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 La clase política
09 de abril de 2007 09:33

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Dany Portales

El 6 de julio se ve ya lejos, los partidos que tendrán representación en la Cámara de Diputados ya hasta han escogido a sus coordinadores. No hubo sorpresas, en el PAN ya se sabía que sería Francisco Barrio; en el PRI Elba Esther Gordillo; en el PRD Pablo Gómez; y en el PVEM Jorge Kahwagi. Mucho se ha hablado sobre estas elecciones, ríos de tinta han corrido respecto al altísimo abstencionismo; los políticos, el gobierno, los partidos, los legisladores, en los medios, en todos lados se comenta que se tiene que hacer algo, que es urgente la Reforma del Estado, terminar las reformas electorales, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, prácticamente todo esto ya se comentó justo después de las elecciones del 2000 y de las de 1997, y no pasó nada. Yo, sinceramente no creo que vayan a haber cambios para el 2006.

Hace algún tiempo tuve un debate con un amigo sobre las reformas que se requerían en el país, las tan conocidas, pero poco debatidas, reformas estructurales. Él me decía que primero tenía que haber una Reforma del Estado, reacomodar las reglas del juego en que se desenvuelven los partidos y los principales actores políticos del país. Dicha reforma se comentó bastante justo después del 2 de julio del 2000, incluso hubo una mesa de estudios sobre el tema que encabezó Porfirio Muñoz Ledo. Entre otras muchas cosas, el objetivo de una reforma de ese tipo era (y lo sigue siendo) desmantelar las viejas prácticas políticas y corporativistas que el PRI construyó para permanecer en el poder. Se planeaba incorporar como instrumentos válidos, desde la Constitución, al referéndum y al plebiscito. La relación entre los 3 poderes, mas independencia al poder Judicial, menos atribuciones o acotamiento del poder Ejecutivo, remodelar el veto, etc.

Yo le decía a mi amigo que no necesariamente tenía que ser primero esa reforma para que se dieran las otras (laboral, fiscal, eléctrica, energética, etc.) pues pudieran negociarse en paralelo y sacarlas todas en un mismo periodo. Aún sigo pensando lo mismo, estrictamente hablando si es posible que, de manera paralela (por eso los legisladores tienen comisiones para cada tema), se pudiera llegar a un acuerdo sobre las reformas y sacarlas todas en un lapso de un periodo legislativo o máximo un año. Pero la teoría es distinta a la realidad. Son tantos los intereses creados en torno al status quo actual, que sinceramente dudo que las reformas estructurales, todas, incluida la del Estado, pasen en el corto o mediano plazo. Probablemente se hagan algunos cambios, modificaciones, engendros fiscales, parches aquí y allá, pero las verdaderas reformas estructurales de fondo no se darán en México hasta que la partidocracia sea minimizada. Mientras la actual clase política siga teniendo la sartén por el mango, mientras tengan tantos intereses y sus sueldos vengan de nuestros impuestos, no habrá reformas estructurales de fondo, que ataquen los problemas de raíz y no simples aspirinas.

A continuación voy a citar un párrafo del analista político Lorenzo Meyer, publicado el 10 de julio del presente en el periódico El Norte: “Fueron dos teóricos italianos, Gaetano Mosca (1858-1941) y Wilfredo Pareto (1848-1923), quienes pusieron de manifiesto la existencia en cualquier sociedad de un grupo de políticos profesionales que, aunque dividido internamente y en lucha constante, en conjunto conforma una clase con intereses comunes frente al resto de la sociedad. Sobre ella se impone y de ella vive. Desde la perspectiva del grueso de la sociedad mexicana, se confirma lo atinado de la visión de los italianos: las dirigencias políticas aparecen como parte de un todo -una clase- particularmente ajeno e inepto y que no merece la confianza y apoyo de la sociedad de la que extrae recursos considerables y a la que dice conducir.”

Es esa clase política, que Lorenzo Meyer describe a la perfección, quienes nos estan “dirigiendo”, quienes nos “gobiernan”. Ellos toman las decisiones por el grueso de la población. Ellos tienen el poder de hacer los cambios, o de no hacerlos. Es por esta sencilla razón que entre más abstencionismo haya mas poder se le da a esa clase política. Muchos insisten en perdonar a los abstencionistas, en justificarlos, incluso hay quienes dicen que se les debe felicitar. Pero yo insisto en que los abstencionistas simplemente entregaron un cheque en blanco a la clase política, son sus cómplices. Y es que, como vimos en la editorial pasada, los partidos políticos, todos, cuentan con un voto duro. Es decir, siempre habrá un porcentaje de la población, de los ciudadanos, minoritario, que acudirá a votar. Ya sea porque pertenecen a esa clase política directa o indirectamente, porque deben favores, porque buscan favores, porque fueron presionados, coaccionados, comprados con una torta y un refresco, o simplemente porque tienen la camiseta puesta del partido y son fieles.

Nuestro sistema político actual se basa en los partidos, nadie puede llegar a un puesto público de elección popular si no es postulado por un partido político. En el poder Legislativo hay curules que son plurinominales, que se reparten únicamente entre los partidos políticos que participaron en las elecciones de acuerdo a los votos obtenidos. No hay mecanismos de rendición de cuentas, para cada legislador, de tal manera que su distrito u estado lo evalúen en una elección. Realmente, los legisladores se deben a sus partidos, a sus dirigentes. Es por esta razón que los partidos votan, casi en la totalidad de los casos, por bancada y no por legislador. Es decir, en la práctica, el Congreso esta dividido en 4, 5 o 6 votos, con diferente peso específico, pero al final de cuentas, solo se representa a esos partidos, a esa clase política.

Son esos mismos altos dirigentes de partidos, quienes se reciclan cada 3 o 6 años, brincando de una cámara a otra, de una alcaldía a una gobernatura o legislatura local, quienes viven de la política por décadas. Pocos tienen experiencia en la vida real, con los problemas reales, y muchos, se hacen de dinero, tierras y negocios, en el camino, por las palancas, compadrazgos y/o cacicazgos. Varios, con mucho poder debido al dinero que sus organizaciones sindicales aportan a su partido, impiden que reformas estructurales se hagan a ciertos sectores y causan daño al resto de la población por los monopolios, desvíos, o robo de dinero. No es posible que haya personas que cobren sueldo de legislador y a la vez sueldo por algún puesto en un partido y al mismo tiempo sueldo por ser líderes de algún sindicato u organización. Hay otros que sacan provecho de sus puestos para que sus bufetes de abogados o contadores ganen pleitos o contratos multimillonarios.

Definitivamente no habrá reformas estructurales de fondo en este país mientras la clase política actual siga teniendo tanto poder. ¿Cómo lograr que exista un mercado libre de energía eléctrica, controlado por el Estado por medio de la trasmisión y la distribución, cuando el sindicato de los electricistas tiene tanto poder dentro del PRI, el partido con mayoría relativa en la Cámara de Diputados, mayoría absoluta en la Cámara de Senadores, y mayoría en los Congresos Estatales? ¿Cómo lograr una reforma energética que modernice e independice a PEMEX si el sindicato es controlado por el PRI a través de sus corruptos líderes? ¿Cómo lograr un cambio sustancial en el campo cuando la mayor parte de los votos del PRI vienen de ese sector, aprovechándose de la ignorancia y el control clientelar y cacical que tiene en todos y cada uno de los municipios del país? ¿Cómo lograr un cambio sustancial en la educación si uno de los principales problemas es la falta de productividad y competitividad de los maestros entre si, pero estos, su sindicato, el mayor de América Latina, pertenece al PRI? ¿Cómo lograr una reforma laboral, que aumente la competitividad de las empresas mexicanas y democratice a los sindicatos, cuando las principales centrales obreras están afiliadas al PRI y sus líderes se vuelven viejos (y muy ricos) a costa de sus correligionarios? ¿Cómo lograr un gobierno esbelto, eficiente, productivo, si todos los sindicatos de burócratas pertenecen al PRI y las leyes actuales no permiten el despido de trabajadores de planta?

Definitivamente si queremos ver reformas estructurales de fondo primero tendrá que ocurrir una Reforma del Estado que desmantele, de una vez por todas, el andamiaje que el PRI construyó para controlar y saquear a este país, beneficiando a la clase política de la cual ellos son mayoría. No debería ser así, pero la realidad nos indica que así tiene que ser. Muchos antifoxistas le reclaman al Presidente no haber desarticulado al PRI, no haber hecho una Reforma del Estado, incluso haber permitido que el PRI recupera mucho poder en este 6 de julio pasado. Se les olvida a esos críticos el hecho de que los cambios de fondo tienen que darse desde las leyes, y eso sólo ocurre en el Congreso, controlado por el PRI. Se les olvida a los críticos que Fox no obtuvo mayoría absoluta en el 2000, vaya, ni siquiera logró la mitad mas uno de los votos, ya no digo del padrón electoral. Se les olvida que el PRI obtuvo mas de 13 millones de votos en el 2000, suficientes para presionar al Presidente, directa o indirectamente, a dejar todo como esta, a reclutar priístas en el gabinete, a dejar a la burocracia sin tocar. ¿Cómo desmantelar al PRI si el PRD, con quien pudiera el PAN aliarse para lograr algo, en voz de su candidato en el 2000, Cuauhtémoc Cárdenas dijo, al saber que Fox y el PAN habían ganado, que México había retrocedido?

Tiene que haber una reforma del Estado primero, creo que eso es evidente, pero no creo que suceda. La clase política no quiere perder el poder que tienen, los cacicazgos, el financiamiento público, sus derechos. Una reforma del Estado requeriría de grandes cambios en material electoral. Por ejemplo, yo antes creía y afirmaba que los legisladores plurinominales deberían desaparecer, pues nadie voto por ellos y solo alimentaban a la partidocracia. Sin embargo, ¿qué pasaría si un solo partido ganase los 300 distritos electorales, por mayoría simple y no hubiera plurinominales? En un sistema multipartidista como el nuestro, donde no hay segunda vuelta, en teoría, un partido pudiera ganar los 300 distritos electorales aunque la mayoría de las personas no votasen por ese partido. Un Congreso así no reflejaría a la población. Creo que los plurinominales deben seguir existiendo, pero el sistema debe perfeccionarse a favor del pueblo minimizando a los partidos.

Para empezar, el porcentaje de legisladores debe ser lo más cercano posible al porcentaje de votos que obtengan los partidos. No es posible que el PRI tenga alrededor del 44% de los diputados, cuando solo obtuvo el 36% de los votos. Para lograr lo anterior, y basándose en un número inicial fijo de 300 diputados, uno por cada distrito, la cantidad de plurinominales debe ser variable, es decir, no un número fijo. De ese modo el IFE podría asignar diputados a cada partido de tal manera que el número final para cada uno sea el mas cercano posible, en porcentaje, a los votos obtenidos, siempre partiendo de la base de 300 diputados. Aquí muchos estarán pensando: “¿cómo propone eso? Una fórmula dinámica como esa haría que, en teoría, de 500 diputados que se tienen ahora, se podría llegar a 600 o hasta 1000, si ya no aguantamos a 500, con sus sueldazos, baja productividad, pura grilla y nada de avance.” De hecho, en teoría, el número de diputados podría ser infinito, si el número de partidos políticos tiende también al infinito, pero hay que ser realistas y reconocer que eso no pasaría. Además se podrían poner candados, como un mínimo del 2% de los votos para tener derecho a un diputado.

Ahora, el truco a favor del pueblo que minimiza la partidocracia, consiste en eliminar la lista de los plurinominales. Es decir, ya no habría una lista de “ilustres” miembros del partido que, sin participar activamente en la contienda electoral, lleguen a ocupar alguna curul. Los plurinominales serían escogidos de entre los segundos o terceros lugares de cada partido en cada distrito, empezando siempre por el candidato que haya obtenido el mayor segundo o tercer porcentaje entre todos los distritos, hasta que el porcentaje de cada partido en el Congreso sea equivalente al porcentaje de votos obtenidos en todo el país. De este modo, nos aseguraríamos que todos los diputados y senadores participaron activamente en las elecciones y que hubo gente que voto por ellos. Les aseguro que si hubiese un sistema así no veríamos en el Congreso a personajes como Bartlett, Fernández de Cevallos, Martí Batres, y una larga ristra de vividores del presupuesto, buenos para nada, que solo detienen el avance del país y que se la pasan frente a los micrófonos criticando todo sobre los de enfrente inmovilizando el debate y el consenso.

Un sistema como el anterior, adicionado con la reelección de diputados y senadores, y donde los plurinominales del Senado sean ajustados cada 3 años, de acuerdo a los resultados de las elecciones federales, acercaría a los partidos con la ciudadanía en buena medida. Seguiríamos teniendo un sistema basado en partidos, pero mas representativo. El punto final sería permitir candidatos, sin la mediación de partido alguno al menos para diputados y senadores, lo cual brindaría la oportunidad de que hubiese legisladores independientes con una presencia en el Congreso bastante alta. Obviamente lo aquí descrito, raya más en un sueño guajiro que en algo posible, pero si no ponemos en discusión ideas de este tipo, sino las presentamos a la clase política como un deseo de la ciudadanía, si no presionamos cada quien con nuestro grano de arena, entonces si será un sueño guajiro. De nosotros depende quitarnos a esos piojos que componen la clase política mexicana.