sentidos mágicos de antes.

Contemporáneos por elección y fatalidad, aceptaron ir en contra de la corriente, en lugar de incorporarse a la monótona rueda de la fortuna de un arte repetitivo, nacionalista en la superficie; retrógrado, en sus profundidades. Demostraron que el país —su literatura, su sensibilidad, su lengua— no terminaba en el Río Bravo ni en la frontera con Guatemala. En 1932, en plena polémica sobre el arte nacionalista, Jorge Cuesta resumió, con elegante ironía, la posición individual y generacional:

La realidad mexicana de este grupo de escritores jóvenes ha sido su desamparo y no se han quejado de ella, ni han pretendido falsificarla; ella les permite ser como son. Es maravilloso cómo Pellicer decepciona a nuestro paisaje, cómo Ortiz de Montellano decepciona a nuestro folklore; cómo Salvador Novo decepciona a nuestras costumbres; cómo Xavier Villaurrutia decepciona a nuestra literatura; cómo Jaime Torres Bodet decepciona a su admirable y peligrosa avidez de todo lo que le rodea; cómo José Gorostiza se decepciona a sí mismo, cómo Gilberto Owen decepciona a su mejor amigo.


El México de los Contemporáneos fue el México de la Revolución. Pero su México es el nuestro, el México invisible pero invencible que las letras construyen. Los Contemporáneos pudieron haberse resignado a sus primeros y merecidos laureles, acogerse a la tutela del Estado, cambiar su pluma por prebendas. Algunas veces lo hicieron, pero mantuvieron intacta la pasión por la única pasión que no transige. Prefirieron emprender la otra navegación una vez que el tedio invadía la momentánea gloria de la aventura cumplida. Owen renuncia a una carrera de primer nivel en el servicio exterior para ser fiel a la poesía, a la militancia política y al azar; Torres Bodet y Gorostiza renuncian al puro ejercicio de la poesía para servir con otras armas a México; Ortiz de Montellano renuncia al prestigio de la primera persona para convertirse en capitán y grumete de la nave; Cuesta renuncia a la vida para saber —y hacernos saber— cuáles son sus límites; Pellicer renuncia a ser Contemporáneo para buscar su forma de decir. Para todos, un camino quedaba, que daba al puerto donde comienza la imprudente navegación o donde contemplamos pasivamente la partida. Eligieron el primer camino. A veces regresaron; otras, naufragaron. Pero a lo largo del viaje arrojaron mensajes que aún provocan en nosotros las tormentas que les dieron origen. Las palabras con las cuales termina este retrato de los Contemporáneos fueron escritas por uno de ellos, pero las comparten todos sus compañeros de aventura: 'Un poco de humo se retorcía en cada gota de su sangre'.

La Revolución fue un proceso largo y lento, ola furibunda y generosa, que a semejanza de un gran huracán vino a sacudir viejas estructuras. Tuvo una culminación simbólica en 1929, cuando la Universidad Nacional obtuvo su autonomía, como una más de las conquistas revolucionarias, una vez que el discurso de las armas dio paso al discurso de las letras. 'Cuiden su vida', decía una canción de la época como un mensaje —acaso inútil pero noble— para los jóvenes que en todas las épocas —por fortuna— no han tenido otro remedio que ser fieles a sus ideales. Así lo vio Mauricio Magdaleno en su hermoso libro autobiográfico Las palabras perdidas, que recoge su participación en la campaña presidencial de José Vasconcelos: 'La hora nos arrastraba como un viento catastrófico. Qué nos importaban, después de todo, las ternezas y el lujoso imperio de la primavera cuando todo, a nuestro alrededor, demandaba la furia y la pasión'.

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