Este lunes 1º de septiembre el Presidente Vicente Fox rendirá su tercer informe de gobierno. La verdad yo no espero grandes cosas en dicho informe. Ya estamos casi a la mitad del camino del sexenio foxista y la gran mayoría de los mexicanos están decepcionados con los resultados del “cambio”. Se nos prometió un país mucho mejor que en el cual estamos hoy. Durante la campaña se prometió que para el 3er año de gobierno, muchos cambios ya habrían sucedido y las mejoras estarían dando resultados. Lo cierto es que no han habido muchos cambios, sustanciales, de fondo, estructurales, en estos casi 3 años de gobierno foxista.
Durante muchas décadas el informe anual de los presidentes no fue más que una burla para todos los mexicanos; era una especie de pasarela en la cual el presidente en turno se pavoneaba y recibía pleitesía como monarca absoluto que era en sus 6 años de gloria. Sobra decir que dichos discursos estaban plagados de cifras, datos, acciones, que se habían hecho en “pro” de la Nación. Incluso en los peores años de crisis (que muchos ya no recuerdan y ahora dicen que hoy estamos peor que nunca) como el 82, 85, 95, entre otros, siempre había algo bueno que decir; algo que ya se estaba haciendo y que nos sacaría del tercermundismo. La abrumadora mayoría de legisladores e invitados priístas se desbordaba por honrar al “monarca”, y si acaso se escuchaban voces de discordia, eran acalladas por los estruendosos aplausos. Pocos se atrevían a interpelar al mandatario.
Todo lo anterior empezó a cambiar en el sexenio salinista. Las voces discordantes aumentaron, se unieron, gritaron. Claro que los aplausos priístas aún apabullaban a los inconformes. De esa época se conoce a un Vicente Fox que retador se colocó boletas electorales en los bolsillos y orejas para interpelar “al pelón” y reclamarle el fraude electoral. Las cámaras oficiales no tomaban a los inconformes, tuvimos que comprar los periódicos del día siguiente (y no salía en todos) para poder leer las pancartas, las consignas que le gritaban. Pues en el audio en vivo solo se escuchaba un barullo y después los aplausos.
Con Zedillo hubo mas libertad. Muchos le guardan rencor y le reclaman muchas cosas, pero hay que reconocer que si Zedillo no se hubiera impuesto a lo más jurásico del PRI, hoy todavía no tendríamos un IFE ciudadanizado, las campañas electorales serían mucho mas asimétricas de lo que son, y seguramente hoy estaría gobernando Labastida. En el sexenio zedillista los inconformes fueron mas numerosos, sobre todo en los últimos 3 años cuando el hubo mas diputados de oposición que priístas (en el senado el PRI siempre ha sido mayoría, aún hoy con Fox), por lo que pudimos ver las interpelaciones de mejor manera, en vivo. Incluso en ese periodo, el zedillista, fue cuando vimos por primera vez a un legislador de oposición responder el informe a un presidente.
Hoy todo lo anterior, las interpelaciones, los gritos, las manifestaciones dentro y fuera del recinto legislativo, nos parecen casi normales. Se nos ha olvidado muy rápidamente como era la política todavía hace 10 o 15 años. Hoy Fox ya no puede dar cifras “alegres” como las que nos dieron durante tantos años; hoy la libertad es plena, el acceso a la información es mucho mayor; hoy ya no es tan fácil como antes.
No, no podemos esperar cifras buenas en este informe de gobierno. Las finanzas públicas han venido deteriorándose con el tiempo. La deuda sigue siendo una pesada carga para el erario. Deudas que tenemos que pagar porque los gobiernos de los 70’s, 80’s y 90’s hipotecaron su futuro, nuestro presente y futuro. Lo único que podría esperarse del 3er informe foxista es algún plan para sacar al país del estancamiento, una estrategia para avanzar sin esperar las tan escuchadas reformas estructurales. Pero la verdad sea dicha, hoy el Presidente ya no es el reyezuelo absoluto, como lo fueron sus antecesores, como para resolver todos los problemas él solo, al menos no de fondo. Dudo que lo que vaya a decir, y aquí lo estaremos analizando la próxima semana, vaya a repercutir en el bienestar de la nación.
Hoy la pelota esta definitivamente en la cancha de los legisladores. Este país requiere cambios de fondo, profundos, estructurales, para intentar atacar sus problemas desde la raíz. Sin embargo, en la nueva democracia que estamos empezando a probar en México, esos cambios ya no dependen de la voluntad exclusiva del ejecutivo federal. Antes, cuando los presidentes controlaban ambas cámaras del Poder Legislativo, a los jueces y magistrados del Poder Judicial, a todos los gobernadores, a todos los congresos locales, a la mayoría de los municipios, a las mayores centrales obreras, a todos los campesinos, a todos los burócratas, a la mayoría de los maestros, a una buena parte de los empresarios, en fin, cuando el andamiaje cacique-corporativista priísta funcionaba, las cosas eran mucho más sencillas. Y aún así la regaron. Y aún así no pudieron gobernar el país ni sacarlo del tercermundismo. O no quisieron. O ése era su plan. ¿Quién sabe? El punto es que hoy el Presidente no las puede todas. Si, tiene mucha responsabilidad, maneja mucho dinero. Puede hacer virajes en la política social, económica y política. Pero tales cambios siempre estarán acotados por sus limitadas atribuciones y sobre todo por lo que el Congreso disponga.
Nadie esta diciendo aquí que los legisladores aprueben todo lo que Fox les proponga, y mucho menos sin cambios, adecuaciones o mejoras. Lo que así se exige es que los legisladores verdaderamente se pongan la camiseta de representantes del pueblo, que se quiten las camisetas de sus partidos, de sus intereses particulares y/o de grupo, y que se pongan a trabajar. Que se pongan de acuerdo para encontrar la mejor solución de acuerdo a las condiciones “ambientales” por las que atravesamos en estos momentos. Que legislen las reformas y cambios que este país necesita; no sólo para mejorar económicamente, sino también para avanzar en materia de salud, educación, cultura, ciencia, y como sociedad en lo general. Y que recuerden que no hay soluciones perfectas. Toda propuesta de mejora, de cambio, de reforma, traerá inherentemente costos. Lo inteligente es encontrar la propuesta, o el conjunto de reformas, que maximicen los beneficios y minimicen los costos, de tal manera que se busque el saldo positivo mayor.
Lo que yo esperaría del discurso de Vicente Fox es una invitación, en cadena nacional, a los legisladores para que hagan eso. Sin rencores, sin revanchismos, sin presiones. Ojalá Fox tenga la inteligencia suficiente (¿será mucho pedir?) para presentar un discurso conciliador, que llame a trabajar en equipo, que muestre la responsabilidad de todos y cada uno de los actores políticos de este país, de todos y cada uno de los habitantes, de los 100 millones de mexicanos. Todos tenemos que poder nuestro grano de arena. Los granos que pueden poner el Presidente y los Legisladores son muchos, pero nunca podrán ser más que los 100 millones de granos que se juntan cuando cada mexicano aporta el suyo. Yo esperaría un discurso así, un llamado a la unidad, una explicación breve y concisa de la importancia de los cambios estructurales; de que pasará o esta pasando por quedarnos dormidos debajo de un nopal mientras el resto del mundo se mueve.
Quienes esperen cifras de logros esperarán sentados. Siendo honestos Fox no tendrá mucho que decir en ese capítulo. Los resultados mas fuertes se pueden mencionar en pocas líneas, como la libertad de expresión que hoy gozamos; como la pluralidad; como la ley de acceso a la información pública; la independencia plena de los poderes Legislativo y Judicial del legislativo; la estabilidad macroeconómica que no habíamos visto en décadas. Respecto a esta último quiero enfatizar que al menos yo si me acuerdo lo que sufrimos durante las crisis de los años 80’s y la última, la del famoso “error de diciembre” del 94. En esos años el desempleo estaba peor que hoy. No había inversión, no se generaba empleo. Se cerraban fábricas, empresas, a un ritmo mucho mayor que ahora. Pero eso no fue lo peor. Lo más grave eran las devaluaciones y la inflaciones de 2 y hasta 3 dígitos. Los que corrían con suerte y conservaban sus empleos, pronto se dieron cuenta que sus salarios se hacían menos, a pesar de que les aumentaban hasta 4 veces por año. La inflación se comía todo.
Hoy no hay generación de empleo, no hay crecimiento. El 7% anual prometido no ha llegado, ni llegará. Sin embargo la estabilidad macroeconómica, la baja inflación y las bajas tasas de interés, así como un tipo de cambio, peso-dólar, relativamente estable, son cimientos sólidos para poder aspirar, al menos, a una recuperación económica más rápida y, sobre todo, sostenible. Antes, después de lo más duro de la crisis, se venían periodos de rápido crecimiento, muchas veces subsidiados con deuda pública desde el gobierno. Sin embargo, esos crecimientos eran como burbujas de jabón, inestables y fácilmente desinflables. En el mediano y hasta corto plazo, la crisis se repetía, la inflación regresaba, los despidos masivos se daban. Hoy, con estabilidad macroeconómica, podemos estar un poco mas confiados (mas no seguros) de que el rumbo es correcto.
Muchos exigen un cambio de rumbo, de estrategia, incluso hasta de política económica. Pero no quieren reconocer que lo que nos falta es una política económica concisa, adecuada, pero sobre todo que se lleve a cabo plenamente. Desde hace casi 20 años solo hemos vivido experimentos parciales, nada ha sido completo, poco ha llegado al fondo del problema. Se dice que estamos en una economía de libre mercado, “neoliberal” le llaman algunos, pero siendo estrictos nunca se ha tenido una política de ese tipo aplicada “correctamente”, es decir, como se supone que funcionaría. Sólo parches aquí y allá, deudas públicas mas allá, populismo por acá, corporativismo por todos lados. Fronteras abiertas, pero sectores internos exentos de impuestos. Privatizaciones pero sólo para convertir los monopolios públicos en algo peor: monopolios privados. Mucho populismo y subsidios, pero generalizados, pocos dirigidos a quienes verdaderamente los necesitan. Se habla de crear empleo, pero se condena la inversión privada y sobre todo la extranjera. Así estamos, un tutifruti de políticas que al final de cuentas no nos llevan a nada.
Eso es lo que necesitamos un rumbo definido y claro. Necesitamos que Fox se ponga su camiseta de vendedor, como cuando dirigía la Coca Cola, y nos venda a todos un plan de gobierno, real, aterrizable. Que les venda a los legisladores la idea de ponerse la camiseta de representantes del pueblo, la camiseta de México, y que los invite a llegar a consensos que saquen a este país del tercermundismo. Que nos quitemos las gafas partidistas, los frenos ideológicos, los idealismos, los paradigmas, los dogmas, y que busquemos lo que mejor funcione, lo que de mejores resultados para la mayoría de los mexicanos: empleo, salud, educación, seguridad, mayor nivel de vida. ¿de qué nos sirve ser “dueños” de tantos recursos naturales, humanos, territoriales, si seguimos en la pobreza y el retraso? Un país soberano es aquél que ha logrado que su gente tenga un mejor empleo, salud, que sea un pueblo educado, seguro, que sean dueños de su destino. ¿Es México soberano hoy en día? Yo lo dudo. Es hora de que Fox se vuelva un líder, como se presentó en campaña. Ojalá así sea su discurso. Ya veremos.
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