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La magia del encuentro | La magia de la tecnología ha recortado distancias para comunicarse, pero nunca será lo mismo a la grandeza de un encuentro. | | |
FMU/ Sergio Yakovlev Giorgana Ayer, mientras trabajaba en un café Internet, un grupo de jóvenes entró al establecimiento y cada uno se sentó frente a una computadora. Hasta donde pude darme cuenta –era prácticamente imposible que pasaran desapercibidos pues no dejaban de gritarse uno al otro desde su lugar-, habían venido a “chatear” entre ellos, es decir, a platicarse por escrito lo que hubieran podido decirse cara a cara.
Me pareció tan poco práctico su comportamiento, que me llamó la atención. Pudiendo haber ido a charlar a la banca de un parque o simplemente tomarse un refresco y platicar afuera de la tiendita de la esquina, deciden venir a sentarse detrás de una máquina y pagar, para poder comunicarse entre ellos.
Me puse a pensar si acaso fuera ese el modo más sencillo o el mejor para expresarse. La escritura es una forma maravillosa de comunicación; pero transmitir a través de ella la riqueza de una vivencia, por más brillante escritor que uno pueda ser, es imposible.
Antes del teléfono y del Internet, la gente se comunicaba por carta. Necesitaban romper las barreras de la distancia de algún modo y el correo era el mejor medio posible. Aunque la carta también se usó para acercar de un modo más íntimo a las personas. El amante declaraba sus sentimientos a la amada mediante una carta. Era la manera de introducirse, de abrir las puertas de su mundo para lograr el fin deseado: encontrarse cara a cara con la amada.
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La carta era, por tanto, un medio para acercar a las personas, el paso previo a aquel que verdaderamente importaba: el momento del encuentro. Cosa muy distinta a lo que es hoy la comunicación o “chateo” por Internet entre los jóvenes, pues en éste el medio se convierte en el fin. Ahora lo importante no es entrar en contacto cara a cara con el otro, sino romper este encuentro para que sea una máquina la que medie entre los hablantes.
Tal vez no parezca tan grave todo esto; pero es de llamar la atención lo que se pierde cuando la palabra no se expresa de persona a persona.
Hagamos un ejercicio: Tomo asiento frente a mi esposa. Su rostro es lo primero que salta a mi vista: sus ojos de un café oscuro me miran, me observan; me hablan. Ella no ha dicho nada aún y su mirada, combinada con los rasgos suaves de la cara, con su boca entreabierta evocando una leve sonrisa, con su cabello oscuro y ondulado cayéndole a los lados, con ese brillo tan suyo, tan lleno de dulzura, de alegría y juventud, me han dicho todo.
No ha necesitado emitir sonido alguno para llegar hasta mí, no ha tenido que pronunciar palabra y ya ha logrado con su rostro, con la sola luz de su rostro, colmarme con su presencia.
¿Qué ha ocurrido? En palabras de Emmanuel Levinas, filósofo francés del siglo XX, una epifanía. Al mostrarse me ha revelado más de lo que he sido capaz de percibir, pues el rostro no se mira como se contempla una imagen o un cuadro, a menos que se analice des-figurándolo, es decir, destruyéndolo. La desnudez del rostro no es ni puede ser, por tanto, un signo traducible a palabras, porque lleva consigo la sensibilidad viva y presente de su ser completo.
El encuentro con el rostro de mi esposa ha hecho posible, al mismo tiempo, mi propia manifestación. Ella ha encontrado también mi rostro. Entonces ambos, iluminados por la luz del otro, nos unimos en la epifanía de nuestro ser. Ya no somos sólo dos cuerpos o dos individuos observándose el uno al otro, sino dos existencias compenetradas en una relación en donde no ha habido tacto pero sí con-tacto. De este encuentro ha surgido, pues, un mutuo reconocimiento: estamos unidos en nuestras diferencias. Somos un yo y un tú, integrando un nosotros.
Todo esto ha sucedido, sin embargo, en el más completo de los silencios. Tan sólo la reunión cara a cara lo ha hecho posible. Sin la presencia viva del rostro del otro, se pierde la riqueza del encuentro entre seres humanos. Que la tecnología no nos haga perder lo sublime de esta comunicación.
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