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Todos los días, Domingo "afila" historias a bordo de su bicicleta

20 abr 2017
10h14
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En las manos de Domingo están las huellas de un oficio que ha realizado por 36 años. Los callos, dedos maltratados y cortadas cuentan las historias que hay detrás de cada afilada y de cada pedaleo que ha dado a su bicicleta hacia los negocios donde saca filo a los cuchillos para mantener a su familia.

Era 1965 cuando Domingo Ciriaco Lorenzo conoció el oficio de "la afilada". Había dejado su pueblo para trabajar como ayudante de afilador y estudiar en la escuela nocturna. Con apenas 12 años, pegaba carrera tras carrera en los mercados capitalinos para recoger los cuchillos desgastados, entregárselos al afilador y regresarlos como nuevos a sus dueños.

"Nomás servíamos para llevar y recoger los cuchillos, nunca afilé con ese patrón. Cobrábamos a 25 centavos la afilada, y a pesar de eso yo entregaba de 200 a 300 pesos de cuenta diarios y ganaba al mes 150 pesos", comenta en entrevista para Notimex.

Sin embargo, la exigencia del trabajo lo hizo abandonar sus estudios y dejar su empleo de ayudante por 16 años.

Cuando cumplió 28, regresó a la ciudad a trabajar con su primo. Fue él quien le enseñó a manipular correctamente la piedra esmeril para afilar los cuchillos y a perderle el miedo a las cortadas. Con él empezó a pedalear por los mercados para buscar a sus primeros clientes.

"Fui aprendiendo de poquito en poquito, estuve cuatro años y medio de ayudante de mi primo y después fui juntando para comprar mi equipo y hacer mi propio negocio".

Ahora, su bicicleta es su medio, pero también su modo de trabajo. "Es una bicicleta antigua para carga pesada. Por 16 mil pesos, un herrero le diseñó la base en donde le instaló el mandril, la piedra esmeril y el motor de luz, antes eran de gasolina. Cada dos meses le cambio la piedra", comenta.

Desde las 10 de la mañana, siete días a la semana, Domingo se sube a la misma bicicleta que ha usado desde hace 14 años y pedalea por la zona norte del Estado de México, según lo marca un pequeño calendario que le indica a dónde debe ir y a qué cliente debe visitar.

Cada dos semanas aproximadamente, acude a las taquerías, pollerías y carnicerías de las colonias La Blanca, San Marcos, Ciudad Labor, La Sardaña y La Libertad en el municipio de Tlalnepantla de Baz; también frecuenta la zona de Cuautitlán Izcalli, Cuautitlán de Romero Rubio y Atizapán de Zaragoza.

Una vez estacionado en su destino, conecta su equipo y lo echa a andar. De a 15 pesos por cuchillo, en un día normal de trabajo saca de 600 a 700 pesos.

"Esto hay que hacerlo bien para que el cliente quede contento y no lo cambien a uno por otro. Yo no me considero uno de los del montón, me considero uno de los mejores".

"Yo no tengo competencia con mis clientes. Hay clientes que tengo desde que empecé: 35 años trabajándoles", añade.

Con cada afilada que daba, Domingo aprendió a intentar evitar los incidentes que trae consigo el trabajo per se. "A veces, uno mete mal el cuchillo y se puede uno cortar con la misma piedra o con el cuchillo. A pesar de los años de experiencia, los accidentes no avisan".

Sin embargo, además de los accidentes cotidianos, los traslados que realiza en su bicicleta como parte de su trabajo para llegar a sus clientes lo han vuelto objeto de asaltos, atropellamientos. "A veces salgo a las 12 o una de la mañana de las taquerías y me han seguido, golpeado, asaltado y hasta una vez me quisieron quitar la bicicleta".

A pesar de que su oficio lo hace correr riesgos tanto al afilar como al transportarse a sus destinos, Domingo disfruta con optimismo de comenzar a trabajar a la hora que él dispone, que no tiene un patrón que le ordene o lo regañe, y que puede establecer sus propios precios a sus clientes.

Ya que siempre trabajó en mercados y negocios establecidos, nunca silbó la típica tonadita que identifica a los afiladores de calle.

"Tengo puro cliente, nunca ando calle por calle porque para ellos a veces sale y a veces no. Además, es una peleadera por el precio a ver quién da más barato, y luego los clientes no lo respetan y les pagan lo que quieren".

El legado de su oficio es una tradición que Domingo compartió con sus dos hijos mayores cuando tenían más o menos 20 años; ahora, ambos trabajan por su cuenta y tienen sus propios clientes.

Considerado para muchos como un oficio olvidado, la afilada es una tradición que para Domingo todavía no es un recuerdo del pasado. "No estamos en extinción, sí hay afiladores, quizá la gente deba prestar más atención para vernos pedaleando en la calle".

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