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 La mejor opción para la comunicación
09 de abril de 2007 16:51

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Mujer, madre, hijas, familia, lectura
FMU/ María Gabriela Zamudio

Jugar no es cuestión de edad, es cuestión de actitud. Es domingo y la plaza está llena de gente, de familias que salieron a dar un paseo. De pronto, frente a mis ojos cae al suelo girando un trompo y tras él descubro la figura de un hombre que disfruta la danza del juguete y su musicalidad. Luego, abraza a su hijo en señal de aprobación por haber desarrollado la destreza que implica dicho juego.

Qué satisfacción tan grande se dibujaba en el rostro del adulto y la misma naturalidad se vislumbraba en el del menor. Ambos habían tenido la oportunidad de enfocar su mente y su espíritu en un fin común. Así es el juego, una oportunidad para compartir la competencia que adquirimos y un magnifico pretexto para convivir.

Y tú, ¿juegas? Dicen por allí que jugar es cosa de niños y yo te pregunto: ¿Qué harías si repentinamente una pelota cayera cerca de tus pies? ¿La patearías o la dejarías rodar? Una teoría de un autor biologista llamado Byterdijk asegura que el juego depende de la dinámica infantil, por lo tanto, el niño juega porque es un niño.

¿Qué pasa entonces con los adultos que siguen jugando y que al hacerlo sienten placer? Para otros autores de esta misma tendencia, jugar es instintivo y es una necesidad tanto humana, como animal. Es un impulso que se presenta desde edad temprana y quizá nunca desaparezca.

En México, existe una gran gama de juegos heredados de nuestra historia como pueblo, contamos con un amplio patrimonio cultural al que pertenecen los juegos como Doña Blanca, Amo Ato, encantados, las traes y otros que hemos aprendido de la boca de nuestros abuelos o padres. También, hemos tenido acceso a las adivinanzas que un día nos rompieron la cabeza y, ahora, nos siguen pareciendo divertidas.

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¿Te acuerdas de los cuentos y leyendas que en la niñez te contaron? Tal vez, un día, tú se las cuentes a tus hijos o los pongas a repetir aquel trabalenguas que, a pesar de su sencillez, te costó tanto aprender.

Jugar es atemporal, siempre estamos ávidos de sorpresa, de historias, de juguetes, de humor y compañía. Jugar no es abstraerse, es distraerse, es una oportunidad para comunicarnos sin prejuicios, sin barreras, es un don.

Nuestra tradición mexicana tan profunda y humana da un valor esencial al juego, quizá porque al jugar o tomar un juguete en la manos volvemos a nuestra inocencia, a nuestro impulso original de gozo y alegría. Tal vez por ser una tradición sabia, se reconoce que hay algo muy espiritual en esta actividad recreativa y se fomenta.

¿Has pensado en la posibilidad de que jugar pueda acercarte más a quienes te rodean e, incluso, alcanzar una mejor compatibilidad y armonía con ellos? Pues inténtalo. El juego es una herramienta para tu bienestar y el de los que te rodean; por un lado te ofrece la posibilidad de desarrollar tus habilidades, de mantener tu atención y concentración; además, te da la oportunidad de ser tú mismo, de reconocerte y valorarte como tal; y por otro, te permite aprender a manejar tus emociones y experimentar la risa y la sorpresa.

Al jugar, te relacionas con otros en un ambiente agradable y sin grandes barreras. Jugar es como romper el turrón, es permitir que nuestras raíces resurjan de nuestro interior y se manifiesten.

¿Todavía crees que jugar es cosa de edad? Pues acércate a un pequeño y muéstrale cómo se hace, seguramente te contagiarás de su alegría y querrás, al igual que él, practicar, experimentar, fantasear o simplemente disfrutar. No te arrepentirás si haces a un lado tus prejuicios y la próxima vez que puedas le preguntes a los que te rodean: ¿jugamos?