Buenos Aires.- El Protocolo de Kyoto establece objetivos de reducción para seis gases considerados los mayores responsables del efecto invernadero.
Los cuestionados gases cloroflourocarbonados (CFC), que destruyen la capa de ozono en la estratósfera, son responsables además del 18 por ciento del recalentamiento de la atmósfera y provocan el mayor efecto invernadero por molécula.
Estos gases no están incluidos en el Protocolo de Kyoto, ya que su reducción está controlada por el Protocolo de Montreal.
Características y producción de los seis gases invernadero previstos en el Protocolo de Kyoto:
DIOXIDO DE CARBONO (CO2): Componente natural del aire. Contribuye, en concentraciones adecuadas, al mantenimiento del efecto invernadero que posibilita la vida sobre el planeta. Este gas es responsable de alrededor del cincuenta por ciento del calentamiento global producido por el hombre. Las principales fuentes de este gas son la quema de combustibles fósiles (carbón, gas y petróleo) y la deforestación. El valor actual promedio de 354 partes por millón en volumen es un 25 por ciento mayor al normal.
METANO (CH4): Gas responsable de cerca del 14 por ciento del efecto invernadero producido por el hombre. Este gas es producido por bacterias que descomponen la materia orgánica en ambientes pobres en oxígeno, por ejemplo suelos inundados, arrozales o pantanos. Otras fuentes de metano son las rellenos sanitarios, la combustión de bosques y praderas, las entrañas de las termitas, cuyas poblaciones se multiplican para digerir las materiales de madera muerta después de la deforestación y los tractos digestivos de miles de millones de reses, ovejas, cerdos, cabras, caballos y otro ganado.
Parte del metano también proviene de los yacimientos de carbón, pozos de gas natural, conductos, hornos, tanques de almacenamiento, secadores y estufas. Las fuentes naturales producen casi un tercio del metano de la atmósfera y las actividades humanas el resto. El metano permanece en la atmósfera durante siete o diez años y cada molécula es unas 25 veces más efectiva en el calentamiento de la tropósfera que una molécula de CO2.