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Terremoto de 1985: 13 años después

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Terremoto de 1985: Ciudad quebrada
 
La noticia del terremoto del 19 de septiembre de 1985 fue una experiencia desgarradora no sólo por la experiencia en sí,sino porque miles de vidas se perdieron.
 
 
17/09/95 | Humberto Musacchio
Reforma.-En su libro Ciudad quebrada (Joaquín Mortiz, 1995), Humberto Musacchio recoge testimonios sobre el terremoto de 1985, que si bien fue un desastre provocado por la naturaleza, la intervención del hombre tuvo mucho que ver en la magnitud de las consecuencias.

Este libro fue escrito en los días que siguieron al 19 de septiembre de 1985. Es un registro periodístico de la tragedia, sus víctimas y sus actores. Para hacerlo me valí de la observación propia, de las publicaciones que me parecieron más significativas y de varios testimonios. Las historias de algunos testigos parecen ininterrumpidas. Así es. En ciertos casos me interesaba lo que vieron u oyeron, no precisamente lo que a ellos mismos les había ocurrido. Por ignorancia dejé fuera la muerte de Rockdrigo, el cantante de rock no comercial al que conocí por las crónicas de Víctor Roura.

Por razones editoriales la narración llega hasta el 11 de octubre, fecha en la que apareció la lista de 7 mil inmuebles expropiados en lo que sería la medida más audaz y radical de aquellos días y de todo el sexenio de Miguel de la Madrid.

Después de esa fecha ocurrieron diversos hechos derivados de la tragedia. Se inició el programa de reconstrucción habitacional, destinado a dotar de vivienda a las familias damnificadas por el temblor. En poco más de un año, con recursos provenientes de la solidaridad nacional e internacional, el gobierno de la República edificó 50 mil departamentos, al margen de su programas regulares. Se trata de viviendas con poco más de 40 metros cuadrados y de acabados modestos, pero que representan un enorme avance si se les compara con el viejo cuarto redondo de vecindades con servicios comunes, generalmente pésimos.

Los nuevos departamentos constan por lo menos de estancia, una recámara (los hay de dos y hasta de tres), cocina y cuarto de baño con excusado y regadera. En numerosos casos, la intervención de quienes serían los beneficiarios propició que las construcciones se atuvieran a una estética de reminiscencias tradicionales, evocadora del viejo ambiente de vecindad que en buena medida fue suprimido por la buena distribución espacial, que otorga a cada vecino un ámbito privado en el que se desenvuelve la intimidad familiar. La vida comunitaria ha disminuido, pero sobreviven algunos hábitos colectivos; por ejemplo, la organización conjunta de posadas y otras fiestas.

El número de viviendas construidas en tan breve lapso demuestra que un gobierno puede trabajar más y mejor, con honestidad y eficiencia; que lo hace si enfrenta una presión social organizada, consciente y sostenida, como fue la surgida del terremoto, que no se agotaría en unos meses, sino que daría lugar a nuevas formas de organización, a agrupamientos permanentes y a una vocación opositora que tres años después se volcaría nuevamente a las calles, esta vez para apoyar a los candidatos del Frente Democrático Nacional. El movimiento encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 sería impensable sin el acelerado aprendizaje que las multitudes se dieron a sí mismas en los momentos, los días y los meses que siguieron al temblor. En 1985 México vivía la crisis de los años 80, con una deuda externa aplastante, tasas de inflación sin precedente en la era posrevolucionaria y una generalizada decepción después de que el espejismo de la propiedad se esfumara con la caída de los precios internacionales del petróleo.

En el aparato gobernante también se recibieron lecciones. La inmensa y conmovedora solidaridad de aquellos días llevó a que Carlos Salinas de Gortari, ya convertido en Presidente de la República, resolviera emplear aquella energía social en su provecho. Sin escrúpulo alguno, llamó "solidaridad" a su principal programa de gobierno, mediante el cual "entregaba" obras públicas a la población como si fuera una dádiva personal. Además, el Programa Nacional de Solidaridad le permitía captar y canalizar la energía de la gente común, que aportaba recursos económicos y trabajo personal para hacer aquello que las autoridades le escamoteaban. El Pronasol dio empleo a una legión de viejos militantes de izquierda, personas con experiencia organizativa, sensibilidad social y una honestidad que no abunda en las filas del funcionariado.

Para la mayoría de los contratados era aquél un trabajo que debía hacerse con toda la responsabilidad. Para otros, los menos, fue la oportunidad de ponerse al servicio del poder y del propio Salinas, de quien se convirtieron en caricaturescos defensores.

Salinas también entendió que no se puede gobernar una ciudad tan poblada y compleja con hombres silvestres e ignorantes como Ramón Aguirre Velázquez. El regente de los días del temblor, a su ofensiva torpeza sumó el agravio del autoritarismo, que en aquella hora cayó como ácido sobre el dolor de la tragedia. Por eso, el sucesor fue un hombre que en muchos sentidos resultaba lo opuesto al contador de San Felipe Torresmochas.

El terremoto mostró que la procuración de justicia en la ciudad era exactamente lo contrario. Los derrumbes permitieron descubrir cadáveres con notorias huellas de tortura y dejaron al descubierto otros abusos criminales de quienes cobran por proteger a la sociedad. Contra todas las evidencias, la entonces procuradora Victoria Adato Green optó por proteger a los criminales amparados en placas policiacas. Lejos de ser sometida a proceso por encubrimiento y acaso complicidad, en ese mismo año se le convirtió en magistrada de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Fue la primera gran campanada para el Poder Judicial, pero no hubo oídos dispuestos a escuchar. No hubo entonces un Abraham Polo Uscanga que abogara por una verdadera impartición de justicia.

La tragedia de 1985 es resultado de las incontrolables fuerzas de la naturaleza, pero sobre todo de la especulación inmobiliaria, de la corrupción, la irresponsabilidad y la ignorancia de legiones de funcionarios que tienen en sus manos a una población privada de derechos políticos tan elementales como elegir a sus autoridades. Esos gobernantes han propiciado el crecimiento inmoderado de la Capital de la República, lo que a su vez ha acarreado graves problemas. Un elemento ilustra elocuentemente la irracionalidad que impera en la Ciudad de México y en el País: el agua. Para saciar la sed de la urbe, una considerable proporción del líquido se trae de fuentes localizadas fuera del Valle de México. Primero fue del río Lerma, cuyas obras se concluyeron en la primera mitad de los años 50. El robo de caudales a ese río ocasionó una severa erosión de la cuenca, antes caracterizada por su productividad agrícola; también causó una drástica baja en el nivel del lago de Chapala, que desde entonces sufre un acelerado proceso de deterioro ecológico. Consecuentemente, se empobreció el torrente del río Santiago, nombre que adopta el Lerma al salir del lago, y fue insuficiente para mover las turbinas de la hidroeléctrica que dotaba de energía a Guadalajara, ciudad que languideció durante varios años. El proceso puede repetirse ahora que se toma agua del río Cutzamala y cuando, como está previsto en una siniestra planificación de desastres, se tenga que recurrir a fuentes todavía más lejanas. Pero lo peor se deriva de la captación de agua en fuentes situadas dentro del Valle de México. Siete de cada 10 litros se extraen del subsuelo capitalino, pese a que de esa manera se están creando grandes oquedades que ponen en peligro a la Ciudad en su conjunto, pues está asentada sobre una especie de queso Gruyere. Está en riesgo la seguridad de todos, pero nada han hecho las autoridades, las de antes o las de ahora, para detener esa locura que amenaza nuestra supervivencia.

En una ciudad que ha crecido sin freno, es explicable que la especulación inmobiliaria haya destruido zonas enteras o transformado, para mal, la fisonomía de barrios tradicionales. La devastación de la arquitectura y el caos de las construcciones son propiciados por una legislación que siempre deja al arbitrio de uno u otro funcionario la decisión última y, en consecuencia, abre la puerta a la coerción o al soborno. El fenómeno puede afectar toda edificación, pero principalmente a las construcciones de sector público, como lo demuestra el hecho de que en 1985 resultaran dañadas más de mil 500 escuelas, numerosos hospitales, multifamiliares y oficinas públicas. Por eso, el Grupo de los Cien declaró que "la corrupción es una pésima constructora".

A diferencia de lo que hubiera ocurrido en un país democrático, aquí no fue a la cárcel ni un sólo constructor, ni un sólo funcionario o ex funcionario responsable de extender licencias de edificación. Se arguyó que los reglamentos en vigor no obligaban a tomar providencias contra un sismo de más de 8 grados en la escala de Richter. Hubo, sin embargo, un personaje que no podía ampararse en esas consideraciones: Guillermo Carrillo Arenas, ejemplo de analfabetismo, prepotencia e impunidad.

Carrillo Arena tiene una especial habilidad para estar cerca de los negocios. Fue presidente de juntas de mejoras materiales, funcionario de dependencias relacionadas con la construcción de obras en la Secretaría de Salubridad, el Seguro Social, el Infonavit, la Secretaría de Asentamientos Humanos y Banobras. En 1982 la suerte o la amistad lo convirtieron en Secretario de Desarrollo Urbano y Ecología y como tal llegó al 19 de septiembre de 1985. Lo que importa destacar aquí es su responsabilidad en el derrumbe del Hospital Juárez y otras construcciones en las que tuvo injerencia. Con esa base, numerosos periodistas -destacadamente Raúl Prieto Riodelaloza- exigieron que se le fincaran responsabilidades por muchas de las muertes ocurridas en los días del terremoto. Su despotismo e ineptitud obligaron a apartarlo del cargo, pero siguió disfrutando de una impunidad que parece inexplicable.

Mientras hay una notoria protección hacia personajes como el citado, 10 años después de los trágicos sucesos de 1985, en algunas partes de la Ciudad son observables las cicatrices, como en la Avenida Juárez. Era ésa una de las zonas más animadas de la Ciudad. A todas horas del día y de la noche era recorrida por gente deseosa de ver gente, por espíritus ávidos de diversión y de la cultura, que se solazaban en sus cines, librerías, centros nocturnos, cafés y restaurantes donde la conversación agotaba gratamente las horas. Hoy es un área baldía e insegura, como lo va siendo toda la Ciudad. Es un territorio lúgubre y depauperado en el que habitan los fantasmas de la desesperanza y los demonios del rencor. Es un testimonio horroroso de que la Ciudad sigue enferma. El remedio para sus males quizá lo hallemos entre todos.

 
 
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ddd martes, 12 de enero de 2010
feo orrible
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valery lunes, 30 de noviembre de 2009
ESTA DEL ASCO NO POUEDEN CREAR ALGO MAS CORTO O UN RESUMEN..... BABOSOS
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valery lunes, 30 de noviembre de 2009
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ccaa sábado, 21 de noviembre de 2009
eso que namadotas
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