Tania Carreño King
En la carrera en que nos encontramos hacia la celebración del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución hay demasiado ruido. Hay quienes, desde el Estado, intentan 'controlar' la suma de los pasados nacionales y convertirlos en un magno evento celebratorio de la identidad mexicana (o lo que cada quien entienda que es eso); hay quienes, desde la academia, discuten y vuelven a discutir sus tesis, ya sea para tratar de arrojar más luces sobre los acontecimientos del pasado, ya sea para 'desmitificar' hechos o personajes, ya sea para revisar —al infinito— aquellas dos revoluciones que nos legaron el enorme repertorio de héroes y fechas cívicas en el calendario. A la carrera se han sumado también, de forma natural, las editoriales y empresas privadas, que buscan insertar en el mercado nuevos títulos y colecciones completas, bajo el entendido de que los mexicanos somos unos grandes consumidores de nuestra propia historia. Y así es. En palabras de Mauricio Tenorio, podemos decir que la historia patria forma parte de nuestro 'saber de memoria'.
En la avalancha de libros, folletos, documentales, foros, coloquios y conferencias que sacude ya el camino hacia 2010 encontraremos tantas cosas buenas como francamente malas, hallazgos como simples repeticiones, reflexiones serias como fuegos artificiales y mariachis. Sin embargo, creo que muy pocas propuestas lograrán salirse del camino, romper la inercia de la marcha y proponer una nueva ruta como lo hace Mauricio Tenorio en sus ensayos reunidos en Historia y celebración. Para decirlo rápidamente, estamos frente a una reflexión profundamente moderna (en el sentido literal de que pertenece y lee desde el presente) que mira hacia el futuro. Aquellas pautas que los historiadores hemos repetido en los últimos años sobre la necesidad de convertir la 'historia de bronce' en una 'historia de carne y hueso', de desmitificar a los próceres, de incluir en la Historia (con mayúscula) a los antes marginados (ya sean trabajadores, mujeres, niños, minorías), de escapar de los formalismos y la seriedad en el discurso para encontrarle el lado 'divertido' al pasado (¡cuántos anecdotarios ha producido este anhelo!), devienen en aspiraciones menores frente a las interrogantes que nos propone Tenorio con la vista fija en las celebraciones que se avecinan: '¿Podemos los historiadores organizar una celebración en 2010?' O, mejor aún, '¿para qué?'
Tal pregunta nos remite directamente a las interrogantes planteadas por Marc Bloch hace casi siete décadas y contestadas en el contexto en que escribía: un campo de concentración nazi (en donde moriría al poco tiempo), en una de las épocas más violentas y destructivas de la humanidad. De ahí la necesidad de invocar a la historia como la 'ciencia' que nos ayudaría a entender el presente. Tenorio escribe desde otro mundo —de ahí también su modernidad—: éste que inauguró la caída del Muro de Berlín, en donde temas como la globalización, el neoliberalismo, la democracia, la ecología, los derechos humanos, el multiculturalismo y la corrección política terminaron por reemplazar a las grandes preocupaciones de la Guerra Fría.
Con buena pluma y una dosis de inteligente sarcasmo, Tenorio ensaya hipótesis que van desde la 'teoría de los focos', que explica cómo tal o cual acontecimiento de nuestra historia ha brillado más o menos dependiendo del tiempo en que se estudia (el foco de la Revolución nos encandiló con su brillo durante la segunda mitad del siglo XX, mientras que el del Porfiriato se atrofió, por poner un ejemplo), hasta la, digamos, teoría de 'la ciencia y la caridad' del mundo contemporáneo, cuya manifestación concreta son las exposiciones universales, en donde 'el mundo se reúne para pedir perdón por los agravios del progreso, la ciencia y el imperialismo'. Más allá de las reflexiones generales —y el divertido escarnio que aplica Tenorio— sobre este afán occidental en donde 'todo es verde y políticamente correcto', lo sorprendente (y hay que decir: preocupante) es detenernos en la imagen o representación que nuestro país ha hecho de sí mismo en aquellos escenarios internacionales. De la feria de París, en el siglo XIX, a la feria de Hannover, en el año 2000, los mexicanos no hemos dejado de mostrar el orgullo de 1) tener un grandioso pasado indígena, 2) una enorme riqueza natural y 3) (en palabras de Tenorio) 'una suerte de convicción en una superioridad o espiritualidad del ser mexicano'.
¿Cuántas veces hemos escuchado decir que nuestra gran riqueza radica en que somos un país mestizo? (A estas alturas, ¿qué país no lo es?) ¿Hasta cuándo seguiremos hablando del 'alma mexicana' en donde se conjuga la burla a la muerte, la flor de cempasúchil, el tequila, las artesanías, Frida Kahlo y el mariachi? Somos tan reduccionistas y tan afectos a los estereotipos que un video de Octavio Paz sirve para demostrar al mundo que 'México es un país de poetas'. El problema, como lo percibe muy bien Tenorio, es que a pesar de los intentos por mostrar rostros distintos de los exotismos culturales (de gran demanda en el extranjero, por cierto) al final la máscara vuelve a su lugar. Y la conclusión es tan dura como verdadera:
México es una primordial anécdota occidental, una leyenda del fracaso, una importante zona de reproducción de capitales y una ilusión primitivista que le es indispensable a la modernidad occidental. En menos de cien años, el país exótico y cursi del palacio azteca en París 1889, una nación recién pacificada, unificada después de guerras de invasión, pobre, poco poblada, mal comunicada, agrícola y analfabeta, pasó a ser una importantísima economía del mundo, con grandes inversiones, mayúsculos problemas de desarrollo y pobreza, todos profundamente modernos. Pero aún se pide fiesta, siesta, muerte, sombreros y Fridas. México no es el paraíso mestizo ni tolerante, ni es el Egipto de América. Es este amasijo increíble de problemas y la constante del '¿qué somos?' supeditado al '¿cómo le hacemos?'.
La reflexión sobre el '¿qué somos?' está irremediablemente ligada al '¿qué hemos sido?' y, si como pensaba Bloch, el pasado nos ayuda a entender el presente, en el caso de México habría que agregar que en buena medida han sido las historias patrias las que se han encargado (a lo largo de estos dos siglos que ahora festejamos) de forjar ese '¿qué somos?' tan confuso. Aquí —como revisa Tenorio— entran los mitos (de todos los colores y sabores) y un tremendo complejo de víctima que recorre las entrañas de nuestras historias patrias.
Mauricio Tenorio, me parece, ha tomado la delantera en la carrera hacia las conmemoraciones de 2010 no solamente al proponer una reflexión acerca de las rutinas y lugares comunes con que nos acercamos a la historia, sino sugiriendo un nuevo enfoque, un cambio en el punto de mira: pensar una historia ya no de México, sino de Norteamérica, en donde nos 'apropiemos' de la historia de Estados Unidos, recuperando todos los lazos (económicos, políticos, culturales, sociales) que nos unen con nuestros vecinos. Inventar un nuevo horizonte historiográfico. Hablar del mayor problema de México: la desigualdad, pues no podemos seguir celebrando los pasados de México sin detenernos a discutir los futuros posibles. 'Nos faltan ideas —concluye Tenorio—: si 2010 queda al menos como un año de ideas, no habrá sido un año perdido'.
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