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La representación social de los ancianos

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AP © Derechos Reservados
 
 
La representación social de los ancianos
 
La visión que tiene la sociedad acerca del anciano ha evolucionado durante la historia.
 
 
¿Cómo consideras la atención que reciben los ancianos en nuestra sociedad?
 
 
Matías Loewy
La visión que tiene la sociedad acerca del anciano ha evolucionado durante la historia, un proceso que se revela en la literatura y en otros géneros escritos. La socióloga Julieta Oddone se tomó el trabajo de indagar la representación de la vejez en los libros de textos escolares de Argentina, correspondientes al segundo año de la escuela primaria. Si bien la autora no se anima a extrapolar sus resultados a otros países de las Américas, es probable que algunos rasgos que emergen de su análisis tengan una distribución más amplia.

Oddone identifica distintas etapas. En los textos que van de finales del siglo XIX a comienzos del siglo XX “es común visualizar a personajes ancianos ocupando diversos roles y situaciones en los que transmiten las normas sociales basadas en la tradición y en la experiencia. (...) En todos los casos, el anciano es fuente de respeto, aún en situaciones de marginalidad social como los “pobres viejos abandonados”, cuando la caridad pública suplía la falta del beneficio jubilatorio”, señala la autora, cuyo estudio se publicó en el libro La vejez, una mirada gerontológica actual (Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998). El tipo de familia predominante es aquella en la que conviven tres o más generaciones, se envejece en familia y parece normal que los hijos se hagan cargo de sus ancianos, representados como débiles, enfermizos y pasivos.

En los años 30, el anciano continúa cumpliendo con el rol social de transmisor de cultura y experiencia. Como en la etapa anterior, “el anciano tiene que ser un santo, condenado a ser venerado, no tiene derecho a cometer el mínimo error, él que tanta experiencia tiene; ya no puede sucumbir a la mínima tentación, él, tan consumido y arrugado como está; tiene que ser perfecto, ejemplo de todas las virtudes . La imagen sublimada que se les ofrece de ellos mismos es la del sabio rodeado de una aureola de cabellos blancos, rico en experiencia y venerable, dominando desde muy alto la condición humana”.

Entre los años 40 y 50 asoma por primera vez la imagen del “anciano institucionalizado”, es decir, que habita en un hogar de ancianos. Continúa la imagen del viejo o abuelo como transmisor de la cultura. Es, sin embargo, un anciano activo que debe y necesita ocupar su tiempo libre, que no está feliz si no trabaja.

Entre los 60 y los 90 la situación cambia. En una cultura que entroniza a la juventud en sus aspectos externos y tiende a cambios tecnológicos acelerados, los valores que los ancianos transmiten son desactualizados y por ello son reemplazados en esta función por modelos más jóvenes y actualizados, como el del tío. Los ancianos han quedado sin rol social, y sólo son definidos por el rol de abuelos a quienes los niños quieren.

En los últimos años, los textos rescatan a abuelos que a veces “vienen a colaborar con la familia”, esto es, se les vuelve a asignar un papel activo dentro de ella. Quizás en coincidencia con el aumento global de la expectativa de vida, aparecen –aunque en forma incipiente– adultos mayores fuertes y activos. “Los viejos vuelven a ser referentes para los chicos en un plano de igualdad con las otras generaciones que los habían sustituído en el período anterior”, concluye Oddone.

Un análisis similar sobre la representación de los viejos en la televisión argentina fue realizado en 1996 por la psicóloga Laura Bosque, responsable del Comité de Prevención de la Sociedad Argentina de Medicina y Cirugía del Trauma. De su estudio surge que la imagen de vejez resulta positiva cuando de programas de ficción se trata, “más por las exigencias narrativas de los géneros que por las tendencias vigentes en la sociedad”, subraya Bosque. “En los géneros telenovelas y telecomedias prevalece una manera de mostrar las situaciones sociales y familiares como ideales”. Por su parte, los programas no ficcionales son los que concentran con mayor virulencia la imagen negativa acerca de la vejez, y ponen énfasis en la falta de cuidado personal, la torpeza física o la inadecuación al código cultural.

Reproducido de Perspectivas de Salud, la revista de la Organización Panamericana de la Salud, publicada en inglés y español
 
 
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