El dramático y decisivo año de 1861 Benito Juárez intenta gobernar un país desestabilizado por las guerrillas conservadoras y la amenaza del enemigo exterior. Sus mejores soldados son entonces los hombres de palabra que, en distintos escenarios urbanos, pronuncian discursos con motivo de la conmemoración de la Independencia. Hablar en la tribuna equivalía, dice Ignacio Ramírez, a 'continuar el toque de a rebato que en la mañana del 16 de septiembre comenzó en Dolores'. A nosotros, lectores del siglo XXI que leemos impresos los discursos de Ignacio Ramírez, Francisco Zarco o Ignacio Manuel Altamirano, nos asombra su extensión. Reflexionemos en el instante en que nacían. Si bien su motivo central era la celebración de una fecha solemne en el calendario patriótico —el aniversario de la Independencia o la instalación de los trabajos en el Congreso—, el orador aprovechaba la tribuna no sólo para cumplir puntual y brevemente con su encomienda, sino que se valía de ese vehículo para hacer una revisión de la Historia de México. De tal manera, sus escuchas leían en ese libro sonoro, en ese mural vibrante de figuras retóricas, todas aquellas páginas que les había negado un sistema tres veces secular.
Uno de los discursos más importantes, y registrado como notable en los anales de la oratoria mexicana, es el del propio Ramírez, pronunciado en la Alameda el 16 de septiembre de 1861. La alocución es notable por su limpieza de forma, su capacidad sintética y su poderío dialéctico:
Los semidioses entre los bárbaros simbolizan la fuerza y la hermosura; pero en las naciones civilizadas la fuerza se convierte en sabiduría y la hermosura en amor; el conocimiento de todas las ciencias, el amor de toda la humanidad, el representante de todos los padecimientos, ése fue Hidalgo.
Más adelante define al héroe como
(…) el hombre que sabe que el derecho de morir se compra con grandes servicios a la humanidad (...) es el hombre que sabe que las naciones nacen en una victoria; y si sucumbe, es el Satán que lucha todavía, porque el Edén de las sociedades es el progreso (...) el hombre que así vive, cuando muere, perdiendo lo que tiene de finito, queda por sus obras como una manifestación creciente de poder, de ciencia y de gloria, hasta recibir su apoteosis de la poesía y del agradecimiento de los pueblos.
A Guillermo Prieto corresponde pronunciar el discurso de la Independencia en otro escenario. Aunque su pluma siempre está sobrecargada de tinta, y su sentimentalismo carece de la solidez y la altura de Ramírez, Prieto comienza por rechazar la parafernalia patriótica, las banderolas y adornos que forman parte de un patriotismo exterior y efímero. Prieto utiliza al iniciador Hidalgo como pretexto para señalar que la guerra por la independencia aún no termina. En una idealización total de la religión, escribe:
¿Cómo llamar asesino y cruel a este anciano que se lanza en una senda caballeresca para reivindicar la sociedad? ¿Cómo en ese corazón, fuente de tantos tesoros de ternura y amor, puede caber la venganza bastarda y la complacencia horrible con la destrucción y con el asesinato?
Sus palabras no son del todo exactas. Lucas Alamán, testigo presencial de los acontecimientos, daba fe en su Historia de México de los excesos cometidos por la muchedumbre que seguía a Hidalgo, así como de la incapacidad del jefe de la rebelión para detener los desmanes. En años sucesivos, Prieto se ocuparía de la figura de Hidalgo y los otros héroes, en su proyecto poético que titularía, finalmente, Romancero nacional. Antes de aparecer reunidos en volumen, fueron publicados en los numerosos periódicos donde colaboraba el poeta.
Para completar el volumen Dramaturgia de las guerras civiles y las intervenciones,19 Jaime Chabaud localizó una obra titulada El cura Hidalgo, de la cual no ha sido posible obtener información sobre la autoría ni determinar la fecha exacta de su composición. Sin embargo, la caligrafía permite apreciar que pudo haber sido escrita a fines del siglo XIX y principios del XX. De hecho, la obra nunca fue publicada, antes de su inclusión en el volumen citado. Dos son sus principales características y virtudes: tomar como personaje central a Miguel Hidalgo y Costilla y ubicarlo en su domesticidad, como un hombre preocupado por la marcha de los acontecimientos cotidianos, pero al mismo tiempo debatido en el drama de conciencia que significaba lanzarse a independizar una nación.
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