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 Rosca de Reyes, clásico manjar de reyes
09 de abril de 2007 13:46

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Rosca de Reyes
 
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¡Vive la Magia!
Los Reyes Magos vienen en camino

EFE.- Miami.- Cada 6 de enero, fiel a la cita con los Magos de Oriente, me desayuno un buen trozo de Rosca de Reyes que sumerjo en el recién hecho e indispensable chocolate ‘a la taza’, más bien espesito y que voy engullendo con morosidad de boa.

Ya sé que los ‘sumerjicionistas’ no tenemos buen cartel, pero nuestra afición va más allá de prejuicios y desdeñosas comparaciones: que si ‘hace’ mal efecto, que si damos mal ejemplo a los pequeños.

En fin, solo o ‘en inmersión’, este manjar navideño con forma de anillo viene siempre asociado a los tradicionales intercambios de regalos y a los Reyes Magos.

El antecedente de la rosca no está en Sus Majestades de Oriente. Para encontrar su origen, no hay más remedio que adentrarse en la noche de los tiempos paganos, saltar hasta las saturnales romanas.

En estas fiestas dedicadas a Saturno (dios romano que no fue precisamente un dechado de virtudes paterno-filiales), el personal itálico celebraba la paz y la prosperidad. La costumbre consistía en esconder un grano de haba en algún lugar del ‘domus’ -casa-, y, a veces, entre la miga del pan.

Juego destinado exclusivamente a los esclavos, aquel de estos que localizaba el grano era premiado con la libertad. Claro, una libertad efímera, que terminaba con el final de los festejos saturnales.

Cristianizada la celebración, en el siglo III, al niño que le tocaba la semilla se le nombraba Rey por un día, y era llamado el Niño Rey.

Años después, el niño afortunado, vestido de gala, era obsequiado con un vistoso pastel, ahora sí, con la figurita sorpresa en el interior, en sustitución del grano.

En mi infancia -si es que alguna vez la abandoné-, la aparición de la rosca, adornado con frutas confitadas -peritas, albaricoques, ciruelas- que coloreaban de verde, amarillo o colorado el dulce, era celebrada con entusiasmo de ‘hobbit’.

Aunque el uso y consumo de frutas confitadas lastimosamente ha declinado, quedan tradicionales pastelerías y panaderías donde se mantiene la presencia de estos ingredientes en la fórmula.

Ahí va la receta simplificada de esta venerada tradición navideña.

Sobre la mesa, ponemos la harina en forma de volcán y formamos un hueco en el centro. Vertimos en éste agua templada -donde hemos disuelto previamente la levadura de pan-, un huevo sin batir, azúcar, el zumo de un limón, un vaso de leche, una cuchara de agua de azahar y cien gramos de mantequilla.

Mezclamos todos los ingredientes y los amasamos enérgicamente. Ya bien amasados, colocamos la pasta en una bandeja untada de aceite. Formamos el roscón y le introducimos ligeramente las frutas confitados en la superficie.

Hundimos la figurita sorpresa en el interior del dulce.

A continuación, se tapa el bollo con un paño y se deja en un sitio tibio, hasta que doble su volumen. Pintamos con huevo batido la superficie y espolvoreamos con abundante azúcar gruesa.

Metemos el roscón en el horno, a temperatura más bien fuerte, y lo dejamos durante veinte minutos.

Ya digo, un dulce de Reyes... Reyes que, si hubieran conocido este fino y clásico manjar, lo habrían incluido entre sus ofrendas al Niño Jesús: oro, incienso, mirra y roscón de Oriente. Casi nada.

EFE

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