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 Familias éticas
10 de abril de 2007 12:07

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Familia
Jaime Septién

Fundación México Unido

Todos estamos hechos de una tela en la que el primer pliegue ya no desaparece nunca. Máximo d’Azeglio

Cuando decimos: “la familia es la base de la sociedad”, estamos afirmando algo muy importante: que si la familia está bien, la sociedad está bien, y viceversa. Esta relación determinante, lo es en todos los ámbitos: en la economía, en la democracia, en la confianza básica, en la paz pública, en la educación.

Por ello se hace muy necesario ir introduciendo el término (y la vivencia) de familias éticas, es decir, familias capaces de educarse en la aceptación del otro; en el conocimiento de la libertad y en el ejercicio de la responsabilidad. Cuando el otro (el que no soy yo), se me presenta como algo determinado, acabado, sin posibilidad de cambio, me da la impresión de que lo puede usar, moldear, ocupar y tirarlo a la basura cuando su presencia ya no me convenga o me resulte estorbosa.

La crisis política que vivimos en México, esa incapacidad de ponernos de acuerdo en los mínimos, proviene de una falla en el sistema de educación formal (la escuela) y, también, de una falla en el más importante de los sistemas educativos que es el informal (la familia).

Esa doble crisis implica no escuchar al otro: profesores para quienes los alumnos son puramente receptores de conocimientos; papás cuyos hijos son objetos no deseados o productos de un engaño, un desliz, una casualidad efímera o un mal menor. Lo mismo, alumnos cuyos maestros son unos amargados prepotentes, e hijos para quienes los padres son un verdadero estorbo para cumplir sus planes de emancipación y libertad irrestricta (aunque subvencionada por los padres).

Entiendo que no siempre y no todos. Claro que no siempre y no todos, pero hay que encontrar una explicación lógica al marasmo en el que se ha convertido la acción política nacional: personas que representan sus intereses y no los de quienes las eligieron; gente que se opone a cualquier iniciativa de bien común por el hecho de que “bien común” es frase de una organización política (y no le van a hacer el juego); representantes populares que aborrecen escuchar la voz popular, etcétera.

No me cabe la menor duda de que este problemón en el que andamos metidos como país consiste –cuando menos en una de sus vertientes primordiales-, en la pérdida del sentido de la dignidad de los otros. La tolerancia, como valor positivo, se explica en la medida en que tengo ganas de quitarle a mi prójimo toda mirada amenazadora y comprenderlo en su entera circunstancia. Si conociéramos la historia íntima de cada quien –decía el novelista inglés Graham Greene- tendríamos compasión hasta de los gusanos y de las estrellas.

México carece de ciudadanos, personas que no pregunten “¿qué hace su nación por ellos?”, sino “¿qué hacen ellos por su nación?”. Quejarse es facilísimo; echar culpas a la historia, a las potencias extranjeras, a la conquista de los españoles, a los sismos del 85 o las fases de la luna, no arregla absolutamente nada. Lo que sí resuelve, aunque sea en parte mínima, es comenzar a educar-nos en familia.

Y cuando digo educar-nos, estoy diciendo la verdad completa. La educación –lo escribió y practicó el pedagogo brasileño Pablo Freire- es un proceso de liberación recíproca, educadores y educandos, padres e hijos (y, más adelante, gobernantes y gobernados), que se reconocen unos a otros, se entienden y actúan por el bien del conjunto. Nosotros es la persona de la ética. La familia debe de asumirse a sí misma como la escuela elemental del nosotros.