HEADER MARKUPS

 
 

Noticias  »  Noticias »  México

 Terremoto de 1985: 13 años después
03 de abril de 2007 17:53

Comentarios
 
(Sin Titulo)
Humberto Musacchio

En su libro Ciudad quebrada (Joaquín Mortiz, 1995), Humberto Musacchio recoge testimonios sobre el terremoto de 1985, que si bien fue un desastre provocado por la naturaleza, la intervención del hombre tuvo mucho que ver en la magnitud de las consecuencias.

Este libro fue escrito en los días que siguieron al 19 de septiembre de 1985. Es un registro periodístico de la tragedia, sus víctimas y sus actores. Para hacerlo me valí de la observación propia, de las publicaciones que me parecieron más significativas y de varios testimonios. Las historias de algunos testigos parecen ininterrumpidas. Así es. En ciertos casos me interesaba lo que vieron u oyeron, no precisamente lo que a ellos mismos les había ocurrido. Por ignorancia dejé fuera la muerte de Rockdrigo, el cantante de rock no comercial al que conocí por las crónicas de Víctor Roura.

Por razones editoriales la narración llega hasta el 11 de octubre, fecha en la que apareció la lista de 7 mil inmuebles expropiados en lo que sería la medida más audaz y radical de aquellos días y de todo el sexenio de Miguel de la Madrid.

Después de esa fecha ocurrieron diversos hechos derivados de la tragedia. Se inició el programa de reconstrucción habitacional, destinado a dotar de vivienda a las familias damnificadas por el temblor. En poco más de un año, con recursos provenientes de la solidaridad nacional e internacional, el gobierno de la República edificó 50 mil departamentos, al margen de su programas regulares. Se trata de viviendas con poco más de 40 metros cuadrados y de acabados modestos, pero que representan un enorme avance si se les compara con el viejo cuarto redondo de vecindades con servicios comunes, generalmente pésimos.

Los nuevos departamentos constan por lo menos de estancia, una recámara (los hay de dos y hasta de tres), cocina y cuarto de baño con excusado y regadera. En numerosos casos, la intervención de quienes serían los beneficiarios propició que las construcciones se atuvieran a una estética de reminiscencias tradicionales, evocadora del viejo ambiente de vecindad que en buena medida fue suprimido por la buena distribución espacial, que otorga a cada vecino un ámbito privado en el que se desenvuelve la intimidad familiar. La vida comunitaria ha disminuido, pero sobreviven algunos hábitos colectivos; por ejemplo, la organización conjunta de posadas y otras fiestas.

El número de viviendas construidas en tan breve lapso demuestra que un gobierno puede trabajar más y mejor, con honestidad y eficiencia; que lo hace si enfrenta una presión social organizada, consciente y sostenida, como fue la surgida del terremoto, que no se agotaría en unos meses, sino que daría lugar a nuevas formas de organización, a agrupamientos permanentes y a una vocación opositora que tres años después se volcaría nuevamente a las calles, esta vez para apoyar a los candidatos del Frente Democrático Nacional. El movimiento encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 sería impensable sin el acelerado aprendizaje que las multitudes se dieron a sí mismas en los momentos, los días y los meses que siguieron al temblor. En 1985 México vivía la crisis de los años 80, con una deuda externa aplastante, tasas de inflación sin precedente en la era posrevolucionaria y una generalizada decepción después de que el espejismo de la propiedad se esfumara con la caída de los precios internacionales del petróleo.

En el aparato gobernante también se recibieron lecciones. La inmensa y conmovedora solidaridad de aquellos días llevó a que Carlos Salinas de Gortari, ya convertido en Presidente de la República, resolviera emplear aquella energía social en su provecho. Sin escrúpulo alguno, llamó "solidaridad" a su principal programa de gobierno, mediante el cual "entregaba" obras públicas a la población como si fuera una dádiva personal. Además, el Programa Nacional de Solidaridad le permitía captar y canalizar la energía de la gente común, que aportaba recursos económicos y trabajo personal para hacer aquello que las autoridades le escamoteaban. El Pronasol dio empleo a una legión de viejos militantes de izquierda, personas con experiencia organizativa, sensibilidad social y una honestidad que no abunda en las filas del funcionariado.

Para la mayoría de los contratados era aquél un trabajo que debía hacerse con toda la responsabilidad. Para otros, los menos, fue la oportunidad de ponerse al servicio del poder y del propio Salinas, de quien se convirtieron en caricaturescos defensores.

Salinas también entendió que no se puede gobernar una ciudad tan poblada y compleja con hombres silvestres e ignorantes como Ramón Aguirre Velázquez. El regente de los días del temblor, a su ofensiva torpeza sumó el agravio del autoritarismo, que en aquella hora cayó como ácido sobre el dolor de la tragedia. Por eso, el sucesor fue un hombre que en muchos sentidos resultaba lo opuesto al contador de San Felipe Torresmochas.

El terremoto mostró que la procuración de justicia en la ciudad era exactamente lo contrario. Los derrumbes permitieron descubrir cadáveres con notorias huellas de tortura y dejaron al descubierto otros abusos criminales de quienes cobran por proteger a la sociedad. Contra todas las evidencias, la entonces procuradora Victoria Adato Green optó por proteger a los criminales amparados en placas policiacas. Lejos de ser sometida a proceso por encubrimiento y acaso complicidad, en ese mismo año se le convirtió en magistrada de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Fue la primera gran campanada para el Poder Judicial, pero no hubo oídos dispuestos a escuchar. No hubo entonces un Abraham Polo Uscanga que abogara por una verdadera impartición de justicia.

La tragedia de 1985 es resultado de las incontrolables fuerzas de la naturaleza, pero sobre todo de la especulación inmobiliaria, de la corrupción, la irresponsabilidad y la ignorancia de legiones de funcionarios que tienen en sus manos a una población privada de derechos políticos tan elementales como elegir a sus autoridades. Esos gobernantes han propiciado el crecimiento inmoderado de la Capital de la República, lo que a su vez ha acarreado graves problemas. Un elemento ilustra elocuentemente la irracionalidad que impera en la Ciudad de México y en el País: el agua. Para saciar la sed de la urbe, una considerable proporción del líquido se trae de fuentes localizadas fuera del Valle de México. Primero fue del río Lerma, cuyas obras se concluyeron en la primera mitad de los años 50. El robo de caudales a ese río ocasionó una severa erosión de la cuenca, antes caracterizada por su productividad agrícola; también causó una drástica baja en el nivel del lago de Chapala, que desde entonces sufre un acelerado proceso de deterioro ecológico. Consecuentemente, se empobreció el torrente del río Santiago, nombre que adopta el Lerma al salir del lago, y fue insuficiente para mover las turbinas de la hidroeléctrica que dotaba de energía a Guadalajara, ciudad que languideció durante varios años. El proceso puede repetirse ahora que se toma agua del río Cutzamala y cuando, como está previsto en una siniestra planificación de desastres, se tenga que recurrir a fuentes todavía más lejanas. Pero lo peor se deriva de la captación de agua en fuentes situadas dentro del Valle de México. Siete de cada 10 litros se extraen del subsuelo capitalino, pese a que de esa manera se están creando grandes oquedades que ponen en peligro a la Ciudad en su conjunto, pues está asentada sobre una especie de queso Gruyere. Está en riesgo la seguridad de todos, pero nada han hecho las autoridades, las de antes o las de ahora, para detener esa locura que amenaza nuestra supervivencia.

En una ciudad que ha crecido sin freno, es explicable que la especulación inmobiliaria haya destruido zonas enteras o transformado, para mal, la fisonomía de barrios tradicionales. La devastación de la arquitectura y el caos de las construcciones son propiciados por una legislación que siempre deja al arbitrio de uno u otro funcionario la decisión última y, en consecuencia, abre la puerta a la coerción o al soborno. El fenómeno puede afectar toda edificación, pero principalmente a las construcciones de sector público, como lo demuestra el hecho de que en 1985 resultaran dañadas más de mil 500 escuelas, numerosos hospitales, multifamiliares y oficinas públicas. Por eso, el Grupo de los Cien declaró que "la corrupción es una pésima constructora".

A diferencia de lo que hubiera ocurrido en un país democrático, aquí no fue a la cárcel ni un sólo constructor, ni un sólo funcionario o ex funcionario responsable de extender licencias de edificación. Se arguyó que los reglamentos en vigor no obligaban a tomar providencias contra un sismo de más de 8 grados en la escala de Richter. Hubo, sin embargo, un personaje que no podía ampararse en esas consideraciones: Guillermo Carrillo Arenas, ejemplo de analfabetismo, prepotencia e impunidad.

Carrillo Arena tiene una especial habilidad para estar cerca de los negocios. Fue presidente de juntas de mejoras materiales, funcionario de dependencias relacionadas con la construcción de obras en la Secretaría de Salubridad, el Seguro Social, el Infonavit, la Secretaría de Asentamientos Humanos y Banobras. En 1982 la suerte o la amistad lo convirtieron en Secretario de Desarrollo Urbano y Ecología y como tal llegó al 19 de septiembre de 1985. Lo que importa destacar aquí es su responsabilidad en el derrumbe del Hospital Juárez y otras construcciones en las que tuvo injerencia. Con esa base, numerosos periodistas -destacadamente Raúl Prieto Riodelaloza- exigieron que se le fincaran responsabilidades por muchas de las muertes ocurridas en los días del terremoto. Su despotismo e ineptitud obligaron a apartarlo del cargo, pero siguió disfrutando de una impunidad que parece inexplicable.

Mientras hay una notoria protección hacia personajes como el citado, 10 años después de los trágicos sucesos de 1985, en algunas partes de la Ciudad son observables las cicatrices, como en la Avenida Juárez. Era ésa una de las zonas más animadas de la Ciudad. A todas horas del día y de la noche era recorrida por gente deseosa de ver gente, por espíritus ávidos de diversión y de la cultura, que se solazaban en sus cines, librerías, centros nocturnos, cafés y restaurantes donde la conversación agotaba gratamente las horas. Hoy es un área baldía e insegura, como lo va siendo toda la Ciudad. Es un territorio lúgubre y depauperado en el que habitan los fantasmas de la desesperanza y los demonios del rencor. Es un testimonio horroroso de que la Ciudad sigue enferma. El remedio para sus males quizá lo hallemos entre todos.

Recuerdo que en el terremoto de 1985 no solo perdí dos centros de trabajo, sino experimenté el dolor, taquicardia y adrenalina del pueblo mexicano.

Con un grupo de amigas, porque nadie sabía que hacía falta ni en dónde, nos fuimos en una combi que nos prestaron para preguntarle a la gente qué necesitaban. Con Pilar Pellicer y Ana Martin, recuerdo, llegábamos como a las tres de la mañana a la "W" para radiar a la población que si alguien tenía un pico, pala o alimentos lo llevara a tal lugar.
Cuando recuerdo las imágenes que vi aquel 19 de septiembre no puedo dejar de involucrarme con el pesar y angustia de muchas personas.

Largas jornadas de trabajo y el apoyo colectivo son de las cosas que más se me quedaron grabadas.

Descubrimos la calidad de pueblo que somos. El pueblo solucionó, participó, ordenó, organizó, no esperó a que "papá Gobierno" lo hiciera.

Desafortunadamente somos gente que funciona gracias a la adrenalina. Somos fantásticos para las emergencias, pero lo que tendríamos que aprender es que la vida cotidiana, si bien es muy aburrida, sucede todos los días y tenemos que entrarle con el mismo ingenio, audacia y fuerza en las situaciones difíciles, estamos llenos de héroes.

Para varios conductores de noticieros de televisión, transmitir la noticia del terremoto del 19 de septiembre de 1985 fue una experiencia desgarradora, no sólo por la información, sino porque su vida también estuvo en peligro.

En este trágico suceso, actores y cantantes se unieron a las labores de rescate, a pesar de que algunos de ellos también perdieron a familiares en esa tragedia.


Había acudido al noticiero Hoy Mismo como suplente de Guillermo Ochoa, pero María Victoria Llamas nunca se imaginó que ese día iba a ser uno de los más angustiantes de su vida.

La conductora, junto con Lourdes Guerrero y Juan Dosal estaban transmitiendo al aire el noticiero cuando a las 07:19 horas sucedió el temblor.

"Yo, en ese momento, estaba leyendo una nota de Mario Moya Palencia cuando desde la cabina de producción nos avisan por los audífonos que estaba temblando'', dijo, "yo sentí que me jalaban la mesa y en eso nos dicen que iban hacer una toma abierta para que la gente viera como se movía el plafón''.

"Yo en voz baja dije que no quería que se viera eso porque me iba asustar. En eso nos salimos del aire y todo mundo corrió, sólo Lourdes y yo permanecimos en el estudio.

"Tiradas en el piso y abajo del escritorio soportamos el temblor. Las luces se movían y rechinaban muy feo, se sentía horrible''.

Señaló que tanto Lourdes Guerrero como ella trataron de mantener la calma para después lograr salir por la parte de atrás de Televisa.

"Posteriormente, traté de comunicarme con mi esposo y mis hijos, que estaban estudiando en el extranjero, pero fue imposible'', indicó. "Con mi hermana que vive en Monterrey (María Eugenia Llamas) pude hablar días más tarde porque de igual forma la comunicación no servía''.

Expresó que horas después del terremoto se dirigió a los estudios de la XEW para transmitir en vivo lo que estaba sucediendo.

"Fue muy triste haber perdido a compañeros de trabajo como Ernesto Villanueva, productor de Hoy Mismo y a Félix Sordo'', comentó.

También fue muy triste enterarse de que murió gente muy humilde, como los puesteros, voceadores y boleros que vendían sus cosas afuera de Televisa.

Aunque el temblor la sorprendió cuando aún estaba durmiendo, Carmen Salinas se levantó y al enterarse de la catástrofe, lo primero que hizo fue ir a vaciar las farmacias y llevar los medicamentos a la Cruz Roja.

"Compré vendas, mercurio, antibióticos, medicamentos para los dolores; en fin, un montón de cosas.

"Después anduve en Tepito, la colonia Guerrero y otros lugares de la ciudad para levantar censos de las vecindades caídas para ver la manera de volverlas a levantar'', dijo Carmen Salinas.
Además, se pusieron a recoger comida de la que no se echa a perder, entre los vecinos para llevarle a toda la gente.

La artista también compró cobertores y recopiló ropa limpia y en buenas condiciones entre sus vecinos, para toda la gente que se quedó sin nada.

"Este martes voy a hacer una misa para Pedrito mi hijo a quien le prometí ir a la iglesia a rezarle cada 19 de mes y ofreceré mis oraciones también por toda la gente que murió en el temblor'', indicó.

La regiomontana también formó parte de un grupo de personas que se unieron para ayudar a los afectados por el terremoto.

"Arriba de una combi llevamos comida y agua a todos los lugares más dañados por el sismo'', indicó, "también tratábamos de convencer a los damnificados de que no regresaran a sus casas por sus cosas, porque podría ser peligroso.

"Fue algo espantoso, veía a la gente sin ánimo y deseo de seguir. La ciudad olía a cadáver, a escombros, fue algo muy feo''.

Importante escenario de la historia de la Ciudad, que pareciera erigirse en el tiempo como símbolo de voluntad y permanencia, Tlatelolco ha perdido, en 10 años, el ansia de lucha que durante siglos caracterizó a sus habitantes.

Fundado en 1337, fue en la época prehispánica un emporio comercial que desafió
al emperador azteca y el último lugar de resistencia al conquistador español.

En el islote ubicada a un lado de Tenochtitlán se constituyó el mercado más
importante de época prehispánica, el vigor y agresividad de sus 25 mil comerciantes
instalados diariamente en la plaza fue la causa principal de la guerra entre tlatelolcas y mexicas,
que terminó en la opresión y sometimiento de los primeros.
Sede del Colegio de la Santa Cruz en la época colonial e importante centro de comunicaciones en el México Independiente por su cercanía con la estación de ferrocarriles, en Tlatelolco se concentraron los grupos sociales más precarios en la década de los 50.

El proyecto de edificación de la unidad habitacional más grande y moderna de América Latina fue encargado al arquitecto Mario Pani. Originalmente la unidad abarcaría de Buenavista a la Vía Tapo, donde está la terminal de autobuses de San Lázaro, pero el presupuesto se terminó en la tercera sección.

La construcción inició en 1958 y cuatro años más tarde se inauguraba la primera
sección con el nombre de Unidad Habitacional Presidente Adolfo López Mateos, hoy
conocida como Nonoalco Tlatelolco.

El 2 de octubre de 1968, en pleno apogeo del movimiento estudiantil, la fama del legendario barrio se consolidó en todo el mundo con un terrible suceso: el Ejército Mexicano disparó a quemarropa sobre miles de estudiantes desarmados que se habían congregado en la Plaza de las Tres Culturas.

Con el terremoto de 1985, Tlatelolco volvió a ocupar las páginas de diarios nacionales e internacionales al desplomarse parte del edificio Nuevo León, dejando entre los escombros a cientos de muertos. Nuevamente de luto, los habitantes respondieron a la tragedia y coordinaron las labores de rescate y ayuda.

La unión de esos días, hoy parece lejana. "Lo que en cierto momento llegó a ser punta de lanza en la concientización, ahora está acabado", afirma Max Mendizábal. Autor del libro Movimiento Vecinal en Tlatelolco, que obtuvo la mención honorífica "Testimonio 1983" del Instituto Nacional de Bellas Artes, explica la transformación de la unidad como resultado de una política agresiva del Gobierno.

"En 1985 existían en Tlatelolco tres organizaciones vecinales, lo que permitió que en
el momento de los sismos hubiera una movilización de inmediato, pues había una base
organizativa.

Fue el origen de la Coordinadora Unica de Damnificados.

"Con los sucesos posteriores, mucha gente quedó en unas cuantas manos que
manipularon el movimiento; el Gobierno comenzó una campaña para que la gente vendiera
sus propiedades, muchos departamentos quedaron vacíos y las propiedades se devaluaron".

Ahora, concluye, mucha gente tiene miedo de vivir en Tlatelolco.