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La prudencia es la más sutil y esencial de las cualidades. Sin ella, las demás virtudes pueden pasar del campo de lo deseable a convertirse en tormento y raíz de defectos; por ejemplo, la bondad es necesaria, pero si una persona la practica sin prudencia y “obliga” a otros aceptar sus obras buenas a pesar de no necesitarlas, puede llegar a saturarlos.
Otro caso es la franqueza, la cual es una virtud deseable, pero si no se lleva a cabo con prudencia puede caer en la grosería o el insulto, pues por muy franca que sea una persona no es recomendable ir por el mundo diciendo abiertamente a todos sus fallas, ya que no siempre la gente está dispuesta a escuchar o desean saber qué es lo que la otra persona piensa. Es importante aguardar prudentemente que soliciten la opinión, así como el momento o situación propicia para compartirla.
Esta cualidad es la que permite que todas las demás virtudes sean ejercidas con mesura, en el momento y lugar adecuados, siempre para mejorar las situaciones, es decir, debemos ser virtuosos, sí, pero prudentemente virtuosos.
La prudencia tiene otra característica importante: no se ve y difícilmente pensamos en ella. Cuando está ausente clamamos por encontrarla, pero si está presente no reparamos en su importancia.
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Cuando una persona practica esta virtud deja que las circunstancias transiten por donde deben ir, permite el fluir de los sentimientos y mejora las situaciones, suave y moderadamente casi sin que se noten. La prudencia ayuda a distinguir los momentos propicios para actuar, hablar cuando hay algo que decir y ayuda a callar cuando es lo mejor para una relación. Permite ser sinceros sin insultar, activos sin molestar, adelantarse a los acontecimientos y ser amables.
La paradoja es que la prudencia pasa desapercibida hasta que la imprudencia ocupa su lugar. Y no es que el virtuoso no sea humano y no se equivoque, pero si lo hace sabrá reconocerlo y si es necesario rectificar, pedir disculpas, consultar y pedir consejo.
Por supuesto, en las relaciones de pareja la prudencia es básica, ayuda a identificar el momento adecuado para discutir sin que se convierta el desacuerdo en un pleito, reclamar cuando los ánimos se han calmado, calcular cuánto exigir y hasta dónde.
El prudente sabe callar si está de malas y guardará el regaño para cuando surta mejor efecto. Sabe tener calma en momentos de tempestad y levantar los ánimos, si existen metas que lograr.
Respecto al cuidado de uno mismo y de la familia, sabe divertirse sin poner en riesgo la vida y la integridad, disfruta las sensaciones y goza la vida sin exponerse. Parecen interminables las cualidades de las personas prudentes, estemos alertas para identificarlas y aprender de ellas.
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