Me llamo Marysol y tengo 17 acabados de cumplir. Hace una semana fui obligada a asistir a la boda de una de mis primas lejanas. Ella es ese tipo de familiares de los que oyes hablar un día antes de asistir a su boda (increíble pero cierto), mientras tus papás te dicen: '¿No te acuerdas de tu prima, Lili? De chiquita te encantaba jugar con ella y con tus otros primos'. Parece que los papás tienen dañado el chip que les indica que una niña de cinco años carece de memoria fotográfica, pero en fin…
De la negación a la súplica, pero sin resultado
Primero dije que prefería no ir. Cuando mis papás se me quedaron viendo con ojos de pistola, supe que tenía que cambiar de táctica; les dije que no quería ir, que no era justo ir a la boda de 'mi prima Lili' si no la conocía. Tampoco funcionó. Después pedí un poco de clemencia, pues no deseaba oír los 'cómo has crecido, yo te conocí cuando empezabas a caminar… ¡cómo pasa el tiempo!'. En fin, agoté todos mis recursos pero fue imposible.
Resignación
Tuve que ir, y además llegar tempranísimo como es costumbre en mi familia. Primero a la iglesia y después a la fiesta, en la que volví a conocer a mis 'tías' y 'tíos', y donde me aburrí como ostra… hasta que llegó Alonso (uno de mis primos no lejanos). Él es dos años mayor que yo. En cuanto lo vi, el mundo me cambió. Rápidamente lo invité a mi mesa, y claro que aceptó. Mientras tanto, mis papás saludaban a otra gente en una de las mesas del fondo.
A la pista de baile
Cuando llegó la hora del baile de los novios (que, por cierto, escurría miel), Alonso y yo decidimos salir, ya que él necesitaba hablar por teléfono donde no hubiera ruido y yo quería ir al baño. Cuando nos dirigíamos de regreso al salón, nos topamos con otro salón, donde todos se la estaban pasando de lo mejor. Decidimos entrar y nos integramos sin problema.
Nos la pasamos increíble; bailamos y bailamos. La música estaba buenísima y conforme avanzaban las canciones nos daban globos, sombreros, banderitas y bufandas. Fue maravilloso, nos reímos tanto que el tiempo se nos pasó sin darnos cuenta, al grado de que cuando vimos el reloj salimos corriendo.
El drama
Cuando regresamos, había muy poca gente en la aburrifiesta (¡habían pasado dos horas!), y mi mamá estaba llorando porque yo estaba 'desaparecida'. El caso es que cuando Alonso y yo nos salimos, no le dijimos a nadie, y mi mamá me empezó a buscar, por supuesto, sin éxito. Como la fiesta era en un hotel, mi mamá le avisó al personal de seguridad y había una multitud tratando de localizarme. Tuve que explicarle a ella, a mi papá, al resto de 'mi familia' y a varios guardias dónde habíamos estado, lo que me hizo hacer el oso más grande de mi vida.
Después nos fuimos a casa de inmediato y me castigaron un mes sin salir. No dije absolutamente nada; cualquier palabra que saliera de mi boca sólo podría empeorar las cosas.
Las cinco moralejas
• Cuando te cambies de fiesta, no demores tanto, ya que tu mamá podría infartarse (y castigarte un mes sin salir).
• La opción B es bailar dos o tres canciones y regresar… para fugarte de nuevo. Si tu mamá te ve de vez en cuando, quizá no se ponga histérica pensando que te raptaron.
• Trata de actualizar las fotos que tu mamá carga en su cartera, de forma que si de repente desapareces en una boda, no le dé al jefe de seguridad del hotel la foto de tu fiesta de quince años (que por cierto, te hicieron al a fuerza porque para ti es una cursilería) donde sales bailando (ya que ese puede ser un oso adiconal).
• Siempre que te salgas de una aburrifiesta lleva tu celular; no se te ocurra dejarlo en una silla vacía dentro de tu bolsa.
• Piensa dos veces antes de huir de la boda de tu prima lejana para irte a divertir a otra fiesta. Quizá la mejor opción es resignarte. Ni modo, así es la vida.


