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Soy Mujer
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Juzgar es arma de dos filos | Caras y apariencias vemos, corazones no sabemos. Es importante dejar de juzgar a las personas por su percha. | | |
FMU/ Sergio Yakovlev Giorgana Camino por la calle de uno de los barrios de más abolengo en la Ciudad de México, la colonia Roma. Tengo a mi derecha una hilera de viejas casas, recargadas unas con otras como gises de colores pastel dentro de su caja; y a mi izquierda la fila interminable de coches estacionados al lado de una banqueta cuarteada, a veces destruida, por las raíces de alguno que otro viejísimo árbol.
No hay mucha gente en las calles a esa hora del medio día. El sol cae sin fuerza detrás de las nubes grises que amenazan con vaciarse en unas horas. Voy tranquilo, pero alerta; en la Ciudad de México, siempre debe uno andar con cuidado.
Paso junto a unas personas trajeadas que platican en la acera; ellos no me provocan ningún temor. Tampoco me siento intimidado por un grupo de trabajadores que beben refresco afuera de una tienda. Sin embargo, a unos metros de mí, caminando en contra flujo, se me acerca un individuo que de tan sólo verlo me causa agitación en el corazón.
Es un indigente. Lleva cubierto el pecho con lo que sobra de una camisa grasienta y empapada de aceite, cuyas mangas son más bien jirones que le cuelgan a los lados, y trae puesto un pantalón igualmente lleno de grasa y roto, a través del cual pueden verse sus piernas morenas.
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Su presencia, aunque lejos de mí todavía, me molesta. Hay algo en él que me disgusta. Tal vez sean los trapos que lleva encima, quizás la idea de que una persona de su tipo pueda querer hacerle algo a una persona de mi tipo. Se me viene a la cabeza el lugar en donde ha de vivir, la comida que ha de comer, la gente con quien ha de andar, los horribles pensamientos que debe tener alguien como él y se me enchina la piel. Quisiera cambiar de acera para evitar cruzarme con él, pero ya es demasiado tarde.
Conforme nos acercamos noto algo extraño en él. Lleva gafas; unos lentes que a la distancia parecen de buen armazón, y algo aún más raro: unos zapatos color marrón, perfectamente lustrados, que podrían ser nuevos. De seguro los robó, pienso, y eso me provoca aún más miedo; querrá asaltarme y llevarse lo que le falta. No obstante, nada ocurre; cada quien sigue de frente sin voltear a ver al otro.
Días más tarde, me entero por un periódico de un raro experimento artístico. El artista Ariel Orozco, en su deseo de mostrar la ambigüedad de las clases sociales, va intercambiando la ropa que lleva puesta con la de varios hombres desconocidos que encuentra por las calles. Primero da su traje a cambio de un pantalón y una camisa bastante decentes. Después permuta estas prendas por una camiseta y un pantalón de mezclilla que luego canjeará por ropa cada vez más andrajosa y así hasta llegar a cubrirse con los harapos de un indigente. Con toda intensión, el mismo ser humano fue cayendo de clase social con sólo cambiarse de ropa.
Me di cuenta entonces de la cantidad de prejuicios que invaden nuestra manera de pensar. Si alguien viste y huele bien, debe ser gente bien; si por el contrario, usa andrajos y se nota sucio, necesariamente ha de ser gente non grata. Nos guiamos por las apariencias. Juzgamos a partir de lo que vemos, y no sólo eso, afirmamos terminantemente tal o cual cosa sobre alguien sin imaginar que la realidad puede ser muy distinta a como nuestros ojos nos la pintan.
Por más que se intente encuadrar a las personas o encasillarlas dentro de clases sociales, grupos o razas, nunca se alcanzará a abarcar su totalidad humana. El ser humano siempre está por encima de toda determinación y su apariencia no necesariamente refleja lo que lleva dentro.
Ariel Orozco nos ha dado una gran lección: todos podríamos estar en el lugar del otro.
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