“Nada deja una impresión mayor, más duradera, en otra persona, que la conciencia de que alguien ha trascendido el sufrimiento, que ha trascendido la circunstancia y está encarnando y expresando un valor que inspira, ennoblece y eleva la vida”, nos dice Stephen Covey en su libro Los siete hábitos de la gente realmente efectiva,
A sus 49 años, mi padre se sometió a una riesgosa cirugía de columna vertebral, quedando como nuevo. Su experiencia bastó para que mi abuelo, de 83, decidiera someterse a una cirugía similar.
El anuncio del jefe de la familia provocó diversas reacciones entre los once hijos. Unos creían que cavaba su propia tumba, otros preferían evitar el tema y algunos más admiraban sus ganas de vivir, por lo que decidieron apoyarlo de inmediato. Mi padre fue de estos últimos, de los que vieron en esta situación una oportunidad para expresarle su amor y obsequiarle su tiempo, su cariño y su apoyo.
La actitud de mi padre me sorprendió. Tomó una de sus dos semanas de vacaciones para llevar a mi abuelo a operarse a un hospital, especializado en problemas ortopédicos, mientras otros integrantes de la familia disfrutábamos de otro tipo de vacaciones.
Sorprendida ante la capacidad de entrega de mi padre, quien a seis meses de su propia operación se encargó de cumplir el deseo de mi abuelo, le escribí una carta donde le expresaba mi admiración. La idea central giraba en torno al siguiente enunciado: A veces pienso que lo más difícil al formar una familia es aprender a no ser egoísta y si me cuesta trabajo pensarlo, ya me imagino lo difícil que será realmente lograrlo. Aunque por otro lado, la alegría que ello te pueda dar, no se ha de igualar a nada.
Mi padre formó una familia y desde ese día no recuerda lo que es el egoísmo. Quizás aprendió a olvidarlo gracias a mi abuelo, quien a su vez le dio la vida y es hasta ahora cuando, después de tantos años, se vuelve a preocupar por su bienestar.
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Mi abuelo se quedó huérfano de padre a los doce años y en la misma tierra con la que sellaron la tumba, se quedó el egoísmo. Desde entonces se dedicó a ver por su madre y sus hermanos y aprendió a ganarse a la vida y con ello, a apreciarla.
La operación fue todo un éxito, gracias al doctor, y al amor a la vida que tiene mi abuelo; a la voluntad y las ganas de seguir disfrutando de sus familiares, de la convivencia y de los regalos que hasta el día de hoy, le sigue haciendo a su México adorado.
Imagino que todos los que pensaron que el riesgo que tomó mi abuelo significaría el acabose de la unidad de mi familia, han de estar realmente sorprendidos. No sólo porque la operación haya resultado efectiva, sino por la fortaleza con la que mi abuelo ha enfrentado la vida, virtud que muchos de nosotros, a menor edad y con menos problemas, aún no desarrollamos.
Qué mejor ejemplo a seguir, que el de un hombre que ha vivido de la mano de la esperanza. Que a pesar de toparse con caminos difíciles y pruebas dolorosas tiene el ánimo y la decisión para mejorar el tiempo que le queda de vida, para compartir con nosotros el sol que ilumina su día a día.
Esta experiencia contrasta con el desánimo que existe entre tantas personas de generaciones más jóvenes, que no encuentran las fuerzas y las ganas para comprometerse a vivir al máximo. De la misma forma en que me recuerda el premio que la vida me ha dado al ser hija y nieta de dos hombres que conocieron tan poco el egoísmo, que ni siquiera lo recuerdan.
