Por: Edna García de Martínez. Desarrollo y Formación Familiar
Artabán era un hombre rico y culto, estudioso de la astronomía y física. En el estudio de las estrellas había encontrado la señal: “El hijo de Dios estaba por nacer”, así que planeó encontrarse con los tres Reyes Magos para adorar al niño Jesús.
Vendió todas sus pertenencias para organizar su viaje y adquirir los presentes que le llevaría a ese niño. Su actitud causaba gran admiración, ya que su único interés en la vida era conocer y llevarle tres regalos valiosos a Jesús. Un zafiro, un rubí y una perla son las joyas que adquirió.
No era fácil emprender un viaje tan largo por lugares extraños y peligrosos, así que para Artabán no era sencillo encontrar quién lo acompañara. Su padre apoyó sus planes, le puso a su disposición a un esclavo llamado Beor, al cual le dijo: “Si regresas a mi hijo con vida, te doy tu libertad”. Así vio partir a Artabán, dándole su bendición.
Artabán había acordado reunirse con los otros Reyes Magos. Sin embargo, no lo logró, ya que durante el trayecto tuvo muchos contratiempos.
Primero, se topó en su camino con un hombre que se encontraba enfermo y a punto de morir. Artabán se compadeció y le brindó su ayuda. Beor por su parte, insistía en no detenerse... “No comprendo a mi amo, vende todo lo que tiene, busca un Dios que ni siquiera está seguro de que existe y para colmo, me manda al pueblo más cercano a comprar todo lo necesario para ayudar a este hombre moribundo”.
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La autora es maestra normalista con estudios en Desarrollo Familiar y Educación Especial. Si desea escribirle puede hacerlo al siguiente correo electrónico: dffac@infosel.com
Al continuar su recorrido, se encontraron con una caravana que trataba de cruzar el desierto. Artabán, con su gran corazón, no podía rechazar la necesidad de ayudar al prójimo, les regaló el zafiro para conseguir alimento, medicinas, ropa. Dedicó años de su vida a curar a los enfermos y reconfortar a los abandonados. Beor renegaba, ya que algunos de estos enfermos tenían lepra. Y entre enojos no lograba entender por qué su amo se desprendía de una de las valiosas joyas, tan sólo por ayudar a unos desconocidos.
Artabán por su parte le daba un gran ejemplo de humildad y esperanza, ya que el tiempo pasaba y pesar de eso no perdía la esperanza de encontrarse con Jesús. Por fin Artabán llega a Belén de Judea, donde pregunta si alguien había visto a unos hombres vestidos como él.
“Sí”, le respondieron, “vinieron a ver al niño del pesebre pero ya se retiraron...” ¿Del pesebre?, Beor se cuestionaba, ¿acaso su amo no se estaría volviendo loco, después de viajar por tantos años en busca de un “rey” pobre?
En este tiempo reinaba el Rey Herodes, quien estaba muy enojado por la visita de los tres reyes que llegaron del Oriente, ya que ellos aseguraban venir a adorar al rey que acababa de nacer, “Hemos visto su estrella al Oriente y venimos adorarle”, le dijeron.
Herodes reunió a los sacerdotes y escribas para preguntarles en dónde iba a nacer el Mesías. Ellos contestaron que en Belén. Así que no pasó mucho tiempo cuando el rey Herodes mandó matar a todos los pequeños menores de dos años, ya que según él de esta manera se aseguraba de que ese niño de que tanto hablaban muriera también.
Durante la matanza, Artabán vio llegar a los soldados, protegió a una mujer que llevaba su bebé en brazos, los escondió y los enfrentó, les entregó el rubí a cambio de que dejaran con vida al pequeño.
Al preguntar por el niño del pesebre, le informaron que sus padres habían partido rumbo a Egipto, ya que estaban enterados de los planes del Rey Herodes.
Artabán partió nuevamente en su búsqueda. A lo largo del camino se seguía encontrando con personas que solicitaban de su ayuda. Después de muchas peripecias, llega a Egipto y un rabino le informa que la familia de José, el carpintero, había emprendido su viaje de regreso a Nazaret.
“¡Otra vez! ¿Por qué no mejor nos quedamos a vivir aquí?”, renegó Beor. Pero el cuarto Rey Mago, aunque más viejo, no perdía las ilusiones de encontrarse con ese Rey, por lo que decide emprender nuevamente su viaje.
No es hasta muchos después, cuando el rey tenía casi 33 años de edad, que Artabán presintió que su sueño se haría realidad, al fin conocería a Jesús, ya que en el pueblo en el que se encontraba se escuchaba de un hombre que hacía milagros y que llamaban el hijo de Dios.
La perla que era la última de sus joyas, la entregó por salvarle la vida a una mujer condenada a ser esclava si no pagaba sus deudas.
Ya sin dinero y sin regalos Artabán y Beor deambulaban de pueblo en pueblo y llegaron a Jerusalén en las fiestas de Pascua. Oyeron hablar del maestro nazareno y de una celebración que tendría con sus seguidores. A toda prisa y con el corazón latiendo, se encaminan a la casa donde se celebraba la cena pascual. Pero llegaron demasiado tarde, pues Jesús y sus discípulos ya habían abandonado el lugar.
La posadera del lugar les sugirió que lo buscarán en el Monte de los Olivos. Al llegar ahí, se encontraron con un hombre llamado Pedro. Beor le pregunta: “¿Eras tú el que acompañaba al Maestro?”, y él contestó: “Yo, ni siquiera lo conozco”. En eso, se escuchó el canto de un gallo. Y Pedro rompió en lagrimas.
Al día siguiente, Artabán escucha que Jesús, el nazareno, va a ser coronado. Se emociona y quiere estar a toda costa presente. Se encamina al palacio de Poncio Pilato, pero no lo dejan entrar, sólo logra escuchar algunos gemidos y azotes. Se entera de que a su Rey lo acaban de coronar, pero con filosas espinas.
Artabán se va con tristeza y ya sin fuerzas por no poder hacer nada por su Rey, ya que estaba destinado a ser crucificado.
Un extraño deseo de ver a Jesús, aunque sea en la cruz, lo hace encaminarse al Monte Calvario. Beor, a pesar de contar con su libertad, se compadecía de su amor, y lo acompaña. La muchedumbre les impide llegar hasta la cruz. Cuando al fin pueden acercarse, Jesús había muerto.
Tres días más tarde, Artabán y Beor caminaban sin dinero y rumbo, cuando se aparece ante ellos un majestuoso hombre. “Artabán, ¿a dónde te diriges?”, le pregunto el hombre.
“A ningún lado, porque al Rey que busque por años ha muerto y ni siquiera vi su cara”, contestó.
- “Alégrate, pues aquí estoy, yo soy aquel Rey al que siempre veneraste y colmaste de regalos”.
“Artabán le preguntó: - ¿Cuándo te veneré? ¿Y de qué regalos me hablas si vengo con las manos vacías?”.
“¿Recuerdas aquel enfermo, a la caravana del desierto, al niño que salvaste su vida y aquella mujer que libraste de ser esclava?... Pues bien, todo aquello que hayas hecho por los demás, me lo has hecho a mí. Ése es el regalo más valioso”.
