Desde chica siempre me divirtió hacer la carta a los Santos Reyes. En el kinder la amarrábamos a un globo y veíamos cómo se iba al cielo. Ya después, la hacía con mi mamá; la llenaba de dibujos de lo que deseaba que me trajeran, y cuando ya sabía escribir bien, hacía un pergamino lleno de peticiones. Claro que nunca me trajeron todo lo que les pedía, y es de entenderse, pues la lista era realmente larga.
Pues bueno, el año pasado, un día antes de que llegaran los famosos Santos Reyes, mis amigas y yo hicimos una pijamada, en la que decidimos escribir una carta para pedirles lo que más quisiéramos. La mía iba más o menos así:
Queridos Santos Reyes:
Yo me he portado muy bien este año, así que les pido por favor que Sebastián, el que va en mi salón, me pele y caiga rendido a mis pies; que se me declare con un ramo de rosas y que muera de amor por mí.
También les pido que me crezcan más las bubis, pues apenas soy copa A, mientras que casi todas mis amigas ya llenan una copa B de manera decente.
Carla
Todas leímos nuestras cartas y las guardamos. Algunas las destruyeron y las botaron a la basura, pero yo no, ¡de lo cuál me arrepiento hasta el día de hoy! Yo la guardé en mi agenda, la misma que llevo siempre a la secu.
¡Cómo llegó a caerse para que alguien la fotocopiara y la pusiera en el tablero del salón es algo que no sé! La cuestión aquí es que el mero día de los Santos Reyes ahí estaba mi carta, con todo y mis dibujitos de Sebastián y yo besándonos.
Es la mayor vergüenza de mi vida; todos en mi salón se enteraron de que Sebastián me encanta y de que estoy traumada por mis minibubis. En fin…ya ni llorar es bueno.
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