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Los seres humanos acostumbramos a darle valor al presente en tanto éste se relacione con una meta futura. Las acciones de hoy cobran sentido cuando se hacen con miras a un porvenir. Si no hubiese un mañana, aseguran algunos, cualquier esfuerzo sería en vano; no habría realización humana.
Pues, ¿de qué serviría el trabajo realizado hoy, si no pudiéramos conectarlo con un objetivo posterior, ya sea la realización de un proyecto, unas merecidas vacaciones o, simplemente, el pago de la quincena? De ahí que, comúnmente, el mañana condicione la importancia del ahora; nos anticipamos a ver lo que va a venir, poniendo este evento como lo único importante, dejando en segundo plano la riqueza del tiempo presente.
El filósofo alemán Martin Heidegger (1889- 1976) mostró que la acción de anticiparse, de adelantarse a sus posibilidades es una cualidad de la existencia humana. Somos proyectándonos, esto es, arrojándonos hacia la posibilidad de ser quienes podemos ser: un padre, una madre, un profesor, etcétera. Antes incluso de planificar nuestra vida, somos proyecto de nosotros mismos, pues nos anticipamos a ése que podemos ser, nos vemos como padres o como profesionistas sin serlo todavía. “De manera que el Dasein (ser humano) -señala Heidegger- es existencialmente aquello que, en su capacidad de ser, aún no es”.
El tiempo mismo hace de la actitud de anticiparse algo natural, pues incluso al recordar no podemos sino ir recordando, proyectando hacia adelante nuestro recordar. De hecho, como el ser es en sí mismo movimiento que sigue una trayectoria lineal en dirección al futuro, todas nuestras acciones siguen esta tarea anticipatoria; se proyectan hacia adelante.
En el trajín de la vida cotidiana la existencia tiende hacia el porvenir como lo haría un vector hacia su destino; lleva en la mira únicamente su objetivo. Es por eso que nos es tan natural perder de vista el presente y tomarlo tan sólo como una partícula del futuro. Si constantemente nos adelantamos a nosotros mismos, poniendo aquel que seremos antes del que somos, entonces éste que somos ahora, en tanto que es menos de lo que puede llegar a ser, es inconscientemente un ser caduco y de poca importancia.
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¿Cuántas veces nos ha pasado que nos encontramos ausentes en una junta de trabajo porque nuestro pensamiento ya está subido en el avión, llegando al hotel, tirado en la playa, tomando un daiquiri de fresa?, y durante las vacaciones, en vez de disfrutar cada momento: la playa y el daiquiri por ejemplo, nos la pasamos pensando en lo que tendremos que hacer a nuestro regreso en la oficina.
Llegar a ser es apenas una posibilidad; ser, en cambio, es una realidad. La angustia que Heidegger reconoce en la existencia, se debe principalmente a este punto: en lo posible todo es posible, no hay garantía alguna de realización. La actitud anticipatoria conduce por tanto, en la perspectiva heideggeriana, cuando no a una ilusión probable, sí a la posibilidad más cierta de todas: la muerte.
Si nos dejamos llevar por nuestra natural tendencia a la anticipación, nos quedaremos con nada entre las manos, pues es verdaderamente en el ahora, en el momento presente, donde vivimos y somos. Experimentamos ese tiempo como no podemos experimentar ningún otro; en él se evidencia nuestra realidad fáctica. De hecho, si el futuro es posibilidad y el pasado recuerdo, es decir, si ambos son tiempos inexistentes, el presente debe concentrar la totalidad del tiempo aprovechable.
Las oportunidades se disfrutan hoy, los cambios se logran hoy, el ser es hoy. El mismo Heidegger lo reconocía: “el ser es, de alguna manera, el hecho (fáctico) de ser de todos los entes”.
Así, la anticipación es una acción aplazada que toma realmente una importancia secundaria. Su valor consiste en darnos dirección, la cual es necesaria para nuestra naturaleza futurista. Mas la realización humana no ha de ser nunca un evento futuro; ésta ha de conseguirse siempre en el vibrante momento del ahora.
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